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Enero 2014: Chicos ya no estoy actualizando el blog, pero los relatos están para el que disfrute de la buena lectura =)

jueves, 17 de julio de 2008

Todos los fuegos - El fuego // Julio Cortazar

LA AUTOPISTA DEL SUR

Gli automobilisti sembrano nom avere storia…
Come realtà, un ingorgo automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
ARRIGO BENEDETTI
“L’Espresso”, Roma, 21/6/1964

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo,
aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj
pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra
cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la
autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainebleau, han tenido que
ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista
está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor,
avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la
muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por el retrovisor al hombre pálido que
conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del
Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y
come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca
que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse de los altos y explorar sin alejarse mucho
(porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y
habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y
así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada
momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los dos hombres
que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias
consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde
posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece
que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al
matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta
donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire
de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.

A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había
decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera
el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para
que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos
destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los
bordes cromados, y para colmo la sensación contradictoria del encierro en plena selva de
máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupaba el segundo lugar de la pista
de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros
cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver
distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado
hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que le caían
antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y
la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos,
pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los
motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que
algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una
lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico
tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una
maldición contenida.

A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Foret antes
de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del
Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media;
la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más
tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a
millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían
ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos
cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se
había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la
copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era
un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni
valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.

No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el
vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza,
los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas
de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de
comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas
palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas.
Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién
casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que
alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia,
Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía
otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono
que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un
cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor
que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine
con la muchacha del Dauphine.

A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde
el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia
probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El
extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de portezuelas cuando los
pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna
bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear
entre los autos para reintegrarse al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los
demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP
cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un
furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un
autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero
estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido
cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera
paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de
Montereau y conocían bien la región, contaban de otro domingo en que el tránsito había
estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora
que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última
avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que
jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas
entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se
estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y
bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto
insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de
mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.

En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un
alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su
espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido
junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no
entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta
you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando
un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien
había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Cub se había estrellado en plena
autopista, varios muertos. Al americano el Piper Cub lo tenía profundamente sin cuidado,
y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404,
transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del
203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los
coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente
retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se
movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la
autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper
Cub, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena
autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los
condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última
cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir
suspendida por la cola, interminablemente.

En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de
automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del
Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta
suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el
Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar
hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear
amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa,
y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance
importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el
cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a
descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían
puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las
monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la
cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche
cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya
olvidadas. No había sido un Piper Cub sino un planeador piloteado por la hija de un
general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy
sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el
macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado
al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó
hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando
en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente,
recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en
la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada
sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando
una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría
hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso
para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el
sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la
izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban
horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la cocacola
y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y
el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante
del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu
ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darles
unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la
anciana metiera la mano en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas.

El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió
negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha
del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse
demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el
tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.

Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas
acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el
ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante,
cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la
muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las radios
locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de
ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles. Hacia las tres de la
madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la
columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se
tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y
ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero
pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle
importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando
que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del
Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas
rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido,
pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e
inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a
percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y
vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde
también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos
ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto
limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos. Casi tropezó con el
campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina,
persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del
hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía
apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el
ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios
que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la
muchacha, fumando en silencio.

Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de
que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas
noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los
muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y
cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el
extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le
dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero
nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos
a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a
llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del
matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del
Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la
verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una
afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le
ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad
de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían
que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se
encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la
docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a París. Al ingeniero
le molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus
para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron
sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo
inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les
quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua
para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar
a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle
se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor.
Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si
se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones,
y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al
ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en el que tenía
una confianza instintiva, se encargara de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de
comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del
Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de
los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a
cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que
deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la
posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había
provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema
quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo
dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que
pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se
estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el
ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al
representante de su grupo, cinco autos más atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver
al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya
tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero
le estaba contando a la muchacho del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la
tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le
señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de
los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la
cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero
respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró
sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía
corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó
lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho
gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El
ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada
cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas
cinco metros.

A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas
se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres
improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose
de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen
humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un
escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse
sudorosos y sucios era la vejación más grande; los enternecía casi la rotunda indiferencia
del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a
charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el
ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de
rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se
había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían
afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a
charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese
hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El
soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre
silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían
hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el
203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres
se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana
del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente unas ráfagas
tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró
pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance
extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía
más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero
admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos
del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones;
se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP
de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar
con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el
hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los otros grupos, regresando con más
agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones
neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les
llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el
wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el
ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a
dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el
macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con
Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron
de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a
Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas
entre las nubes.

Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con
la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y
el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero
creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a
decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un
Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas
legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo
habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la
columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los
colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo casi
nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de
cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta.
Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar
la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha
del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el pecho y la espalda,
corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le
resbalaban por las mejillas.

Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más
jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a
retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. El
ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del
Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su
oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron las
ventanillas del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana
descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y
los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se
sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando
en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su
auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta
el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.

Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se
alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era
algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche)
el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el
soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y le dijo francamente;
por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado
fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el
problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los
responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y
tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía
bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo salieran al alba para
comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar
pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y
no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado
y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras
disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar
expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo
necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le
dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho
llegó el médico, que no vio inconveniente en que el matrimonio regresara a su auto. De
todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como
ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo
fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de
sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se
vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con
un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca.
Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le
interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto
en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron
dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban
abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre
ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las
circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña
cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin
entrar en detalles. Desde luego ya no podía pasar mucho tiempo sin que cesara el
embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para
los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la
enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en
todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación
de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció
brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez
menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y
abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la
charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la
hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba
su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las
últimas noticias y se puso hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos
al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o
desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al
hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno
de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había
puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del
Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan
callado como el piloto del Caravelle. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor
duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado
llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus
decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar
la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se
preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos.
Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404,
al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían
responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en
esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla
trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del
Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre.
Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a las monjas, y se acercó al
Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego
el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda
bastaban, y la carta dirigida a una tal Yvette, alguien que lo había abandonado en Vierzon.
Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya
tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que
otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para
aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su
propuesta.

Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían
más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía
provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y
golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y
el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del
Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se
colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir
y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo
en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de
la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su
marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana,
la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a
otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.

Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las
chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos
disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los
autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Se estableció una lista
de prioridades, se distribuyeron los abrigos. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus
envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer
contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total;
bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En
plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del
Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del
De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su
buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió
campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía
que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en
busca de agua.

Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la
muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era
menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina,
interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a
su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar
a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al
anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID
que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida
alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de
agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche
Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más
para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía
tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las
baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la
calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el
caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado
el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos),
cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En
alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del
Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta
rozar una mejilla mojada. Casi sin resistencia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la
ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima una
gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas
por las lonas de la tienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de
ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le
dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las
luces de una ciudad.

Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte
metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o
trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba,
salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban
enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias
al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente,
una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha
del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja habló de
Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después,
abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los
autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a
un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle
donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho
porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de
continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios
improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.

A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las
provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos
comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y
un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se
encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la
anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La
señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había
repuesto con el frío y era de las que más ayudaban a la monja a cuidar a su compañera,
siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y la del 203 se encargaban de los
dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine
hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños.

En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían
silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás,
los ojos estaban tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas
crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La
muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a
poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche,
vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el
horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia
descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un
beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la
columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto,
pero al rato volvía a pasarse en busca de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado
tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con
ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de
hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las
transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los
otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de
vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.

Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que
enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días
frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones
con los grupos vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer
la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición de Ford Mercury se habló
mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió
viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas,
aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué
ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano,
de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días
la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar
el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había
acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el
tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía
hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural
como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la
autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que
trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a
entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que
oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier
momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo
esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del
Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el
atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible
estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al
404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el
soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba
hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que
lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero
incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba
sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat
600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el
Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su
triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las
monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a
durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine
y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride
arrancaban a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda,
interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme
en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó
la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de
incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a
cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a
comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un
cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comidas y retretes
y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y
una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a
lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y
volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el
baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la
lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los
problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara
aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero
seguir.

Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió
aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el
Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y
que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara,
y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró
todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de
Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas.
Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil,
justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404
se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente,
pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó
secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de
impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine
iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404,
agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al
404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Chevrolet
desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un
Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a
metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en
la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus
debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la
tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404
alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot.
Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y
a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla
y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de
los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban
bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta
kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el
avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada
minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto
irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos
rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de
la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando
las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404
redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de
mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás
estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales
diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto
nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo
un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París.
La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si
la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por
un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden,
que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante
había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía
hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de
los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía estar su
chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un
frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con
la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota.
Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos,
habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del
Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las
estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado
para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en
las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el
precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y
se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya
se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos
desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente
hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

LA SALUD DE LOS ENFERMOS

Cuando inesperadamente tía Clelia se sintió mal, en la familia hubo un momento de
pánico y por varias horas nadie fue capaz de reaccionar y discutir un plan de acción, ni
siquiera tío Roque que encontraba siempre la salida más atinada. A Carlos lo llamaron por
teléfono a la oficina, Rosa y Pepe despidieron a los alumnos de piano y solfeo, y hasta tía
Clelia se preocupó más por mamá que por ella misma. Estaba segura de que lo que sentía
no era grave, pero a mamá no se le podían dar noticias inquietantes con su presión y su
azúcar, de sobra sabían todos que el doctor Bonifaz había sido el primero en comprender y
aprobar que le ocultaran a mamá lo de Alejandro. Si tía Clelia tenía que guardar cama era
necesario encontrar alguna manera de que mamá no sospechara que estaba enferma, pero
ya lo de Alejandro se había vuelto tan difícil y ahora se agregaba esto; la menor
equivocación, y acabaría por saber la verdad. Aunque la casa era grande, había que tener
en cuenta el oído tan afinado de mamá y su inquietante capacidad para adivinar dónde
estaba cada uno. Pepa, que había llamado al doctor Bonifaz desde el teléfono de arriba,
avisó a sus hermanos que el médico vendría lo antes posible y que dejaran entornada la
puerta cancel para que entrase sin llamar. Mientras Rosa y tío Roque atendían a tía Clelia
que había tenido dos desmayos y se quejaba de un insoportable dolor de cabeza, Carlos se
quedó con mamá para contarle las novedades del conflicto diplomático con el Brasil y
leerle las últimas noticias. Mamá estaba de buen humor esa tarde y no le dolía la cintura
como casi siempre a la hora de la siesta. A todos les fue preguntando qué les pasaba que
parecían tan nerviosos, y en la casa se habló de la baja presión y de los efectos nefastos de
los mejoradores en el pan. A la hora del té vino tío Roque a charlar con mamá, y Carlos
pudo darse un baño y quedarse a la espera del médico. Tía Clelia seguía mejor, pero le
costaba moverse en la cama y ya casi no se interesaba por lo que tanto la había preocupado
al salir del primer vahído. Pepa y Rosa se turnaron junto a ella, ofreciéndole té y agua sin
que les contestara; la casa se apaciguó con el atardecer y los hermanos se dijeron que tal
vez lo de tía Clelia no era grave, y que a la tarde siguiente volvería a entrar en el
dormitorio de mamá como si no le hubiese pasado nada.

Con Alejandro las cosas habían sido mucho peores, porque Alejandro se había
matado en un accidente de auto a poco de llegar a Montevideo donde lo esperaban en casa
de un ingeniero amigo. Ya hacía casi un año de eso, pero siempre seguía siendo el primer
día para los hermanos y los tíos, para todos menos para mamá, ya que para mamá
Alejandro estaba en el Brasil donde una firma de Recife le había encargado la instalación
de una fábrica de cemento. La idea de preparar a mamá, de insinuarle que Alejandro había
tenido un accidente y que estaba levemente herido, no se les había ocurrido siquiera
después de las prevenciones del doctor Bonifaz. Hasta María Laura, más allá de toda
comprensión en esas primeras horas, había admitido que no era posible darle la noticia a
mamá. Carlos y el padre de María Laura viajaron al Uruguay para traer el cuerpo de
Alejandro, mientras la familia cuidaba como siempre de mamá que ese día estaba dolorida
y difícil. El club de ingeniería aceptó que el velorio se hiciera en su sede y Pepa, la más
ocupada con mamá, ni siquiera alcanzó a ver el ataúd de Alejandro mientras los otros se
turnaban de hora en hora y acompañaban a la pobre María Laura perdida en un horror sin
lágrimas. Como casi siempre, a tío Roque le tocó pensar. Habló de madrugada con Carlos,
que lloraba silenciosamente a su hermano con la cabeza apoyada en la carpeta verde de la
mesa del comedor donde tantas veces habían jugado a las cartas. Después se les agregó tía
Clelia, porque mamá dormía toda la noche y no había que preocuparse por ella. Con el
acuerdo tácito de Rosa y de Pepa, decidieron las primeras medidas, empezando por el
secuestro de La Nación –a veces mamá se animaba a leer el diario unos minutos– y todos
estuvieron de acuerdo con lo que había pensado el tío Roque. Fue así como una empresa
brasileña contrató a Alejandro para que pasara un año en Recife, y Alejandro tuvo que
renunciar en pocas horas a sus breves vacaciones en casa del ingeniero amigo, hacer su
valija y saltar al primer avión. Mamá tenía que comprender que eran nuevos tiempos, que
los industriales no entendían de sentimientos, pero Alejandro ya encontraría la manera de
tomarse una semana de vacaciones a mitad de año y bajar a Buenos Aires. A mamá le
pareció muy bien todo eso, aunque lloró un poco y hubo que darle a respirar sus sales.
Carlos, que sabía hacerla reír, le dijo que era una vergüenza que llorara por el primer éxito
del benjamín de la familia, y que a Alejandro no le hubiera gustado enterarse de que
recibían así la noticia de su contrato. Entonces mamá se tranquilizó y dijo que bebería un
dedo de málaga a la salud de Alejandro. Carlos salió bruscamente a buscar el vino, pero
fue Rosa quien lo trajo y quien brindó con mamá.

La vida de mamá era bien penosa, y aunque poco se quejaba había que hacer todo lo
posible por acompañarla y distraerla. Cuando al día siguiente del entierro de Alejandro se
extrañó de que María Laura no hubiese venido a visitarla como todos los jueves, Pepa fue
por la tarde a casa de los Novalli para hablar con María Laura. A esa hora tío Roque estaba
en el estudio de un abogado amigo, explicándole la situación; el abogado prometió escribir
inmediatamente a su hermano que trabajaba en Recife (las ciudades no se elegían al azar
en casa de mamá) y organizar lo de la correspondencia. El doctor Bonifaz ya había visitado
como por casualidad a mamá, y después de examinarle la vista la encontró bastante mejor
pero le pidió que por unos días se abstuviera de leer los diarios. Tía Clelia se encargó de
comentarle las noticias más interesantes; por suerte a mamá no le gustaban los noticieros
radiales porque eran vulgares y a cada rato había avisos de remedios nada seguros que la
gente tomaba contra viento y marea y así les iba.

María Laura vino el viernes por la tarde y habló de lo mucho que tenía que estudiar
para los exámenes de arquitectura.

–Sí, mi hijita –dijo mamá, mirándola con afecto–. Tenés los ojos colorados de leer, y
eso es malo. Ponete unas compresas con hamamelis, que es lo mejor que hay.
Rosa y Pepa estaban ahí para intervenir a cada momento en la conversación, y María
Laura pudo resistir y hasta sonrió cuando mamá se puso a hablar de ese pícaro de novio
que se iba tan lejos y casi sin avisar. La juventud moderna era así, el mundo se había vuelto
loco y todos andaban apurados y sin tiempo para nada. Después mamá se perdió en las ya
sabidas anécdotas de padres y abuelos, y vino el café y después entró Carlos con bromas y
cuentos, y en algún momento tío Roque se paró en la puerta del dormitorio y los miró con
su aire bonachón, y todo pasó como tenía que pasar hasta la hora del descanso de mamá.
La familia se fue habituando, a María Laura le costó más pero en cambio sólo tenía
que ver a mamá los jueves; un día llegó la primera carta de Alejandro (mamá se había
extrañado ya dos veces de su silencio) y Carlos se la leyó al pie de la cama. A Alejandro le
había encantado Recife, hablaba del puerto, de los vendedores de papagayos y del sabor de
los refrescos, a la familia se le hacía agua la boca cuando se enteraba de que los ananás no
costaban nada, y que el café era de verdad y con una fragancia... Mamá pidió que le
mostraran el sobre, y dijo que habría que darle la estampilla al chico de los Marolda que
era filatelista, aunque a ella no le gustaba nada que los chicos anduvieran con las
estampillas porque después no se lavaban las manos y las estampillas habían rodado por
todo el mundo.

–Les pasan la lengua para pegarlas –decía siempre mamá– y los microbios quedan ahí
y se incuban, es sabido. Pero dásela lo mismo, total ya tiene tantas que una más...
Al otro día mamá llamó a Rosa y le dictó una carta para Alejandro, preguntándole
cuándo iba a poder tomarse vacaciones y si el viaje no le costaría demasiado. Le explicó
cómo se sentía y le habló del ascenso que acababan de darle a Carlos y del premio que
había sacado uno de los alumnos de piano de Pepa. También le dijo que María Laura la
visitaba sin faltar ni un solo jueves, pero que estudiaba demasiado y que eso era malo para
la vista. Cuando la carta estuvo escrita, mamá la firmó al pie con un lápiz, y besó
suavemente el papel. Pepa se levantó con el pretexto de ir a buscar un sobre, y tía Clelia
vino con las pastillas de las cinco y unas flores para el jarrón de la cómoda.

Nada era fácil, porque en esa época la presión de mamá subió todavía más y la
familia llegó a preguntarse si no habría alguna influencia inconsciente, algo que
desbordaba del comportamiento de todos ellos, una inquietud y un desánimo que hacían
daño a mamá a pesar de las precauciones y la falsa alegría. Pero no podía ser, porque a
fuerza de fingir las risas todos habían acabado por reírse de veras con mamá, y a veces se
hacían bromas y se tiraban manotazos aunque no estuvieran con ella, y después se
miraban como si se despertaran bruscamente, y Pepa se ponía muy colorada y Carlos
encendía un cigarrillo con la cabeza gacha. Lo único importante en el fondo era que pasara
el tiempo y que mamá no se diese cuenta de nada. Tío Roque había hablado con el doctor
Bonifaz, y todos estaban de acuerdo en que había que continuar indefinidamente la
comedia piadosa, como la calificaba tía Clelia. El único problema eran las visitas de María
Laura porque mamá insistía naturalmente en hablar de Alejandro, quería saber si se
casarían apenas él volviera de Recife o si ese loco de hijo iba a aceptar otro contrato lejos y
por tanto tiempo. No quedaba más remedio que entrar a cada momento en el dormitorio y
distraer a mamá, quitarle a María Laura que se mantenía muy quieta en su silla, con las
manos apretadas hasta hacerse daño, pero un día mamá le preguntó a tía Clelia por qué
todos se precipitaban en esa forma cuando María Laura venía a verla, como si fuera la
única ocasión que tenían de estar con ella. Tía Clelia se echó a reír y le dijo que todos veían
un poco a Alejandro en María Laura, y que por eso les gustaba estar con ella cuando venía.
–Tenés razón, María Laura es tan buena –dijo mamá–. El bandido de mi hijo no se la
merece, creéme.

–Mirá quién habla –dijo tía Clelia–. Si se te cae la baba cuando nombrás a tu hijo.
Mamá también se puso a reír, y se acordó de que en esos días iba a llegar carta de
Alejandro. La carta llegó y tío Roque la trajo junto con el té de las cinco. Esa vez mamá
quiso leer la carta y pidió sus anteojos de ver cerca. Leyó aplicadamente, como si cada frase
fuera un bocado que había que dar vueltas y vueltas paladeándolo.
–Los muchachos de ahora no tienen respeto –dijo sin darle demasiada importancia–.
Está bien que en mi tiempo no se usaban esas máquinas, pero yo no me hubiera atrevido
jamás a escribir así a mi padre, ni vos tampoco.

–Claro que no –dijo tío Roque–. Con el genio que tenía el viejo.
–A vos no se te cae nunca eso del viejo, Roque. Sabés que no me gusta oírtelo decir,
pero te da igual. Acordate cómo se ponía mamá.

–Bueno, está bien. Lo de viejo es una manera de decir, no tiene nada que ver con el
respeto.
–Es muy raro –dijo mamá, quitándose los anteojos y mirando las molduras del cielo
raso–. Ya van cinco o seis cartas de Alejandro, y en ninguna me llama... Ah, Pero es un
secreto entre los dos. Es raro, sabés. ¿Por qué no me ha llamado así ni una sola vez?
–A lo mejor al muchacho le parece tonto escribírtelo. Una cosa es que te diga... ¿cómo
te dice...?

–Es un secreto –dijo mamá–. Un secreto entre mi hijito y yo.
Ni Pepa ni Rosa sabían de ese nombre, y Carlos se encogió de hombros cuando le
preguntamos.

–¿Qué querés, tío? Lo más que puedo hacer es falsificarle la firma. Yo creo que mamá
se va a olvidar de eso, no te lo tomes tan a pecho.
A los cuatro o cinco meses, después de una carta de Alejandro en la que explicaba lo
mucho que tenía que hacer (aunque estaba contento porque era una gran oportunidad para
un ingeniero joven), mamá insistió en que ya era tiempo de que se tomara unas vacaciones
y bajara a Buenos Aires. A Rosa, que escribía la respuesta de mamá, le pareció que dictaba
más lentamente, como si hubiera estado pensando mucho cada frase.
–Vaya a saber si el pobre podrá venir –comentó Rosa como al descuido–. Sería una
lástima que se malquiste con la empresa justamente ahora que le va tan bien y está tan
contento.

Mamá siguió dictando como si no hubiera oído. Su salud dejaba mucho que desear y
le hubiera gustado ver a Alejandro, aunque sólo fuese por unos días. Alejandro tenía que
pensar también en María Laura, no porque ella creyese que descuidaba a su novia, pero un
cariño no vive de palabras bonitas y promesas a la distancia. En fin, esperaba que
Alejandro le escribiera pronto con buenas noticias. Rosa se fijó que mamá no besaba el
papel después de firmar, pero que miraba fijamente la carta como si quisiera grabársela en
la memoria. “Pobre Alejandro”, pensó Rosa, y después se santiguó bruscamente sin que
mamá la viera.

–Mirá –le dijo tío Roque a Carlos cuando esa noche se quedaron solos para su partida
de dominó–, yo creo que esto se va a poner feo. Habrá que inventar alguna cosa plausible,
o al final se dará cuenta.

–––Qué sé yo, tío. Lo mejor será que Alejandro conteste de una manera que la deje
contenta por un tiempo más. La pobre está tan delicada, no se puede ni pensar en...
–Nadie habló de eso, muchacho. Pero yo te digo que tu madre es de las que no
aflojan. Está en la familia, che.

Mamá leyó sin hacer comentarios la respuesta evasiva de Alejandro, que trataría de
conseguir vacaciones apenas entregara el primer sector instalado de la fábrica. Cuando esa
tarde llegó María Laura, le pidió que intercediera para que Alejandro viniese aunque no
fuera más que una semana a Buenos Aires. María Laura le dijo después a Rosa que mamá
se lo había pedido en el único momento en que nadie más podía escucharla. Tío Roque fue
el primero en sugerir lo que todos habían pensado ya tantas veces sin animarse a decirlo
por lo claro, y cuando mamá le dictó a Rosa otra carta para Alejandro, insistiendo en que
viniera, se decidió que no quedaba más remedio que hacer la tentativa y ver si mamá
estaba en condiciones de recibir una primera noticia desagradable. Carlos consultó al
doctor Bonifaz, que aconsejó prudencia y unas gotas. Dejaron pasar el tiempo necesario, y
una tarde tío Roque vino a sentarse a los pies de la cama de mamá, mientras Rosa cebaba
un mate y miraba por la ventana del balcón, al lado de la cómoda de los remedios.
–Fijate que ahora empiezo a entender un poco por qué este diablo de sobrino no se
decide a venir a vernos –dijo tío Roque–. Lo que pasa es que no te ha querido afligir,
sabiendo que todavía no estás bien.

Mamá lo miró como si no comprendiera.
–Hoy telefonearon los Novalli, parece que María Laura recibió noticias de Alejandro.
Está bien, pero no va a poder viajar por unos meses.
–¿Por qué no va a poder viajar? –preguntó mamá.
–Porque tiene algo en un pie, parece. En el tobillo, creo. Hay que preguntarle a María
Laura para que diga lo que pasa. El viejo Novalli habló de una fractura o algo así.
–¿Fractura de tobillo? –dijo mamá.

Antes de que tío Roque pudiera contestar, ya Rosa estaba con el frasco de sales. El
doctor Bonifaz vino en seguida, y todo pasó en unas horas, pero fueron horas largas y el
doctor Bonifaz no se separó de la familia hasta entrada la noche. Recién dos días después
mamá se sintió lo bastante repuesta como para pedirle a Pepa que le escribiera a Alejandro.
Cuando Pepa, que no había entendido bien, vino como siempre con el block y la lapicera,
mamá cerró los ojos y negó con la cabeza.
–Escribile vos, nomás. Decile que se cuide.

Pepa obedeció, sin saber por qué escribía una frase tras otra puesto que mamá no iba
a leer la carta. Esa noche le dijo a Carlos que todo el tiempo, mientras escribía al lado de la
cama de mamá, había tenido la absoluta seguridad de que mamá no iba a leer ni a firmar
esa carta. Seguía con los ojos cerrados y no los abrió hasta la hora de la tisana: parecía
haberse olvidado, estar pensando en otras cosas.

Alejandro contestó con el tono más natural del mundo, explicando que no había
querido contar lo de la fractura para no afligirla. Al principio, se habían equivocado y le
habían puesto un yeso que hubo que cambiar, pero ya estaba mejor y en unas semanas
podría empezar a caminar. En total tenía para unos dos meses aunque lo malo era que su
trabajo se había retrasado una barbaridad en el peor momento, y...
Carlos, que leía la carta en voz alta, tuvo la impresión de que mamá no lo escuchaba
como otras veces. De cuando en cuando miraba el reloj, lo que en ella era signo de
impaciencia. A las siete Rosa tenía que traerle el caldo con las gotas del doctor Bonifaz, y
eran las siete y cinco.

–Bueno –dijo Carlos, doblando la carta–. Ya ves que todo va bien, al pibe no le ha
pasado nada serio.
–Claro –dijo mamá–. Mirá, decile a Rosa que se apure, querés.
A María Laura, mamá le escuchó atentamente las explicaciones sobre la fractura de
Alejandro y hasta le dijo que le recomendara unas fricciones que tanto bien le habían hecho
a su padre cuando la caída del caballo en Matanzas. Casi en seguida, como si formara parte
de la misma frase, preguntó si no le podían dar unas gotas de agua de azahar, que siempre
le aclaraban la cabeza.

La primera en hablar fue María Laura, esa misma tarde. Se lo dijo a Rosa en la sala,
antes de irse, y Rosa se quedó mirándola como si no pudiera creer lo que había oído.
–Por favor –dijo Rosa–. ¿Cómo podés imaginarte una cosa así?
–No me la imagino, es la verdad –dijo María Laura–. Y yo no vuelvo más, Rosa,
pídanme lo que quieran, pero yo no vuelvo a entrar en esa pieza.

En el fondo a nadie le pareció demasiado absurda la fantasía de María Laura. Pero
Clelia resumió el sentimiento de todos cuando dijo que en una casa como la de ellos un
deber era un deber. A Rosa le tocó ir a lo de los Novalli, pero María Laura tuvo un ataque
de llanto tan histérico que no quedó más remedio que acatar su decisión; Pepa y Rosa
empezaron esa misma tarde a hacer comentarios sobre lo mucho que tenía que estudiar la
pobre chica y lo cansada que estaba. Mamá no dijo nada, y cuando llegó el jueves no
preguntó por María Laura. Ese jueves se cumplían diez meses de la partida de Alejandro al
Brasil. La empresa estaba tan satisfecha de sus servicios, que unas semanas después le
propusieron una renovación del contrato por otro año, siempre que aceptara irse de
inmediato a Belén para instalar otra fábrica. A tío Roque le parecía eso formidable, un gran
triunfo para un muchacho de tan pocos años.

–Alejandro fue siempre el más inteligente –explicó mamá–. Así como Carlos es el más
tesonero.
–Tenés razón –dijo Roque, preguntándose de pronto qué mosca le habría picado
aquel día a María Laura–. La verdad es que te han salido unos hijos que valen la pena,
hermana.

––Oh, sí, no me puedo quejar. A su padre le hubiera gustado verlos ya grandes. Las
chicas, tan buenas, y el pobre Carlos, tan de su casa.
–Y Alejandro, con tanto porvenir.
–Ah, sí –dijo mamá.
–Fijate nomás en ese nuevo contrato que le ofrecen... En fin, cuando estés con ánimo
le contestarás a tu hijo; debe andar con la cola entre las piernas pensando que la noticia de
la renovación no te va a gustar.
–Ah, sí –repitió mamá, mirando al cielo raso–. Decile a Pepa que le escriba, ella ya
sabe.

Pepa escribió, sin estar muy segura de lo que debía decirle a Alejandro, pero
convencida de que siempre era mejor tener un texto completo para evitar contradicciones
en las respuestas. Alejandro, por su parte, se alegró mucho de que mamá comprendiera la
oportunidad que se le presentaba. Lo del tobillo iba muy bien, apenas pudiera pediría
vacaciones para venirse a estar con ellos una quincena. Mamá asintió con un leve gesto, y
preguntó si ya había llegado La Razón para que Carlos le leyera telegramas. En la casa todo
se había ordenado sin esfuerzo, ahora que parecían haber terminado los sobresaltos y la
salud de mamá se mantenía estacionaria. Los hijos se turnaban para acompañarla; tío
Roque y tía Clelia entraban y salían en cualquier momento. Carlos le leía el diario a mamá
por la noche, y Pepa por la mañana. Rosa y tía Clelia se ocupaban de los medicamentos y
los baños; tío Roque tomaba mate en su cuarto dos o tres veces al día. Mamá no estaba
nunca sola, no preguntaba nunca por María Laura; cada tres semanas recibía sin
comentarios las noticias de Alejandro; le decía a Pepa que contestara y hablaba de otra
cosa, siempre inteligente y atenta y alejada.

Fue en esa época cuando tío Roque empezó a leerle las noticias de la tensión con el
Brasil. Las primeras las había escrito en los bordes del diario, pero mamá no se preocupaba
por la perfección de la lectura y después de unos días tío Roque se acostumbró a inventar
en el momento. Al principio acompañaba los inquietantes telegramas con algún
comentario sobre los problemas que eso podría traerle a Alejandro y a los demás
argentinos en el Brasil, pero como mamá no parecía preocuparse dejó de insistir aunque
cada tantos días agravaba un poco la situación. En las cartas de Alejandro se mencionaba la
posibilidad de una ruptura de relaciones, aunque el muchacho era el optimista de siempre
y estaba convencido de que los cancilleres arreglarían el litigio.

Mamá no hacía comentarios, tal vez porque aún faltaba mucho para que Alejandro
pudiera pedir licencia, pero una noche le preguntó bruscamente al doctor Bonifaz si la
situación con el Brasil era tan grave como decían los diarios.
–¿Con el Brasil? Bueno, sí, las cosas no andan muy bien –dijo el médico–. Esperemos
que el buen sentido de los estadistas...

Mamá lo miraba como sorprendida de que le hubiese respondido sin vacilar. Suspiró
levemente, y cambió la conversación. Esa noche estuvo más animada que otras veces, y el
doctor Bonifaz se retiró satisfecho. Al otro día se enfermó tía Clelia; los desmayos parecían
cosa pasajera, pero el doctor Bonifaz habló con tío Roque y aconsejó que internaran a tía
Clelia en un sanatorio. A mamá, que en ese momento escuchaba las noticias del Brasil que
le traía Carlos con el diario de la noche, le dijeron que tía Clelia estaba con una jaqueca que
no la dejaba moverse de la cama. Tuvieron toda la noche para pensar en lo que harían,
pero tío Roque estaba como anonadado después de hablar con el doctor Bonifaz, y a Carlos
y a las chicas les tocó decidir. A Rosa se le ocurrió lo de la quinta de Manolita Valle y el
aire puro; al segundo día de la jaqueca de tía Clelia, Carlos llevó la conversación con tanta
habilidad que fue como si mamá en persona hubiera aconsejado una temporada en la
quinta de Manolita que tanto bien le haría a Clelia. Un compañero de oficina de Carlos se
ofreció para llevarla en su auto, ya que el tren era fatigoso con esa jaqueca. Tía Clelia fue la
primera en querer despedirse de mamá para que mamá le recomendase que no tomara frío
en esos autos de ahora y que se acordara del laxante de frutas cada noche.

–Clelia estaba muy congestionada –le dijo maná a Pepa por la tarde–. Me hizo mala
impresión, sabés.
–Oh, con unos días en la quinta se va a reponer lo más bien. Estaba un poco cansada
estos meses; me acuerdo de que Manolita le había dicho que fuera a acompañarla a la
quinta.
–¿Sí? Es raro, nunca me lo dijo.
–Por no afligirte, supongo.
–¿Y cuánto tiempo se va a quedar, hijita?
Pepa no sabía, pero ya le preguntarían al doctor Bonifaz que era el que había
aconsejado el cambio de aire. Mamá no volvió a hablar del asunto hasta algunos días
después (tía Clelia acababa de tener un síncope en el sanatorio, y Rosa se turnaba con tío
Roque para acompañarla).

–Me pregunto cuándo va a volver Clelia –dijo mamá.
–Vamos, por una vez que la pobre se decide a dejarte y a cambiar un poco de aire...
–Sí, pero lo que tenía no era nada, dijeron ustedes.
–Claro que no es nada. Ahora se estará quedando por gusto, o por acompañar a
Manolita; ya sabés cómo son de amigas.

–Telefoneá a la quinta y averiguá cuándo va a volver –dijo mamá.
Rosa telefoneó a la quinta, y le dijeron que tía Clelia estaba mejor, pero que todavía se
sentía un poco débil, de manera que iba a aprovechar para quedarse. El tiempo estaba
espléndido en Olavarría.

–No me gusta nada eso –dijo mamá–. Clelia ya tendría que haber vuelto.
–Por favor, mamá, no te preocupés tanto. ¿Por qué no te mejorás vos lo antes posible,
y te vas con Clelia y Manolita a tomar sol a la quinta?
––¿Yo? –dijo mamá, mirando a Carlos con algo que se parecía al asombro, al
escándalo, al insulto. Carlos se echó a reír para disimular lo que sentía (tía Clelia estaba
gravísima, Pepa acababa de telefonear) y la besó en la mejilla como a una niña traviesa.
–Mamita tonta –dijo, tratando de no pensar en nada.

Esa noche mamá durmió mal y desde el amanecer preguntó por Clelia, como si a esa
hora se pudieran tener noticias de la quinta (tía Clelia acababa de morir y habían decidido
velarla en la funeraria). A las ocho llamaron a la quinta desde el teléfono de la sala, para
que mamá pudiera escuchar la conversación, y por suerte tía Clelia había pasado bastante
buena noche aunque el médico de Manolita aconsejaba que se quedase mientras siguiera el
buen tiempo. Carlos estaba muy contento con el cierre de la oficina por inventario y
balance, y vino en piyama a tomar mate al pie de la cama de mamá y a darle conversación.
–Mirá –dijo mamá–, yo creo que habría que escribirle a Alejandro que venga a ver a
su tía. Siempre fue el preferido de Clelia, y es justo que venga.
–Pero si tía Clelia no tiene nada, mamá. Si Alejandro no ha podido venir a verte a vos,
imaginate...

–Allá él –dijo mamá–. Vos escribile y decile que Clelia está enferma y que debería
venir a verla.
–¿Pero cuántas veces te vamos a repetir que lo de tía Clelia no es grave?
–Si no es grave, mejor. Pero no te cuesta nada escribirle.
Le escribieron esa misma tarde y le leyeron la carta a mamá. En los días en que debía
llegar la respuesta de Alejandro (tía Clelia seguía bien, pero el médico de Manolita insistía
en que aprovechara el buen aire de la quinta), la situación diplomática con el Brasil se
agravó todavía más y Carlos le dijo a mamá que no sería raro que las cartas de Alejandro
se demoraran.

–Parecería a propósito –dijo mamá–. Ya vas a ver que tampoco podrá venir él.
Ninguno de ellos se decidía a leerle la carta de Alejandro. Reunidos en el comedor,
miraban al lugar vacío de tía Clelia, se miraban entre ellos, vacilando.
–Es absurdo –dijo Carlos–. Ya estamos tan acostumbrados a esta comedia, que una
escena más o menos...

–Entonces llevásela vos –dijo Pepa, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas y se
los secaba una vez más con la servilleta.
–Qué querés, hay algo que no anda. Ahora cada vez que entro en su cuarto estoy
como esperando una sorpresa, una trampa, casi.

–La culpa la tiene María Laura –dijo Rosa–. Ella nos metió la idea en la cabeza y ya no
podemos actuar con naturalidad. Y para colmo tía Clelia...
–Mirá, ahora que lo decís se me ocurre que convendría hablar con María Laura –dijo
tío Roque–. Lo más lógico sería que viniera después de sus exámenes y la diera a tu madre
la noticia de que Alejandro no va a poder viajar.

–¿Pero a vos no te hiela la sangre que mamá no pregunte más por María Laura,
aunque Alejandro la nombra en todas sus cartas?
–No se trata de la temperatura de mi sangre –dijo tío Roque–. Las cosas se hacen o no
se hacen, y se acabó.
A Rosa le llevó dos horas convencer a María Laura, pero era su mejor amiga y María
Laura los quería mucho, hasta a mamá aunque le diera miedo. Hubo que preparar una
nueva carta, que María Laura trajo junto con un ramo de flores y las pastillas de mandarina
que le gustaban a mamá. Sí, por suerte ya habían terminado los exámenes peores, y podría
irse unas semanas a descansar a San Vicente.

–El aire del campo te hará bien –dijo mamá–. En cambio a Clelia... ¿Hoy llamaste a la
quinta, Pepa? Ah, sí, recuerdo que me dijiste... Bueno, ya hace tres semanas que se fue
Clelia, y mira vos...

María Laura y Rosa hicieron los comentarios del caso, vino la bandeja del té, y María
Laura le leyó a mamá unos párrafos de la carta de Alejandro con la noticia de la
internación provisional de todos los técnicos extranjeros, y la gracia que le hacía estar
alojado en un espléndido hotel por cuenta del gobierno, a la espera de que los cancilleres
arreglaran el conflicto. Mamá no hizo ninguna reflexión, bebió su taza de tilo y se fue
adormeciendo. Las muchachas siguieron charlando en la sala, más aliviadas. María Laura
estaba por irse cuando se le ocurrió lo del teléfono y se lo dijo a Rosa. A Rosa le parecía que
también Carlos había pensado en eso, y más tarde le habló a tío Roque, que se encogió de
hombros. Frente a cosas así no quedaba más remedio que hacer un gesto y seguir leyendo
el diario. Pero Rosa y Pepa se lo dijeron también a Carlos, que renunció a encontrarle
explicación a menos de aceptar lo que nadie quería aceptar.
–Ya veremos –dijo Carlos–. Todavía puede ser que se le ocurra y nos lo pida. En ese
caso...

Pero mamá no pidió nunca que le llevaran el teléfono para hablar personalmente con
tía Clelia. Cada mañana preguntaba si había noticias de la quinta, y después se volvía a su
silencio donde el tiempo parecía contarse por dosis de remedios y tazas de tisana. No le
desagradaba que tío Roque viniera con La Razón para leerle las últimas noticias del
conflicto con el Brasil, aunque tampoco parecía preocuparse si el diariero llegaba tarde o
tío Roque se entretenía más que de costumbre con un problema de ajedrez. Rosa y Pepa
llegaron a convencerse de que a mamá la tenía sin cuidado que le leyeran las noticias, o
telefonearan a la quinta, o trajeran una carta de Alejandro. Pero no se podía estar seguro
porque a veces mamá levantaba la cabeza y las miraba con la mirada profunda de siempre,
en la que no había ningún cambio, ninguna aceptación. La rutina los abarcaba a todos, y
para Rosa telefonear a un agujero negro en el extremo del hilo era simple y cotidiano como
para tío Roque seguir leyendo falsos telegramas sobre un fondo de anuncios de remates o
noticias de fútbol, o para Carlos entrar con las anécdotas de su visita a la quinta de
Olavarría y los paquetes de frutas que les mandaban Manolita y tía Clelia. Ni siquiera
durante los últimos meses de mamá cambiaron las costumbres, aunque poca importancia
tuviera ya. El doctor Bonifaz les dijo que por suerte mamá no sufriría nada y que se
apagaría sin sentirlo. Pero mamá se mantuvo lúcida hasta el fin, cuando ya los hijos la
rodeaban sin poder fingir lo que sentían.

–Qué buenos fueron todos conmigo –dijo mamá con ternura–. Todo ese trabajo que se
tomaron para que no sufriera.
Tío Roque estaba sentado junto a ella y le acarició jovialmente la mano, tratándola de
tonta. Pepa y Rosa, fingiendo buscar algo en la cómoda, sabían ya que María Laura había
tenido razón; sabían lo que de alguna manera habían sabido siempre.
–Tanto cuidarme... –dijo mamá, y Pepa apretó la mano de Rosa, porque al fin y al
cabo esas dos palabras volvían a poner todo en orden, restablecían la larga comedia
necesaria. Pero Carlos, a los pies de la cama, miraba a mamá como si supiera que iba a
decir algo más.

–Ahora podrán descansar –dijo mamá–. Ya no les daremos más trabajo.
Tío Roque iba a protestar, a decir algo, pero Carlos se le acercó y le apretó
violentamente el hombro. Mamá se perdía poco a poco en una modorra, y era mejor no
molestarla.

Tres días después del entierro llegó la última carta de Alejandro, donde como
siempre preguntaba por la salud de mamá y de tía Clelia. Rosa, que la había recibido, la
abrió y empezó a leerla sin pensar, y cuando levantó la vista porque de golpe las lágrimas
la cegaban, se dio cuenta de que mientras la leía había estado pensando en cómo habría
que darle a Alejandro la noticia de la muerte de mamá.

REUNIÓN

Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista,
apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.
ERNESTO “CHE” GUEVARA, en La sierra y el llano, La Habana, 1961.

Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre
vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas,
hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba
seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordarnos de nuestros
nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata
que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni
tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga
borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene,
los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo
enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luis, la
segunda noche, una bilis verde que le sacó las ganas de reírse, entre eso y el norte que no
nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle
a eso un expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza.
En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que
nos esperaba en tierra –pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba
tanto–, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de
reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las
costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales, de los mangles, y yo como un idiota
con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba
el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a
muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de
tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del
mar, a veinte millas de la isla...); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua
confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la
maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la
carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando
vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en
su Palacio.

Ya nadie se acuerda cuánto duró, el tiempo lo medíamos por los claros entre los
pastizales, los tramos donde podían ametrallarnos en picada, el alarido que escuché a mi
izquierda, lejos, y creo fue de Roque (a él le puedo dar su nombre, a su pobre esqueleto
entre las lianas y los sapos), porque de los planes ya no quedaba más que la meta final,
llegar a la Sierra y reunirnos con Luis si también él conseguía llegar; el resto se había hecho
trizas con el norte, el desembarco improvisado, los pantanos. Pero seamos justos: algo se
cumplía sincronizadamente, el ataque de los aviones enemigos. Había sido previsto y
provocado: no falló. Y por eso, aunque todavía me doliera en la cara el aullido de Roque,
mi maligna manera de entender el mundo me ayudaba a reírme por lo bajo (y me ahogaba
todavía más, y Roberto me llevaba el Springfield para que yo pudiese inhalar adrenalina
con la nariz casi al borde del agua, tragando más barro que otra cosa), porque si los
aviones estaban ahí entonces no podía ser que hubiéramos equivocado la playa, a lo sumo
nos habíamos desviado algunas millas, pero la carretera estaría detrás de los pastizales, y
después el llano abierto y en el norte las primeras colinas. Tenía su gracia que el enemigo
nos estuviera certificando desde el aire la bondad del desembarco.

Duró vaya a saber cuánto, y después fue de noche y éramos seis debajo de unos flacos
árboles, por primera vez en terreno casi seco, mascando tabaco húmedo y unas pobres
galletas. De Luis, de Pablo, de Lucas, ninguna noticia; desperdigados, probablemente
muertos, en todo caso tan perdidos y mojados como nosotros. Pero me gustaba sentir cómo
con el fin de esa jornada de batracio se me empezaban a ordenar las ideas, y cómo la
muerte, más probable que nunca, no sería ya un balazo al azar en plena ciénaga, sino una
operación dialéctica en seco, perfectamente orquestada por las partes en juego. El ejército
debía controlar la carretera, cercando los pantanos a la espera de que apareciéramos de a
dos o de a tres, liquidados por el barro y las alimañas y el hambre. Ahora todo se veía
clarísimo, tenía otra vez los puntos cardinales en el bolsillo, me hacía reír sentirme tan vivo
y tan despierto al borde del epílogo. Nada podía resultarme más gracioso que hacer rabiar
a Roberto recitándole al oído unos versos del viejo Pancho que le parecían abominables. “Si
por lo menos nos pudiéramos sacar el barro”, se quejaba el Teniente. “O fumar de verdad”
(alguien, más a la izquierda, ya no sé quién, alguien que se perdió al alba). Organización de
la agonía: centinelas, dormir por turnos, mascar tabaco, chupar galletas infladas como
esponjas. Nadie mencionaba a Luis, el temor de que lo hubieran matado era el único
enemigo real, porque su confirmación nos anularía mucho más que el acoso, la falta de
armas o las llagas en los pies. Sé que dormí un rato mientras Roberto velaba, pero antes
estuve pensando que todo lo que habíamos hecho en esos días era demasiado insensato
para admitir así de golpe la posibilidad de que hubieran matado a Luis. De alguna manera
la insensatez tendría que continuar hasta el final, que quizá fuera la victoria, y en ese juego
absurdo donde se había llegado hasta el escándalo de prevenir al enemigo que
desembarcaríamos, no entraba la posibilidad de perder a Luis. Creo que también pensé
que si triunfábamos, que si conseguíamos reunirnos otra vez con Luis, sólo entonces
empezaría el juego en serio, el rescate de tanto romanticismo necesario y desenfrenado y
peligroso. Antes de dormirme tuve como una visión: Luis junto a un árbol, rodeado por
todos nosotros, se llevaba lentamente la mano a la cara y se la quitaba como si fuese una
máscara. Con la cara en la mano se acercaba a su hermano Pablo, a mí, al Teniente, a
Roque, pidiéndonos con un gesto que la aceptáramos, que nos la pusiéramos. Pero todos se
iban negando uno a uno, y yo también me negué, sonriendo hasta las lágrimas, y entonces
Luis volvió a ponerse la cara y le vi un cansancio infinito mientras se encogía de hombros y
sacaba un cigarro del bolsillo de la guayabera. Profesionalmente hablando, una alucinación
de la duermevela y la fiebre, fácilmente interpretable. Pero si realmente habían matado a
Luis durante el desembarco, ¿quién subiría ahora a la Sierra con su cara? Todos
trataríamos de subir pero nadie con la cara de Luis, nadie que pudiera o quisiera asumir la
cara de Luis. “Los diádocos”, pensé ya entredormido, “pero todo se fue al diablo con los
diádocos, es sabido”.

Aunque esto que cuento pasó hace rato, quedan pedazos y momentos tan recortados
en la memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca arriba
en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto. Es la tercera noche, pero al
amanecer de ese día franqueamos la carretera a pesar de los jeeps y la metralla. Ahora hay
que esperar otro amanecer porque nos han matado al baqueano y seguimos perdidos,
habrá que dar con algún paisano que nos lleve a donde se pueda comprar algo de comer, y
cuando digo comprar casi me da risa y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás
a nadie se le ocurriría desobedecer a Luis, y la comida hay que pagarla y explicarle antes a
la gente quiénes somos y por qué andamos en lo que andamos. La cara de Roberto en la
choza abandonada de la loma, dejando cinco pesos debajo de un plato a cambio de la poca
cosa que encontramos y que sabía a cielo, a comida en el “Ritz” si es que ahí se come bien.
Tengo tanta fiebre que se me va pasando el asma, no hay mal que por bien no venga, pero
pienso de nuevo en la cara de Roberto dejando los cinco pesos en la choza vacía, y me da
un tal ataque de risa que vuelvo a ahogarme y me maldigo. Habría que dormir, Tinti
monta la guardia, los muchachos descansan unos contra otros, yo me he ido un poco más
lejos porque tengo la impresión de que los fastidio con la tos y los silbidos del pecho, y
además hago una cosa que no debería hacer, y es que dos o tres veces en la noche fabrico
una pantalla de hojas y meto la cara por debajo y enciendo despacito el cigarro para
reconciliarme un poco con la vida.

En el fondo lo único bueno del día ha sido no tener noticias de Luis, el resto es un
desastre, de los ochenta nos han matado por lo menos a cincuenta o sesenta; Javier cayó
entre los primeros, el Peruano perdió un ojo y agonizó tres horas sin que yo pudiera hacer
nada, ni siquiera rematarlo cuando los otros no miraban. Todo el día temimos que algún
enlace (hubo tres con un riesgo increíble, en las mismas narices del ejército) nos trajera la
noticia de la muerte de Luis. Al final es mejor no saber nada, imaginarlo vivo, poder
esperar todavía. Fríamente peso las posibilidades y concluyo que lo han matado, todos
sabemos cómo es, de qué manera el gran condenado es capaz de salir al descubierto con
una pistola en la mano, y el que venga atrás que arree. No, pero López lo habrá cuidado,
no hay como él para engañarlo a veces, casi como a un chico, convencerlo de que tiene que
hacer lo contrario de lo que le da la gana en ese momento. Pero y si López... Inútil
quemarse la sangre, no hay elementos pan la menor hipótesis, y además es rara esta calma,
este bienestar boca arriba como si todo estuviera bien así, como si todo se estuviera
cumpliendo (casi pensé: “consumando”, hubiera sido idiota) de conformidad con los
planes. Será la fiebre o el cansancio, será que nos van a liquidar a todos como a sapos antes
de que salga el sol. Pero ahora vale la pena aprovechar de este respiro absurdo, dejarse ir
mirando el dibujo que hacen las ramas del árbol contra el cielo más claro, con algunas
estrellas, siguiendo con ojos entornados ese dibujo casual de las ramas y las hojas, esos
ritmos que se encuentran, se cabalgan y se separan, y a veces cambian suavemente cuando
una bocanada de aire hirviendo pasa por encima de las copas, viniendo de las ciénagas.
Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se
duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas
del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha
acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del
halalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un
claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo
tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando,
traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la
presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi
cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el
segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un
punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo
descienda por el tronco y pueda si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es también nuestra
rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también
nosotros a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe guerra a un orden que le dé
sentido, la justifique y en último término la lleve a una victoria que sea como la restitución
de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final
que sucede al adagio como un encuentro con la luz. Lo que se divertiría Luis si supiera que
en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar poco a poco esta
insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con su evidencia y su desmesura
todas las prudentes razones temporales. Pero qué amarga, qué desesperada tarea la de ser
un músico de hombres, por encima del barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto
que creíamos imposible, el canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la
tierra devuelta a sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luis aunque también a él le
guste Mozart, me consta.

Y así al final me quedaré dormido, pero antes alcanzaré a preguntarme si algún día
sabremos pasar del movimiento donde todavía suena el halalí del cazador, a la
conquistada plenitud del adagio y de ahí al allegro final que me canturreo con un hilo de
voz, si seremos capaces de alcanzar la reconciliación con todo lo que haya quedado vivo
frente a nosotros. Tendríamos que ser como Luis, no ya seguirlo, sino ser como él, dejar
atrás inapelablemente el odio y la venganza, mirar al enemigo como lo mira Luis, con una
implacable magnanimidad que tantas veces ha suscitado en mi memoria (pero esto, ¿cómo
decírselo a nadie?) una imagen de pantocrátor, un juez que empieza por ser el acusado y el
testigo y que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin,
alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de un
tiempo más limpio.

Pero otra que adagio, si con la primera luz se nos vinieron encima por todas partes, y
hubo que renunciar a seguir hacia el noreste y meterse en una zona mal conocida, gastando
las últimas municiones mientras el Teniente con un compañero se hacía fuerte en una loma
y desde ahí les paraba un rato las patas, dándonos tiempo a Roberto y a mí para llevarnos
a Tinti herido en un muslo y buscar otra altura más protegida donde resistir hasta la noche.
De noche ellos no atacaban nunca, aunque tuvieran bengalas y equipos eléctricos, les
entraba como un pavor de sentirse menos protegidos por el número y el derroche de
armas; pero para la noche faltaba casi todo el día, y éramos apenas cinco contra esos
muchachos tan valientes que nos hostigaban para quedar bien con el babuino, sin contar
los aviones que a cada rato picaban en los claros del monte y estropeaban cantidad de
palmas con sus ráfagas.

A la media hora el Teniente cesó el fuego y pudo reunirse con nosotros, que apenas
adelantábamos camino. Como nadie pensaba en abandonar a Tinti, porque conocíamos de
sobra el destino de los prisioneros, pensamos que ahí, en esa ladera y en esos matorrales
íbamos a quemar los últimos cartuchos. Fue divertido descubrir que los regulares atacaban
en cambio una loma bastante más al este, engañados por un error de la aviación, y ahí
nomás nos largamos cerro arriba por un sendero infernal, hasta llegar en dos horas a una
loma casi pelada donde un compañero tuvo el ojo de descubrir una cueva tapada por las
hierbas, y nos plantamos resollando después de calcular una posible retirada directamente
hacia el norte, de peñasco en peñasco, peligrosa, pero hacia el norte, hacia la Sierra donde a
lo mejor ya habría llegado Luis.

Mientras yo curaba a Tinti desmayado, el Teniente me dijo que poco antes del ataque
de los regulares al amanecer había oído un fuego de armas automáticas y de pistolas hacia
el poniente. Podía ser Pablo con sus muchachos, o a lo mejor el mismo Luis. Teníamos la
razonable convicción de que los sobrevivientes estábamos divididos en tres grupos, y
quizá el de Pablo no anduviera tan lejos. El Teniente me preguntó si no valdría la pena
intentar un enlace al caer la noche.

–Si vos me preguntás eso es porque te estás ofreciendo para ir –le dije. Habíamos
acostado a Tinti en una cama de hierbas secas, en la parte más fresca de la cueva, y
fumábamos descansando. Los otros dos compañeros montaban guardia afuera.
–Te figuras –dijo el Teniente, mirándome divertido–. A mí estos paseos me encantan,
chico.

Así seguimos un rato, cambiando bromas con Tinti que empezaba a delirar, y cuando
el Teniente estaba por irse entró Roberto con un serrano y un cuarto de chivito asado. No
lo podíamos creer, comimos como quien se come a un fantasma, hasta que Tinti
mordisqueó un pedazo que se le fue a las dos horas junto con la vida. El serrano nos traía
la noticia de la muerte de Luis; no dejamos de comer por eso, pero era mucha sal para tan
poca carne, él no lo había visto aunque su hijo mayor, que también se nos había pegado
con una vieja escopeta de caza, formaba parte del grupo que había ayudado a Luis y a
cinco compañeros a vadear un río bajo la metralla, y estaba seguro de que Luis había sido
herido casi al salir del agua y antes de que pudiera ganar las primeras matas. Los serranos
habían trepado al monte que conocían como nadie, y con ellos dos hombres del grupo de
Luis, que llegarían por la noche con las armas sobrantes y un poco de parque.
El Teniente encendió otro cigarro y salió a organizar el campamento y a conocer
mejor a los nuevos; yo me quedé al lado de Tinti que se derrumbaba lentamente, casi sin
dolor. Es decir que Luis había muerto, que el chivito estaba para chuparse los dedos, que
esa noche seríamos nueve o diez hombres y que tendríamos municiones para seguir
peleando. Vaya novedades. Era como una especie de locura fría que por un lado reforzaba
al presente con hombres y alimentos, pero todo eso para borrar de un manotazo el futuro,
la razón de esa insensatez que acababa de culminar con una noticia y un gusto a chivito
asado. En la oscuridad de la cueva, haciendo durar largo mi cigarro, sentí que en ese
momento no podía permitirme el lujo de aceptar la muerte de Luis, que solamente podía
manejarla como un dato más dentro del plan de campaña, porque si también Pablo había
muerto el jefe era yo por voluntad de Luis, y eso lo sabían el Teniente y todos los
compañeros, y no se podía hacer otra cosa que tomar el mando y llegar a la Sierra y seguir
adelante como si no hubiera pasado nada. Creo que cerré los ojos, y el recuerdo de mi
visión fue otra vez la visión misma, y por un segundo me pareció que Luis se separaba de
su cara y me la tendía, y yo defendí mi cara con las dos manos diciendo: “No, no, por favor
no, Luis”, y cuando abrí los ojos el Teniente estaba de vuelta mirando a Tinti que respiraba
resollando, y le oí decir que acababan de agregársenos dos muchachos del monte, una
buena noticia tras otra, parque y boniatos fritos, un botiquín, los regulares perdidos en las
colinas del este, un manantial estupendo a cincuenta metros. Pero no me miraba en los
ojos, mascaba el cigarro y parecía esperar que yo dijera algo, que fuera yo el primero en
volver a mencionar a Luis.

Después hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los
serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando aunque olía a
vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi mejor amigo de otros
tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había arrancado a mi país para
lanzarme a miles de kilómetros, a Luis, al desembarco en la isla, a esa cueva. Calculando la
diferencia de hora imaginé que en ese momento, miércoles, estaría llegando a su
consultorio, colgando el sombrero en la percha, echando una ojeada al correo. No era una
alucinación, me bastaba pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro
en la ciudad, compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos
diariamente en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no
eran solamente los suyos sino que abarcaban todo mi mundo de entonces, a mí mismo, a
mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales inflados, mi café a
mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis películas y mis ideales. Me
pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luis o de mí, y fue como si viera
dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina),
una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la
eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo
pienso que tu revolución no es más que... No era en absoluto necesario, tenía que ser así,
esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas
razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su
bonhomía entre iguales, de su antirracismo de salón pero cómo la nena se va a casar con
ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas
embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y
mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía
inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me
daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que
iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal
a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa
bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su
mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes,
defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades
y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el
escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido. Y
en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me gritó que Luis vivía, que acababan
de cerrar un enlace con el norte, que Luis estaba más vivo que la madre de la chingada, que
había llegado a lo alto de la Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían
sacado a un batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como
idiotas y dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume,
porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía sentido, lo
único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en los ojos y
encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados atentamente en el tizón y
secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de acuerdo con sus conocidas
propiedades lacrimógenas.

Ya no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente
y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a Pablo en
brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos veinte, me acuerdo
de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y diciéndome sin sacarse el
cigarrillo de la boca: “Si Luis está vivo, todavía podemos vencer”, y yo vendándole los pies
que era una belleza, y los muchachos tomándole el pelo porque parecía que estrenaba
zapatos blancos y diciéndole que su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo.
“Que me regañe”, bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay
que estar vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán, y
vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo...”. Pero no podía durar,
con el sol vino el plomo de arriba y abajo, ahí me tocó un balazo en la oreja que si acierta
dos centímetros más cerca, vos, hijo, que a lo mejor leés todo esto, te quedás sin saber en
las que anduvo tu viejo. Con la sangre y el dolor y el susto las cosas se me pusieron
estereoscópicas, cada imagen seca y en relieve, con unos colores que debían ser mis ganas
de vivir y además no me pasaba nada, un pañuelo bien atado y a seguir subiendo; pero
atrás se quedaron dos serranos, y el segundo de Pablo con la cara hecha un embudo por
una bala cuarenta y cinco. En esos momentos hay tonterías que se fijan para siempre; me
acuerdo de un gordo, creo que también del grupo de Pablo, que en lo peor de la pelea
quería refugiarse detrás de una caña, se ponía de perfil, se arrodillaba detrás de la caña, y
sobre todo me acuerdo de ese que se puso a gritar que había que rendirse, y de la voz que
le contestó entre dos ráfagas de Thompson, la voz del Teniente, un bramido por encima de
los tiros, un: “¡Aquí no se rinde nadie, carajo!”, hasta que el más chico de los serranos, tan
callado y tímido hasta entonces, me avisó que había una senda a cien metros de ahí,
torciendo hacia arriba y a la izquierda, y yo se lo grité al Teniente y me puse a hacer punta
con los serranos siguiéndome y tirando como demonios, en pleno bautismo de fuego y
saboreándolo que era un gusto verlos, y al final nos fuimos juntando al pie de la ceiba
donde nacía el sendero y el serranito trepó y nosotros atrás, yo con un asma que no me
dejaba andar y el pescuezo con más sangre que un chancho degollado, pero seguro de que
también ese día íbamos a escapar y no sé por qué, pero era evidente como un teorema que
esa misma noche nos reuniríamos con Luis.

Uno nunca se explica cómo deja atrás a sus perseguidores, poco a poco ralea el fuego,
hay las consabidas maldiciones y “cobardes, se rajan en vez de pelear”, entonces de golpe
es el silencio, los árboles que vuelven a aparecer como cosas vivas y amigas, los accidentes
del terreno, los heridos que hay que cuidar, la cantimplora de agua con un poco de ron que
corre de boca en boca, los suspiros, alguna queja, el descanso y el cigarro, seguir adelante,
trepar siempre aunque se me salgan los pulmones por las orejas, y Pablo diciéndome oye,
me los hiciste del cuarenta y dos y yo calzo del cuarenta y tres, compadre, y la risa, lo alto
de la loma, el ranchito donde un paisano tenía un poco de yuca con mojo y agua muy
fresca, y Roberto, tesonero y concienzudo, sacando sus cuatro pesos para pagar el gasto y
todo el mundo, empezando por el paisano, riéndose hasta herniarse, y el mediodía
imitando a esa siesta que había que rechazar como si dejáramos irse a una muchacha
preciosa mirándole las piernas hasta lo último.

Al caer la noche el sendero se empinó y se puso más que difícil, pero nos relamíamos
pensando en la posición que había elegido Luis para esperarnos, por ahí no iba a subir ni
un gamo. “Vamos a estar como en la iglesia”, decía Pablo a mi lado, “hasta tenemos el
armonio”, y me miraba zumbón mientras yo jadeaba una especie de pasacaglia que
solamente a él le hacía gracia. No me acuerdo muy bien de esas horas, anochecía cuando
llegamos al último centinela y pasamos uno tras otro, dándonos a conocer y respondiendo
por los serranos, hasta salir por fin al claro entre los árboles donde estaba Luis apoyado en
un tronco, naturalmente con su gorra de interminable visera y el cigarro en la boca. Me
costó el alma quedarme atrás, dejarlo a Pablo que corriera y se abrazara con su hermano, y
entonces esperé que el Teniente y los otros fueran también y lo abrazaran, y después puse
en el suelo el botiquín y el Springfield y con las manos en los bolsillos me acerqué y me
quedé mirándolo, sabiendo lo que iba a decirme, la broma de siempre:
–Mira que usar esos anteojos –dijo Luis.
–Y vos esos espejuelos –le contesté, y nos doblamos de risa, y su quijada contra mi
cara me hizo doler el balazo como el demonio, pero era un dolor que yo hubiera querido
prolongar más allá de la vida.
–Así que llegaste, che –dijo Luis.
Naturalmente, decía “che” muy mal.
––¿Qué tú crees? –le contesté, igualmente mal. Y volvimos a doblarnos como idiotas,
y medio mundo se reía sin saber por qué. Trajeron agua y las noticias, hicimos la rueda
mirando a Luis, y sólo entonces nos dimos cuenta de cómo había enflaquecido y cómo le
brillaban los ojos detrás de los jodidos espejuelos.

Más abajo volvían a pelear, pero el campamento estaba momentáneamente a cubierto.
Se pudo curar a los heridos, bañarse en el manantial, dormir, sobre todo dormir, hasta
Pablo que tanto quería hablar con su hermano. Pero como el asma es mi amante y me ha
enseñado a aprovechar la noche, me quedé con Luis apoyado en el tronco de un árbol,
fumando y mirando los dibujos de las hojas contra el cielo, y nos contamos de a ratos lo
que nos había pasado desde el desembarco, pero sobre todo hablamos del futuro, de lo que
iba a empezar cuando llegara el día en que tuviéramos que pasar del fusil al despacho con
teléfonos, de la Sierra a la ciudad, y yo me acordé de los cuernos de caza y estuve a punto
de decirle a Luis lo que había pensado aquella noche, nada más que para hacerlo reír. Al
final no le dije nada, pero sentía que estábamos entrando en el adagio del cuarteto, en una
precaria plenitud de pocas horas que sin embargo era una certidumbre, un signo que no
olvidaríamos. Cuántos cuernos de caza esperaban todavía, cuántos de nosotros dejaríamos
los huesos como Roque, como Tinti, como el Peruano. Pero bastaba mirar la copa del árbol
para sentir que la voluntad ordenaba otra vez su caos, le imponía el dibujo del adagio que
alguna vez ingresaría en el allegro final, accedería a una realidad digna de ese nombre. Y
mientras Luis me iba poniendo el tanto de las noticias internacionales y de lo que pasaba
en la capital y en las provincias, yo veía cómo las hojas y las ramas se plegaban poco a poco
a mi deseo, eran mi melodía, la melodía de Luis que seguía hablando ajeno a mi fantaseo, y
después vi inscribirse una estrella en el centro del dibujo, y era una estrella pequeña y muy
azul, y aunque no sé nada de astronomía y no hubiera podido decir si era una estrella o un
planeta, en cambio me sentí seguro de que no era Marte ni Mercurio, brillaba demasiado
en el centro del adagio, demasiado en el centro de las palabras de Luis como para que
alguien pudiera confundirla con Marte o con Mercurio.

LA SEÑORITA CORA

We’ll send your love to college, all for a year or two.
And then perhaps in time the boy will do for you.
The trees that grow so high
(CANCIÓN FOLKLÓRICA INGLESA)

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al
cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían
traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido
el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su
padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me
dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría,
siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el
hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me
dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y
meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si
verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que
se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que
mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado,
una chiquilina de porquería, que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó
de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía dónde meterse de vergüenza y
su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de
costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una
clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus
revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que
más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el
doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la
frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí,
claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y
me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de
pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está
bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir
solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún
ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de
miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la
puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca...

La enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y me
empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la revista en
seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras y no una
fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro que todavía estaba
enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era igual que ella y que le iba a
dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche
estaba muy bien. “A ver el pulso”, me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la
planilla y la colgó a los pies de la cama. “¿Tenés hambre?”, me preguntó, y yo creo que me
puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo
impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre.
“Esta noche vas a cenar muy liviano”, dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había
quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a decirle algo, creo que
no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que
no tenía que comer caramelos, pero llevárselos... Seguro que estaba furiosa por lo de mamá
y se desquitaba conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me paso de
golpe el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es, clavado que
no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera hace muy poco.

A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo se llama, si va a ser mi
enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio vino otra, una señora muy amable
vestida de azul que me trajo un caldo y bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes.
También ella me preguntó cómo me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta
pieza dormiría tranquilo porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque
dormí hasta casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un
mono pero amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un
termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no entendí
porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se fue. Al rato vino
mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco
el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a
pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor
De Luisi entró para revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está
grandecito, y me hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la
cara y ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había nadie
en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al nene iban a operarlo
a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las mejores condiciones para la operación,
a su edad una apendicitis es una tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que
me había llamado la atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía
porque no era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré en
la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía que lo iban a
operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un modo la pobre, pero si
no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al Cacho le sacaron el apéndice en el
hospital y a los seis días ya estaba queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy
muy bien y no me falta nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí
o más allá, menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo
pude terminar la fotonovela que había empezado anoche. La enfermera de la tarde se
llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me trajo el almuerzo;
me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y unas gotas con gusto a menta;
me parece que esas gotas hacen dormir porque se me caían las revistas de la mano y de
golpe estaba soñando con el colegio y que íbamos a un picnic con las chicas del normal
como el año pasado y bailábamos a la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a
eso de las cuatro y medía y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor
De Luisi dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando estás
dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por ahí vomitás y
tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se le nota en la cara que
tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da lástima. Se sentó de golpe en la cama
cuando me vio entrar y escondió la revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco
fría y fui a subir la calefacción, después traje el termómetro y se lo di. “¿Te lo sabés
poner?”, le pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso. Dijo
que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las persianas y encendía el
velador. Cuando me acerqué para que me diera el termómetro seguía tan ruborizado que
estuve a punto de reírme, pero con los chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les
cuesta acostumbrarse a esas cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo
aguantar esa mirada si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de
debajo de las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco, se
me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más fuerte
que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de la cama y se fue sin
decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá y mamá cuando vinieron a
verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita Cora les dijo que había que
prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo la noche antes. Pensé que mamá iba a
soltarle alguna de las suyas pero la miró nomás de arriba abajo, y papá también pero al
viejo le conozco las miradas, es algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a
mamá que le decía a la señorita Cora: “Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que
ha estado siempre muy rodeado por su familia”, o alguna idiotez por el estilo, y me
hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la señorita Cora, pero
estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me estuve quejando de ella o algo
así.

Volvió a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y
algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era miedo
pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos azules o rojos,
tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre debía estar empezando a
asustarse sin la mamá que parece un papagayo endomingado, le agradeceré que atienda
bien al nene, mire que he hablado con el doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a
atender como a un príncipe. Es bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan
apenas me ve entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a
taparse, y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. “A ver, bajate
el pantalón del piyama”, le dije sin mirarlo en la cara. “¿El pantalón?”, preguntó con una
voz que se le quebró en un gallo. “Sí, claro, el pantalón”, repetí, y empezó a soltar el
cordón y a desabotonarse con unos dedos que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma
el pantalón hasta la mitad de los muslos, y era como me lo había imaginado. “Ya sos un
chico crecidito”, le dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco
tenía para afeitar. “¿Cómo te llaman en tu casa?”, le pregunté mientras lo enjabonaba. “Me
llaman Pablo”, me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la vergüenza. “Pero
te darán algún sobrenombre”, insistí, y fue todavía peor porque me pareció que se iba a
poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos pelitos que andaban por ahí. “¿Así que no
tenés ningún sobrenombre? Sos el nene solamente, claro.” Terminé de afeitarlo y le hice
una seña para que se tapara, pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el
pescuezo. “Pablo es un bonito nombre”, le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena
verlo tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan
joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en el que a lo mejor le venía de la
madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me molestaba que fuera
tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya debía creerse un hombre y
que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un piropo.

Me quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo eso,
pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: “¿Así que no tenés
ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro”, y yo hubiera querido morirme, o
agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos le vi el pelo castaño casi
pegado a mi cara porque se había agachado para sacarme un resto de jabón, y olía a
shampoo de almendra como el que se pone la profesora de dibujo, o algún perfume de
ésos, y no supe qué decir y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: “¿Usted se llama
Cora, verdad?”. Me miró con aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me
habían visto por todos lados, y dijo: “La señorita Cora”. Lo dijo para castigarme, lo sé,
igual que antes había dicho: “Ya sos un chico crecidito”, nada más que para burlarse.
Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y es lo peor
que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: “Usted es tan joven que... Bueno, Cora
es un nombre muy lindo”. No era eso, lo que yo había querido decirle era otra cosa y me
parece que se dio cuenta y le molestó, ahora estoy seguro de que está resentida por culpa
de mamá, yo solamente quería decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder
llamarla Cora a secas, pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado
y ya se iba con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, ésa es otra cosa que no
puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo cuando necesitaría
estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a salir pero al llegar a la puerta se
quedó un momento como para ver si no se olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo
que estaba pensando pero no encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue
mostrarle la taza con el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz
dijo: “Se le olvida la taza con el jabón”, muy seriamente y con un tono de hombre grande.
Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la mejilla. “No te
aflijas, Pablito”, le dije. “Todo irá bien, es una operación de nada.” Cuando lo toqué echó la
cabeza atrás como ofendido, y después resbaló hasta esconder la boca en el borde de las
frazadas. Desde ahí, ahogadamente, dijo: “Puedo llamarla Cora, ¿verdad?”. Soy demasiado
buena, casi me dio lástima tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero
sabía que no era el caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un
enfermo hay que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o
los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas. “Señorita Cora”,
me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas ganas de pegarle, de saltar de
la cama y echarla a empujones, o de... Ni siquiera comprendo cómo pude decirle: “Si yo
estuviera sano a lo mejor me trataría de otra manera”. Se hizo la que no oía, ni siquiera dio
vuelta la cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo
hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque en
realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan cerrada que no sé
cómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura rabia pero no era eso, o a lo
mejor sí pero de otra manera.

Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás
asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo
que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de
operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha
arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase
eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, qué sé yo. Se debe haber ido furiosa,
estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le
pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación
pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes,
primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos
peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me
duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a
acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para
una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque
esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería
verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que
encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano
tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo
que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era
demasiado idiota realmente. “A ver, m’hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro
lado”, y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me
imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre
no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y
después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo
de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve
que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el
pantalón y deslizarle una toalla. “A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más
de boca, te digo que te echés más de boca, así.” Tan callado que era casi como si gritara,
por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo
me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo
que me había dicho. “Avisá si está muy caliente”, le previne, pero no contestó nada, debía
estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la
cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra
hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: “Así
me gusta, todo un hombrecito”, y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más
posible antes de ir al baño. “¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te
levantes?”, me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo,
algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las
frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto
que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le
clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y
gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había
hecho.

Es lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de ésas la gran sorpresa.
Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo le voy hablar
claro al padre, no sea cosa que en una de ésas tengamos un lío. Lo más probable es que
haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla, pensá en lo que pasó al comienzo de
la anestesia: parece mentira en un pibe de esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo
encontré bastante bien si pensás en lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo
estaba secándole la boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia
pero el doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que
estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora se ve que no
está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las paradas, y el viejo parece un
trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí,
claro que estoy aquí, el pobre sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera
ahogando. Debe creer que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te
muevas así, quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podés
tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la operación había sido
muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación: a veces el apéndice no está tan
a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta noche. Pero sí, m’hijito, estoy aquí, quéjese todo
lo que quiera pero no se mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de
hielo en una gasa, así se le va pasando la sed. Sí, querido, vomitá más, aliviate todo lo que
quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí, llorá si tenés
ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás tan dormido y creés que soy tu
mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un poco respingada y esas pestañas como
cortinas, parecés mayor ahora que estás tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada,
verdad, mi pobrecito. Me duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que
me han puesto, tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la
enfermera que me saque eso. Sí, m’hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto, por
qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me ayude. Vamos,
Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si seguís moviéndote tanto.
Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí, señorita Cora, me duele tanto aquí,
hágame algo por favor, me duele tanto aquí, suélteme las manos, no puedo más, señorita
Cora, no puedo más.

Menos mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las
dos y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo veo tan
pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi dijo que todo
había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él, yo no entiendo por qué no
me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado severos. Ya es casi de noche y el nene
ha dormido todo el tiempo, se ve que está agotado, pero me parece que tiene mejor cara,
un poco de color. Todavía se queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira
tranquilo, creo que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que
hacer, pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le salieron
otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a faltar nada por la
noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida, si no ya ibas a ver cómo te
trataba. Las conozco a éstas, creen que con una buena propina el último día lo arreglan
todo. Y a veces la propina ni siquiera es buena, pero para qué seguir pensando, ya se
mandó mudar y todo está tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme,
contame lo que pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No,
mirá que puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la suya, ya
te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no está bien. Parecería
que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate. Váyase le digo, o me enojo.
Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro que sí. Muchísimo.

Está muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me duele,
qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas.. Todo está tan callado, ahora me
acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía tan mal. Al viejo lo miré apenas,
estaba a los pies de la cama y me guiñaba un ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un
poco de frío, me gustaría otra frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero si
estaba ahí, apenas abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino
en seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en seguida.
Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que ella me calmaba, o
a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora? Usted me sujetaba las manos,
¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me dolía mucho, y las náuseas...

Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera. Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la
manché y todo. Bueno, no hablaré más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me
duele mucho, un poquito solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito
ahora, ya le he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese
bien quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así. Duérmase
ahora.

Sí, yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir,
pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y tengo que
abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha puesto la pantalla para leer
sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará aquí todo el tiempo? Tiene un pelo
precioso, le brilla cuando mueve la cabeza. Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con
mamá, es increíble. Vaya a saber qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero
me pasaba hielo por la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua
colonia en la frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el
vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo así, me
miraba de otra manera cuando me dijo: “Cierre los ojos y duérmase”. Me gusta que me
mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los caramelos. Me gustaría
decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella, al contrario, que me gusta que sea
ella la que me cuida de noche y no la enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra
vez agua colonia en el pelo. Me gustaría que con una sonrisa me pidiera perdón, que me
dijera que la puedo llamar Cora.

Se quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no tardaría
y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había hecho bien dormir.
Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas, pero le dije que se estuviera
quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no sufriera pero lo mismo se puso colorado
y empezó a decir que él podía muy bien solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el
pobre que no me quedó más remedio que decirle: “Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no
te vas a poner así cada vez, ¿verdad?”. Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo
contener las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui
a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la sábana y tenía
tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por poder hablar, decirle que
no me importaba, que en realidad no me importaba pero que no lo podía impedir. “Esto no
duele nada”, me dijo con la jeringa en la mano. “Es para que duermas bien toda la noche.”
Me destapó y otra vez sentí que me subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y
empezó a frotarme el muslo con un algodón mojado. “No duele nada”, le dije porque algo
tenía que decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. “Ya
ves”, me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. “Ya ves que no duele nada.
Nada te tiene que doler, Pablito.” Me tapó y me pasó la mano por la cara. Yo cerré los ojos
y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella me pasara la mano por la cara,
llorando.

Nunca entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no
me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno.
Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana, bueno nena, ya está, deme
un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va a pasar un buen rato antes de que
aprenda a vivir en este oficio maldito, la pobre apareció esta noche con una cara rara y me
costó media hora hacerle olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de
buscarle la vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía
que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar dolores de
cabeza.

Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la mañana, después fue
a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor, no quería saber nada conmigo.
Le queda bien esa carucha de enojada, de tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final
se puso a reír y me contó, a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un
poco como si tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un
rato todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega hasta las
seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto por ese mocoso, al
fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da lástima, a esa edad son tontos, tan
orgullosos, si pudiera le pediría al doctor Suárez que me cambiara, hay dos operados en el
segundo piso, gente grande, uno les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les
alcanza la chata, los limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es
un ir y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí,
comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar chicos de
esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido, claro. Pero es que todo
empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado, sabés, desde el primer minuto
hubo como un malentendido, y el chico tiene su orgullo y le duele, sobre todo que al
principio no se daba cuenta de todo lo que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme
como si fueras vos, como un hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo
malo es que sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da
risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me fastidió tanta
tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin moverse, bien tendido de
espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos pero es casi peor, está a punto de llorar
o de insultarme, está entre las dos cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena
señora que lo ha de haber criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí,
mucho sombrero y saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá.

Ah, y justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera estado
tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera limpiado por todos lados
sin que se le subieran los colores a la cara. No, la verdad, no tengo suerte, Marcial.
Estaba soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero
que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las inyecciones o lo
que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas en la boca y huele tan bien, y
siempre se sonríe un poco cuando me está frotando con el algodón, me frotó un rato largo
antes de pincharme y yo le miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la
jeringa, el líquido amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. “No, no me duele
nada.” Nunca le podré decir: “No me duele nada, Cora”. Y no le voy a decir señorita Cora,
no se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar señorita
Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias, me siento bien,
voy a seguir durmiendo. Gracias.

Por suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si
pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído las revistas y
una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La enfermera de la mañana es
un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto hablar, dice que el nene durmió hasta
las ocho y que bebió un poco de leche, parece que ahora van a empezar a alimentarlo,
tengo que decirle al doctor Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo
dijo porque estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver
cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede hacer
impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele? Claro, es natural.
Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible. Bueno, vamos muy bien, amiguito.
Y así cinco minutos, si me duele aquí, si estoy sensible mas acá, y el viejo mirándome la
barriga como si me la viera por primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que
se van, pobres viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo
que no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece
sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre. Mirá que venir
a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me dan unas ganas de dormir
cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin ver a Cora, y despertarme justo cuando
me vengan a buscar para ir a casa. A lo mejor habrá que esperar unos días más, señor
Morán, ya sabrá por De Luisi que la operación fue más complicada de lo previsto, a veces
hay pequeñas sorpresas. Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá
problema, pero mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se
pensó al principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son cosas
internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo anuncié, esto va a
durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no importa pero podrías ser un poco
más comprensivo, sabés muy bien que no me hace feliz atender a ese chico, y a él todavía
menos, pobrecito. No me mirés así, por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así.
Nadie me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que
tengo dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara, debo de
tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a Cora que entorne un
poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera dormir, es lo que más me gustaría,
que ella estuviese allí sentada leyendo una revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que
está allí, pero ahora no se va a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De
tres a cuatro creo que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas
gotas muy amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y
huele a talco perfumado, a lavanda. “Este remedio es muy feo, ya sé”, me dijo, y se sonreía
para animarme. “No, es un poco amargo, nada más”, le dije. “¿Cómo pasaste el día?”, me
preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que durmiendo, que el doctor
Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho. “Bueno, entonces podés
trabajar un poco”, me dijo dándome el termómetro. Yo no supe qué contestarle y ella se fue
a cerrar las persianas y arregló los frascos en la mesita mientras yo me tomaba la
temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle un vistazo al termómetro antes de que viniera a
buscarlo. “Pero tengo muchísima fiebre”, me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la
misma estúpida, por evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy
chiquilín no pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. “Siempre es así los
primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras”, le dije, más furiosa contra mí
que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me dijo que no. Le sudaba la cara,
se la sequé y le puse un poco de agua colonia; había cerrado los ojos antes de contestarme y
no los abrió mientras yo lo peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente.
Treinta y nueve y nueve era mucha fiebre, realmente. “Tratá de dormir un rato”, le dije,
calculando a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto
como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: “Usted es mala conmigo, Cora”.

No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos y me miró con toda su
fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré la mano y quise hacerle una caricia en
la frente, pero me rechazó de un manotón y algo debió tironearle en la herida porque se
crispó de dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: “Usted no sería
así conmigo si me hubiera conocido en otra parte”. Estuve al borde de soltar una carcajada,
pero era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que me
pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como desamparada
delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo debo a Marcial, me ha
enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me enderecé como si no hubiera
sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el frasco de agua colonia. En fin, ahora
sabíamos a qué atenernos, en el fondo era mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de
contar. Que el agua colonia se la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las
haría sin más contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me
dijo cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de pedir
perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé para que siguiera
insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero seguía con los ojos cerrados y
el sudor le empapaba la frente y las mejillas, era como si me hubieran metido en agua
hirviendo, veía manchas violeta y rojas cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo
que todavía estaba allí, y hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a
secarme la frente como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin
hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el velador, la
pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces, cien veces, que había
hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que aprendiera, para que no me tratara
como a un chico, para que me dejara en paz, para que no se fuera.

Empiezan siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una
pareja que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le
contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a lavarme y a darme
el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros enfermos se habían quejado de las
palomas pero que el director no quería que las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo,
las primeras mañanas estaba demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace
tres días escucho a las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a
Milord, oyendo a la tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita fiebre que
no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo voy a preguntar al
doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría estar lo más bien en casa. Mire,
señor Morán, quiero ser franco con usted, el cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora,
prefiero que usted siga atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces,
Marcial... Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece
mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando discretamente con el doctor Suárez, y parece
que el pibe...

Por suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la ciudad,
tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se fueron los
viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta fiebre. Bueno, si me tengo
que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué importa. En casa sería mejor, claro, pero lo
mismo tendría fiebre y me sentiría tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una
revista, es una debilidad como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo
dijo anoche el doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben.
Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de las tres
como si a mí me importaran las tres o las cinco, al contrario, a las tres se va la enfermera
chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan bien. Si me pudiera dormir de un tirón
hasta la medianoche sería mucho mejor. Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la
noche que te hace doler con las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma.
Seguí durmiendo si querés, ya está. Me dijo: “Gracias”, sin abrir los ojos, pero hubiera
podido abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han
prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba mirando,
sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y me senté al lado de
la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que arrugaba con sus manos de fiebre. Me
miraba el pelo, después bajaba la vista y evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para
prepararlo y me dejó hacer sin una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome.
Vendrían a buscarlo a las cinco y medía en punto, todavía le quedaba un rato para dormir,
los padres esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa hora.

El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que completar la
operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en cambio mandaron a
Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo una seña para que no me
moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la hoja de temperatura hasta que Pablo se
acostumbrara a su presencia. Le empezó a hablar un poco en broma, armó la conversación
como él sabe hacerlo, el frío en la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, y él lo miraba
sin decir nada, como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que
Marcial se fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie,
aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de nuevo,
usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que seguir en esta cama y
con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer algo, por qué me duele tanto desde
ayer, un dolor diferente, desde más adentro. Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se
sonría como si me viniera a invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido
no estaba la otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse
los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto.

Y bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta cuándo
nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres. Así va bien, vos
seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife jugoso en casa. Un cuarto
de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que verle la cara a De Luisi, uno no se
acostumbra nunca del todo a estas cosas. Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te
relevaran como vos querías, le dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo
mejor te pasan al segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto
quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo hice por vos.

Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a quedar con él esta noche y
todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y media, los padres se fueron en seguida
porque era mejor que no los viera con la cara que tenían los pobres, y cuando llegó el
doctor Suárez me preguntó en voz baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice
una seña de que me quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos
que sujetarlo y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan
débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las palomas, vas a ver,
mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se
vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto frío. Ah, entonces estuve soñando,
me parecía que ya era de mañana y que estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con
mamá.

Otra vez desviaba la mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la
culpa. Lo atendí como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le
mojé los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las manos
y la frente, me acerqué más y le sonreí. “Llamame Cora”, le dije. “Yo sé que no nos
entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo.” Me miraba callado.
“Decime: Sí, Cora.” Me miraba, siempre. “Señorita Cora”, dijo después, y cerró los ojos.
“No, Pablo, no”, le pedí, besándolo en la mejilla, muy cerca de la boca. “Yo voy a ser Cora
para vos, solamente para vos.” Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara.
Lo sequé, le sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al
oído. “Discúlpeme”, dijo con un hilo de voz, “no lo pude contener”. Le dije que no fuera
tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que quisiera para aliviarse.
“Me gustaría que viniera mamá”, me dijo, mirando a otro lado con los ojos vacíos. Todavía
le acaricié un poco el pelo, le arreglé las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba
muy lejos y sentí que lo hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y
esperé; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. “Pablito”, le dije. “Por favor,
Pablito. Por favor, querido.” Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía a frío, detrás
del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un segundo más me pongo a
llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí corriendo, bajé a buscar a la madre y a
María Luisa; no quería volver mientras la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no
quería volver y después sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver
a ese cuarto, que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara
otra vez libre.

LA ISLA A MEDIODÍA

La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos
de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La
pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de
whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa preguntándose aburridamente si valdría la
pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando
en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las
colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa del vaso
de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. “Las islas griegas”, dijo. “Oh, yes, Greece”, repuso la
americana con un falso interés.

Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional
se borrara de su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que
quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra
vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que
exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma
rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el
norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y
desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá
un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se
borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su
reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.

A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el
paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían siempre
felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño
que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra
vez el borde de la isla. Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre
una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como
una tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez
con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el
dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la escala de
Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no sería Horos.

El radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su interés. “Todas esas islas se
parecen, hace dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la
próxima vez.” No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos
turísticos. “No durará ni cinco años”, le dijo la stewardess mientras bebían una copa en
Roma. “Apúrate si piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook
vela.” Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había una
ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido,
volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por
semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo estaba falseado en la visión inútil y
recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de
mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un
azul casi negro, y las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos para seguir el
paso de esa otra irrealidad.

Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con
todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía inocente
y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de nombre levantino daba
sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose
como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un jefe y dos
secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo esperaba Carla.

La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero
hacia el oeste quedaban huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor
Goldmann había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores
empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se marchó casi
enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de habitantes, cada cinco días
llegaba un barco para cargar la pesca y dejar algunas provisiones y géneros. En la agencia
de viajes le dijeron que habría que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera
viajar en la falúa que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos
donde la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la
isla no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que siguieron
hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después empezó una huelga y Carla
se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza
Navona, donde había librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros
sobre Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra
kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su
abuelo en Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en
Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día
fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo pegado
a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las
bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz
y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se
hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió
que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas
de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de
vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana; el sol daba contra las ventanillas
de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías
del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la
ventanilla mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo.
Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había
subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo
llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido
no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alanzaría para las
vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se
casaría con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y
los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).

Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un
poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía, apenas él se
instalaba junto a la ventanilla de la cola. La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire
estaba siempre tan limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los
más pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la
mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la
arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un
insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió
ahorrar el dinero de la cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No
llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces Felisa en
Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco borroso, amablemente
fácil y cordial y como reemplazando otra cosa, llenando las horas antes o después del
vuelo, y en el vuelo todo era también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a
inclinarse sobre la ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario
donde lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.

Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el
punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar mirando el
avión. “Kalimera”, pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar más, Mario Merolis le
prestaría el dinero que le faltaba para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con
los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que
entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres,
entendiéndose por señas y por risas. Nada era difícil una vez decidido, un tren nocturno,
un primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable
con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y
del carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo
presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló
lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los
hijos de Klaios. El capitán de la falúa agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca,
cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios.

Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de
los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el aire, una
habitación pobre y limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel curtida.

Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la ropa
de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por la isla. Aún no
se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil,
un poco ácido mezclado con el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al
promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar solo aunque le
hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal
intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento
cuando se desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se
dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se
abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que era también un
nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna
manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa,
sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario.
Ya los había olvidado cuando giro sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.

El sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron
asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó hacia las redes.
Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le señaló el mar, invitándolo. El
muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de tela y su camisa roja. Después fue
corriendo hacia una de las casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio,
deslumbrante bajo el sol de las once.

Secándose en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. “Kalimera”, dijo Marini, y el
muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas, enseñó
palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba empequeñeciendo; Marini
sintió que ahora estaba realmente solo en la isla con Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos
días, pagaría su habitación y aprendería a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran
bien, les hablaría de quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas
y echó a andar lentamente hacia la colina. La cuesta era escarpada y trepó saboreando cada
alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas de las mujeres
que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de reojo, riendo. Cuando
llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor del tomillo y de la salvia era una
misma materia con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y
después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo
del pantalón de baño. No sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol
y de espacio sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde tantas
veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de espaldas entre las
piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos encendidos, y miró verticalmente el cielo;
lejanamente le llegó el zumbido de un motor.

Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo
peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la penumbra de los
párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo instante distribuyendo las
bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o alguno nuevo de otra línea, alguien que
también estaría sonriendo mientras alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de
luchar contra tanto pasado abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala
derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de
sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda carrera por la colina,
golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre las espinas. La isla le ocultaba el
lugar de la caída, pero torció antes de llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la
primera estribación de la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía
a unos cien metros, en un silencio total. Marini tomó impulso y se lanzó al agua, esperando
todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la blanda línea de las olas,
una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del lugar de la caída, y casi al final,
cuando ya no tenía sentido seguir nadando, una mano fuera del agua, apenas un instante,
el tiempo para que Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al
hombre que luchó por aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba
respirar sin acercarse demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó
en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de
espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la
garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada convulsión la herida
parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo
arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones
algo que él ya no era capaz de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las
mujeres. Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin
comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose
hasta ahí. “Ciérrale los ojos”, pidió llorando una de las mujeres. Klaios miró hacia el mar,
buscando algún otro sobreviviente. Pero como siempre estaban solos en la isla, y el cadáver
de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos y el mar.

INSTRUCCIONES PARA JOHN HOWELL

A Peter Brook
Pensándolo después –en la calle, en un tren, cruzando campos– todo eso hubiera
parecido absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz
y lujoso. A Rice, que se aburría en un Londres otoñal de fin de semana y que había entrado
al Aldwych sin mirar demasiado el programa, el primer acto de la pieza le pareció sobre
todo mediocre; el absurdo empezó en el intervalo cuando el hombre de gris se acercó a su
butaca y lo invitó cortésmente, con una voz casi inaudible, a que lo acompañara entre
bastidores. Sin demasiada sorpresa pensó que la dirección del teatro debía estar haciendo
una encuesta, alguna vaga investigación con fines publicitarios. “Si se trata de una
opinión”, dijo Rice, “el primer acto me parece flojo, y la iluminación, por ejemplo...”. El
hombre de gris asintió amablemente pero su mano seguía indicando una salida lateral, y
Rice entendió que debía levantarse y acompañarlo sin hacerse rogar. “Hubiera preferido
una taza de té”, pensó mientras bajaba unos peldaños que daban a un pasillo lateral y se
dejaba conducir entre distraído y molesto. Casi de golpe se encontró frente a un bastidor
que representaba una biblioteca burguesa; dos hombres que parecían aburrirse lo
saludaron como si su visita hubiera estado prevista e incluso descontada. “Desde luego
usted se presta admirablemente”, dijo el más alto de los dos. El otro hombre inclinó la
cabeza, con un aire de mudo. “No tenemos mucho tiempo”, dijo el hombre alto, “pero
trataré de explicarle su papel en dos palabras”. Hablaba mecánicamente, casi como si
prescindiera de la presencia real de Rice y se limitara a cumplir una monótona consigna.
“No entiendo”, dijo Rice dando un paso atrás. “Casi es mejor”, dijo el hombre alto. “En
estos casos el análisis es más bien una desventaja; verá que apenas se acostumbre a los
reflectores empezará a divertirse. Usted ya conoce el primer acto; ya sé, no le gustó. A
nadie le gusta. Es a partir de ahora que la pieza puede ponerse mejor. Depende, claro.”
“Ojalá mejore”, dijo Rice que creía haber entendido mal, “pero en todo caso ya es tiempo
de que me vuelva a la sala”. Como había dado otro paso atrás no lo sorprendió demasiado
la blanda resistencia del hombre de gris, que murmuraba una excusa sin apartarse.
“Parecería que no nos entendemos”, dijo el hombre alto, “y es una lástima porque faltan
apenas cuatro minutos para el segundo acto. Le ruego que me escuche atentamente. Usted
es Howell, el marido de Eva. Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael, y que
probablemente Howell se ha dado cuenta aunque prefiere callar por razones que no están
todavía claras. No se mueva por favor, es simplemente una peluca”. Pero la admonición
parecía casi inútil porque el hombre de gris y el hombre mudo lo habían tomado de los
brazos, y una muchacha alta y flaca que había aparecido bruscamente le estaba calzando
algo tibio en la cabeza. “Ustedes no querrán que yo me ponga a gritar y arme un escándalo
en el teatro”, dijo Rice tratando de dominar el temblor de su voz. El hombre alto se encogió
de hombros. “Usted no haría eso”, dijo cansadamente. “Sería tan poco elegante... No, estoy
seguro de que no haría eso. Además la peluca le queda perfectamente, usted tiene tipo de
pelirrojo.” Sabiendo que no debía decir eso, Rice dijo: “Pero yo no soy un actor”. Todos,
hasta la muchacha, sonrieron alentándolo. “Precisamente”, dijo el hombre alto. “Usted se
da muy bien cuenta de la diferencia. Usted no es un actor, usted es Howell. Cuando salga a
escena, Eva estará en el salón escribiendo una carta a Michael. Usted fingirá no darse
cuenta de que ella esconde el papel y disimula su turbación. A partir de ese momento haga
lo que quiera. Los anteojos, Ruth.” “¿Lo que quiera?”, dijo Rice, tratando sordamente de
liberar sus brazos, mientras Ruth le ajustaba unos anteojos con montura de carey. “Sí, de
eso se trata”, dijo desganadamente el hombre alto, y Rice tuvo como una sospecha de que
estaba harto de repetir las mismas cosas cada noche. Se oía la campanilla llamando al
público, y Rice alcanzó a distinguir los movimientos de los tramoyistas en el escenario,
unos cambios de luces; Ruth había desaparecido de golpe. Lo invadió una indignación más
amarga que violenta, que de alguna manera parecía fuera de lugar. “Esto es una farsa
estúpida”, dijo tratando de zafarse, “y les prevengo que...”. “Lo lamento”, murmuró el
hombre alto. “Francamente hubiera pensado otra cosa de usted. Pero ya que lo toma así...”
No era exactamente una amenaza, aunque los tres hombres lo rodeaban de una manera
que exigía la obediencia o la lucha abierta: a Rice le pareció que una cosa hubiera sido tan
absurda o quizá tan falsa como la otra. “Howell entra ahora”, dijo el hombre alto,
mostrando el estrecho pasaje entre los bastidores. “Una vez allí haga lo que quiera, pero
nosotros lamentaríamos que...” Lo decía amablemente, sin turbar el repentino silencio de la
sala; el telón se alzó con un frotar de terciopelo, y los envolvió una ráfaga de aire tibio. “Yo
que usted lo pensaría, sin embargo”, agregó cansadamente el hombre alto. “Vaya, ahora.”
Empujándole sin empujarlo, los tres lo acompañaron hasta la mitad de los bastidores. Una
luz violeta encegueció a Rice; delante había una extensión que le pareció infinita, y a la
izquierda adivinó la gran caverna, algo como una gigantesca respiración contenida, eso
que después de todo era el verdadero mundo donde poco a poco empezaban a recortarse
pecheras blancas y quizá sombreros o altos peinados. Dio un paso o dos, sintiendo que las
piernas no le respondían y estaba a punto de volverse y retroceder a la carrera cuando Eva,
levantándose precipitadamente, se adelantó y le tendió una mano que parecía flotar en la
luz violeta al término de un brazo muy blanco y largo. La mano estaba helada, y Rice tuvo
la impresión de que se crispaba un poco en la suya. Dejándose llevar hasta el centro de la
escena, escuchó confusamente las explicaciones de Eva sobre su dolor de cabeza, la
preferencia por la penumbra y la tranquilidad de la biblioteca, esperando que callara para
adelantarse al proscenio y decir, en dos palabras, que los estaban estafando. Pero Eva
parecía esperar que él se sentara en el sofá de gusto tan dudoso como el argumento de la
pieza y los decorados, y Rice comprendió que era imposible, casi grotesco, seguir de pie
mientras ella, tendiéndole otra vez la mano, reiteraba la invitación con sonrisa cansada.
Desde el sofá distinguió mejor las primeras filas de platea, apenas separadas de la escena
por la luz que había ido virando del violeta a un naranja amarillento, pero curiosamente a
Rice le fue más fácil volverse hacia Eva y sostener su mirada que de alguna manera lo
ligaba todavía a esa insensatez, aplazando un instante más la única decisión posible a
menos de acatar la locura y entregarse al simulacro. “Las tardes de este otoño son
interminables”, había dicho Eva buscando una caja de metal blanco perdida entre los libros
y los papeles de la mesita baja, y ofreciéndole un cigarrillo. Mecánicamente Rice sacó su
encendedor, sintiéndose cada vez más ridículo con la peluca y los anteojos; pero el menudo
ritual de encender los cigarrillos y aspirar las primeras bocanadas era como una tregua, le
permitía sentarse más cómodamente, aflojando la insoportable tensión del cuerpo que se
sabía mirado por frías constelaciones invisibles. Oía sus respuestas a las frases de Eva, las
palabras parecían suscitarse unas a otras con un mínimo esfuerzo, sin que se estuviera
hablando de nada en concreto; un diálogo de castillo de naipes en el que Eva iba poniendo
los muros del frágil edificio, y Rice sin esfuerzo intercalaba sus propias cartas y el castillo
se alzaba bajo la luz anaranjada hasta que al terminar una prolija explicación que incluía el
nombre de Michael (“Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael”) y otros nombres
y otros lugares, un té al que había asistido la madre de Michael (¿o era la madre de Eva?) y
una justificación ansiosa y casi al borde de las lágrimas, con un movimiento de ansiosa
esperanza Eva se inclinó hacia Rice como si quisiera abrazarlo o esperar a que él la tomase
en los bozos, y exactamente después de la última palabra dicha con una voz clarísima,
junto a la oreja de Rice murmuró: “No dejes que me maten”, y sin transición volvió a su
voz profesional para quejarse de la soledad y del abandono. Golpeaban en la puerta del
fondo y Eva se mordió los labios como si hubiera querido agregar algo más (pero eso se le
ocurrió a Rice, demasiado confundido para reaccionar a tiempo), y se puso de pie para dar
la bienvenida a Michael que llegaba con la fatua sonrisa que ya había enarbolado
insoportablemente en el primer acto. Una dama vestida de rojo, un anciano; de pronto la
escena se poblaba de gente que cambiaba saludos, flores y noticias. Rice estrechó las manos
que le tendían y volvió a sentarse lo antes posible en el sofá, escudándose tras de otro
cigarrillo; ahora la acción parecía prescindir de él y el público recibía con murmullos
satisfechos una serie de brillantes juegos de palabras de Michael y de los actores de
carácter, mientras Eva se ocupaba del té y daba instrucciones al criado. Quizá fuera el
momento de acercarse a la boca del escenario, dejar caer el cigarrillo y aplastarlo con el pie,
a tiempo para anunciar: “Respetable público...”. Pero acaso fuera más elegante (No dejes
que me maten) esperar la caída del telón y entonces, adelantándose rápidamente, revelar la
superchería. En todo eso había como un lado ceremonial que no era penoso acatar; a la
espera de su hora, Rice entró en el diálogo que le proponía el anciano caballero, aceptó la
taza de té que Eva le ofrecía sin mirarlo de frente, como si se supiese observada por
Michael y la dama de rojo. Todo estaba en resistir, en hacer frente a un tiempo
interminablemente tenso, ser más fuerte que la torpe coalición que pretendía convertirlo en
un pelele. Ya le resultaba fácil advertir cómo las frases que le dirigían (a veces Michael, a
veces la dama de rojo, casi nunca Eva, ahora) llevaban implícita la respuesta; que el pelele
contestara lo previsible, la pieza podía continuar. Rice pensó que de haber tenido un poco
más de tiempo para dominar la situación, hubiera sido divertido contestar a contrapelo y
poner en dificultades a los actores; pero no se lo consentirían, su falsa libertad de acción no
permitía más que la rebelión desaforada, el escándalo. No dejes que me maten, había dicho
Eva; de alguna manera, tan absurda como todo el resto, Rice seguía sintiendo que era
mejor esperar. El telón cayó sobre una réplica sentenciosa y amarga de la dama de rojo, y
los actores le parecieron a Rice como figuras que súbitamente bajaran un peldaño invisible:
disminuidos, indiferentes (Michael se encogía de hombros, dando la espalda y yéndose por
el foro), abandonaban la escena sin mirarse entre ellos, pero Rice notó que Eva giraba la
cabeza hacia él mientras la dama de rojo y el anciano se la llevaban amablemente del brazo
hacia los bastidores de la derecha. Pensó en seguirla, tuvo una vaga esperanza de camarín
y conversación privada. “Magnífico”, dijo el hombre alto, palmeándole el hombro. “Muy
bien, realmente lo ha hecho usted muy bien.” Señalaba hacia el telón que dejaba pasar los
últimos aplausos. “Les ha gustado de veras. Vamos a tomar un trago.” Los otros dos
hombres estaban algo más lejos, sonriendo amablemente, y Rice desistió de seguir a Eva.

El hombre alto abrió una puerta al final del primer pasillo y entraron en una sala pequeña
donde había sillones desvencijados, un armario, una botella de whisky ya empezada y
hermosísimos vasos de cristal tallado. “Lo ha hecho usted muy bien”, insistió el hombre
alto mientras se sentaban en torno a Rice. “Con un poco de hielo, ¿verdad? Desde luego,
cualquiera tendría la garganta seca.” El hombre de gris se adelantó a la negativa de Rice y
le alcanzó un vaso casi lleno. “El tercer acto es más difícil pero a la vez más entretenido
para Howell”, dijo el hombre alto. “Ya ha visto cómo se van descubriendo los juegos.”
Empezó a explicar la trama, ágilmente y sin vacilar. “En cierto modo usted ha complicado
las cosas”, dijo. “Nunca me imaginé que procedería tan pasivamente con su mujer; yo
hubiera reaccionado de otra manera.” “¿Cómo?”, preguntó secamente Rice. “Ah, querido
amigo, no es justo preguntar eso. Mi opinión podría alterar sus propias decisiones, puesto
que usted ha de tener ya un plan preconcebido. ¿o no?” Como Rice callaba, agregó: “Si le
digo eso es precisamente porque no se trata de tener planes preconcebidos. Estamos todos
demasiado satisfechos para arriesgarnos a malograr el resto”. Rice bebió un largo trago de
whisky. “Sin embargo, en el segundo acto usted me dijo que podía hacer lo que quisiera”,
observó. El hombre de gris se echó a reír, pero el hombre alto lo miró y el otro hizo un
rápido gesto de excusa. “Hay un margen para la aventura o el azar, como usted quiera”,
dijo el hombre alto. “A partir de ahora le ruego que se atenga a lo que voy a indicarle, se
entiende que dentro de la máxima libertad en los detalles.” Abriendo la mano derecha con
la palma hacia arriba, la miró fijamente mientras el índice de la otra mano iba a apoyarse
en ella una y otra vez. Entre dos tragos (le habían llenado otra vez el vaso) Rice escuchó las
instrucciones para John Howell. Sostenido por el alcohol y por algo que era como un lento
volver hacia sí mismo que lo iba llenando de una fría cólera, descubrió sin esfuerzo el
sentido de las instrucciones, la preparación de la trama que debía hacer crisis en el último
acto. “Espero que esté claro”, dijo el hombre alto, con un movimiento circular del dedo en
la palma de la mano. “Está muy claro”, dijo Rice levantándose, “pero además me gustaría
saber si en el cuarto acto...”. “Evitemos las confusiones, querido amigo”, dijo el hombre
alto. “En el próximo intervalo volveremos sobre el tema, pero ahora le sugiero que se
concentre exclusivamente en el tercer acto. Ah, el traje de calle, por favor.” Rice sintió que
el hombre mudo le desabotonaba la chaqueta; el hombre de gris había sacado del armario
un traje de tweed y unos guantes; mecánicamente Rice se cambió de ropa bajo las miradas
aprobadoras de los tres. El hombre alto había abierto la puerta y esperaba; a lo lejos se oía
la campanilla. “Esta maldita peluca me da calor”, pensó Rice acabando el whisky de un
solo trago. Casi en seguida se encontró entre nuevos bastidores, sin oponerse a la amable
presión de una mano en el codo. “Todavía no”, dijo el hombre alto, más atrás. “Recuerde
que hace fresco en el parque. Quizá, si se subiera el cuello de la chaqueta... Vamos, es su
entrada.” Desde un banco al borde del sendero Michael se adelantó hacia él, saludándolo
con una broma. Le tocaba responder pasivamente y discutir los méritos del otoño en
Regent’s Park, hasta la llegada de Eva y la dama de rojo que estarían dando de comer a los
cisnes. Por primera vez –y a él lo sorprendió casi tanto como a los demás– Rice cargó el
acento en una alusión que el público pareció apreciar y que obligó a Michael a ponerse a la
defensiva, forzándolo a emplear los recursos más visibles del oficio para encontrar una
salida; dándole bruscamente la espalda mientras encendía un cigarrillo, como si quisiera
protegerse del viento, Rice miró por encima de los anteojos y vio a los tres hombres entre
los bastidores, el brazo del hombre alto que le hacía un gesto conminatorio. Rió entre
dientes (debía estar un poco borracho y además se divertía, el brazo agitándose le hacía
una gracia extraordinaria) antes de volverse y apoyar una mano en el hombro de Michael.

“Se ven cosas regocijantes en los parques”, dijo Rice. “Realmente no entiendo que se pueda
perder el tiempo con cisnes o amantes cuando se está en un parque londinense.” El público
rió más que Michael, excesivamente interesado por la llegada de Eva y la dama de rojo. Sin
vacilar Rice siguió marchando contra la corriente, violando poco a poco las instrucciones
en una esgrima feroz y absurda contra los actores habilísimos que se esforzaban por
hacerlo volver a su papel y a veces lo conseguían, pero él se les escapaba de nuevo para
ayudar de alguna manera a Eva, sin saber bien por qué pero diciéndose (y le daba risa, y
debía ser el whisky) que todo lo que cambiara en ese momento alteraría inevitablemente el
último acto (No dejes que me maten). Y los otros se habían dado cuenta de su propósito
porque bastaba mirar por sobre los anteojos hacia los bastidores de la izquierda para ver
los gestos iracundos del hombre alto, fuera y dentro de la escena estaban luchando contra
él y Eva, se interponían para que no pudieran comunicarse, para que ella no alcanzara a
decirle nada, y ahora llegaba el caballero anciano seguido de un lúgubre chofer, había
como un momento de calma (Rice recordaba las instrucciones: una pausa, luego la
conversación sobre la compra de acciones, entonces la frase reveladora de la dama de rojo,
y telón), y en ese intervalo en que obligadamente Michael y la dama de rojo debían
apartarse para que el caballero hablara con Eva y Howell de la maniobra bursátil
(realmente no faltaba nada en esa pieza), el placer de estropear un poco más la acción llenó
a Rice de algo que se parecía a la felicidad. Con un gesto que dejaba bien claro el profundo
desprecio que le inspiraban las especulaciones arriesgadas, tomó del brazo a Eva, sorteó la
maniobra envolvente del enfurecido y sonriente caballero, y caminó con ella oyendo a sus
espaldas un muro de palabras ingeniosas que no le concernían, exclusivamente inventadas
para el público, y en cambio sí Eva, en cambio un aliento tibio apenas un segundo contra
su mejilla, el leve murmullo de su voz verdadera diciendo: “Quédate conmigo hasta el
final”, quebrado por un movimiento instintivo, el hábito que la hacía responder a la
interpelación de la dama de rojo, arrastrando a Howell para que recibiera en plena cara las
palabras reveladoras. Sin pausa, sin el mínimo hueco que hubiera necesitado para poder
cambiar el rumbo que esas palabras daban definitivamente a lo que habría de venir más
tarde, Rice vio caer el telón. “Imbécil”, dijo la dama de rojo. “Salga, Flora”, ordenó el
hombre alto, pegado a Rice que sonreía satisfecho. “Imbécil”, repitió la dama de rojo,
tomando del brazo a Eva que había agachado la cabeza y parecía como ausente. Un
empujón mostró el camino a Rice que se sentía perfectamente feliz. “Imbécil”, dijo a su vez
el hombre alto. El tirón en la cabeza fue casi brutal, pero Rice se quitó él mismo los anteojos
y los tendió al hombre alto. “El whisky no era malo”, dijo. “Si quiere darme las
instrucciones para el último acto...” Otro empellón estuvo a punto de tirarlo al suelo y
cuando consiguió enderezarse, con una ligera náusea, ya estaba andando a tropezones por
una galería mal iluminada; el hombre alto había desaparecido y los otros dos se
estrechaban contra él, obligándolo a avanzar con la mera presión de los cuerpos. Había una
puerta con una lamparilla naranja en lo alto. “Cámbiese”, dijo el hombre de gris
alcanzándole su traje. Casi sin darle tiempo de ponerse la chaqueta, abrieron la puerta de
un puntapié; el empujón lo sacó trastabillando a la acera, al frío de un callejón que olía a
basura. “Hijos de perra, me voy a pescar una pulmonía”, pensó Rice, metiendo las manos
en los bolsillos. Había luces en el extremo más alejado del callejón desde donde venía el
rumor del tráfico. En la primera esquina (no le habían quitado el dinero ni los papeles) Rice
reconoció la entrada del teatro. Como nada impedía que asistiera desde su butaca al último
acto, entró al calor del foyer, al humo y las charlas de la gente en el bar; le quedó tiempo
para beber otro whisky, pero se sentía incapaz de pensar en nada. Un poco antes de que se
alzara el telón alcanzó a preguntarse quién haría el papel de Howell en el último acto, y si
algún otro pobre infeliz estaría pasando por amabilidades y amenazas y anteojos; pero la
broma debía terminar cada noche de la misma manera porque en seguida reconoció al
actor del primer acto, que leía una carta en su estudio y la alcanzaba en silencio a una Eva
pálida y vestida de gris. “Es escandaloso”, comentó Rice volviéndose hacia el espectador
de la izquierda. “¿Cómo se tolera que cambien de actor en mitad de una pieza?” El
espectador suspiró, fatigado. “Ya no se sabe con estos autores jóvenes”, dijo. “Todo es
símbolo, supongo.” Rice se acomodó en la platea saboreando malignamente el murmullo
de los espectadores que no parecían aceptar tan pasivamente como su vecino los cambios
físicos de Howell; y sin embargo la ilusión teatral los dominó casi en seguida, el actor era
excelente y la acción se precipitaba de una manera que sorprendió incluso a Rice, perdido
en una agradable indiferencia. La carta era de Michael, que anunciaba su partida de
Inglaterra; Eva la leyó y la devolvió en silencio; se sentía que estaba llorando
contenidamente. Quédate conmigo hasta el final, había dicho Eva. No dejes que me maten, había
dicho absurdamente Eva. Desde la seguridad de la platea era inconcebible que pudiera
sucederle algo en ese escenario de pacotilla; todo había sido una continua estafa, una larga
hora de pelucas y de árboles pintados. Desde luego la infaltable dama de rojo invadía la
melancólica paz del estudio donde el perdón y quizá el amor de Howell se percibían en sus
silencios, en su manera casi distraída de romper la carta y echarla al fuego. Parecía
inevitable que la dama de rojo insinuara que la partida de Michael era una estratagema, y
también que Howell le diera a entender un desprecio que no impediría una cortés
invitación a tomar el té. A Rice lo divirtió vagamente la llegada del criado con la bandeja; el
té parecía uno de los recursos mayores del comediógrafo, sobre todo ahora que la dama de
rojo maniobraba en algún momento con una botellita de melodrama romántico mientras
las luces iban bajando de una manera por completo inexplicable en el estudio de un
abogado londinense. Hubo una llamada telefónica que Howell atendió con perfecta
compostura (era previsible la caída de las acciones o cualquier otra crisis necesaria para el
desenlace); las tazas pasaron de mano en mano con las sonrisas pertinentes, el buen tono
previo a las catástrofes. A Rice le pareció casi inconveniente el gesto de Howell en el
momento en que Eva acercaba los labios a la taza, su brusco movimiento y el té
derramándose sobre el vestido gris. Eva estaba inmóvil, casi ridícula; en esa detención
instantánea de las actitudes (Rice se había enderezado sin saber por qué, y alguien chistaba
impaciente a sus espaldas), la exclamación escandalizada de la dama de rojo se superpuso
al leve chasquido, a la mano de Howell que se alzaba para anunciar algo, a Eva que torcía
la cabeza mirando al público como si no quisiera creer y después se deslizaba de lado hasta
quedar casi tendida en el sofá, en una lenta reanudación del movimiento que Howell
pareció recibir y continuar con su brusca carrera hacia los bastidores de la derecha, su fuga
que Rice no vio porque él corría ya el pasillo central sin que ningún otro espectador se
hubiera movido todavía. Bajando a saltos la escalera, tuvo el tino de entregar su talón en el
guardarropa y recobrar el abrigo; cuando llegaba a la puerta oyó los primeros rumores del
final de la pieza, aplausos y voces en la sala; alguien del teatro corría escaleras arriba.

Huyó hacia Kean Street y al pasar junto al callejón lateral le pareció ver un bulto que
avanzaba pegado a la pared; la puerta por donde lo habían expulsado estaba entornada,
pero Rice no había terminado de registrar esas imágenes cuando ya corría por la calle
iluminada y en vez de alejarse de la zona del teatro bajaba otra vez por Kingsway,
previendo que a nadie se le ocurriría buscarlo cerca del teatro. Entró en el Strand (se había
subido el cuello del abrigo y andaba rápidamente, con las manos en los bolsillos) hasta
perderse con un alivio que él mismo no se explicaba en la vaga región de callejuelas
internas que nacían en Chancery Lane. Apoyándose contra una pared (jadeaba un poco y
sentía que el sudor le pegaba la camisa a la piel) encendió un cigarrillo, y por primera vez
se preguntó explícitamente, empleando todas las palabras necesarias, por qué estaba
huyendo. Los pasos que se acercaban se interpusieron entre él y la respuesta que buscaba;
mientras corría pensó que si lograba cruzar el río (ya estaba cerca del puente de
Blackfriars) se sentiría a salvo. Se refugió en un portal, lejos del farol que alumbraba la
salida hacia Watergate. Algo le quemó la boca; se arrancó de un tirón la colilla que había
olvidado, y sintió que le desgarraba los labios. En el silencio que lo envolvía trató de
repetirse las preguntas no contestadas, pero irónicamente se le interponía la idea de que
sólo estaría a salvo si alcanzaba a cruzar el río. Era ilógico, los pasos también podrían
seguirlo por el puente, por cualquier callejuela de la otra orilla; y sin embargo eligió el
puente, corrió a favor de un viento que lo ayudó a dejar atrás el río y perderse en un
laberinto que no conocía hasta llegar a una zona mal alumbrada; el tercer alto de la noche
en un profundo y angosto callejón sin salida lo puso por fin frente a la única pregunta
importante, y Rice comprendió que era incapaz de encontrar la respuesta. No dejes que me
maten, había dicho Eva, y él había hecho lo posible, torpe y miserablemente, pero lo mismo
la habían matado, por lo menos en la pieza la habían matado y él tenía que huir porque no
podía ser que la pieza terminara así, que la taza de té se volcara inofensivamente sobre el
vestido de Eva y sin embargo Eva resbalara hasta quedar tendida en el sofá; había ocurrido
otra cosa sin que él estuviera allí para impedirlo, quédate conmigo hasta el final, le había
suplicado Eva, pero lo habían echado del teatro, lo habían apartado de eso que tenía que
suceder y que él, estúpidamente instalado en su platea, había contemplado sin comprender
o comprendiéndolo desde otra región de sí mismo donde había miedo y fuga y ahora,
pegajoso como el sudor que le corría por el vientre, el asco de sí mismo. “Pero yo no tengo
nada que ver”, pensó. “Y no ha ocurrido nada; no es posible que cosas así ocurran.” Se lo
repitió aplicadamente: no podía ser que hubieran venido a buscarlo, a proponerle esa
insensatez, a amenazarlo amablemente; los pasos que se acercaban tenían que ser los de
cualquier vagabundo, unos pasos sin huellas. El hombre pelirrojo que se detuvo junto a él
casi sin mirarlo, y que se quitó los anteojos con un gesto convulsivo para volver a
ponérselos después de frotarlos contra la solapa de la chaqueta, era sencillamente alguien
que se parecía a Howell y había volcado la taza de té sobre el vestido de Eva. “Tire esa
peluca”, dijo Rice, “lo reconocerán en cualquier parte”. “No es una peluca”, dijo Howell (se
llamaría Smith o Rogers, ya ni recordaba el nombre en el programa). “Qué tonto soy”, dijo
Rice. Era de imaginar que habían tenido preparada una copia exacta de los cabellos de
Howell, así como los anteojos habían sido una réplica de los de Howell. “Usted hizo lo que
pudo”, dijo Rice, “yo estaba en la platea y lo vi; todo el mundo podrá declarar a su favor”.
Howell temblaba, apoyado en la pared. “No es eso”, dijo. “Qué importa, si lo mismo se
salieron con la suya.” Rice agachó la cabeza; un cansancio invencible lo agobiaba. “Yo
también traté de salvarla”, dijo, “pero no me dejaron seguir”, Howell lo miró
rencorosamente. “Siempre ocurre lo mismo”, dijo hablándose a sí mismo. “Es típico de los
aficionados, creen que pueden hacerlo mejor que los otros, y al final no sirve de nada.” Se
subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos. Rice hubiera querido
preguntarle: “¿Por qué ocurre siempre lo mismo? Y si es así, ¿por qué estamos huyendo?”.
El silbato pareció engolfarse en el callejón, buscándolos. Corrieron largo rato a la par, hasta
detenerse en algún rincón que olía a petróleo, a río estancado. Detrás de una pila de fardos
descansaron un momento; Howell jadeaba como un perro y a Rice se le acalambraba una
pantorrilla. Se la frotó, apoyándose en los fardos, manteniéndose con dificultad sobre un
solo pie. “Pero quizá no sea tan grave”, murmuró. “Usted dijo que siempre ocurría lo
mismo.” Howell le puso una mano en la boca; se oían alternadamente dos silbatos. “Cada
uno por su lado”, dijo Howell. “Tal vez uno de los dos pueda escapar.” Rice comprendió
que tenía razón pero hubiera querido que Howell le contestara primero. Lo tomó de un
brazo, atrayéndolo con toda su fuerza. “No me deje ir así”, suplicó. “No puedo seguir
huyendo siempre, sin saber.” Sintió el olor alquitranado de los fardos, su mano como
hueca en el aire. Unos pasos corrían alejándose; Rice se agachó, tomando impulso, y partió
en la dirección contraria. A la luz de un farol vio un nombre cualquier: Rose Alley. Más
allá estaba el río, algún puente. No faltaban puentes ni calles por donde correr.

TODOS LOS FUEGOS EL FUEGO

Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo,
lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas
de circo y de calor no han fatigado. Es el momento de la sorpresa prometida; el procónsul
baja el brazo, mira a su mujer que le devuelve la sonrisa inexpresiva de las fiestas. Irene no
sabe lo que va a seguir y a la vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en
costumbre cuando se ha aprendido a soportar, con la indiferencia que detesta el procónsul,
los caprichos del amo. Sin volverse siquiera hacia la arena prevé una suerte ya echada, una
sucesión cruel y monótona. Licas el viñatero y su mujer Urania son los primeros en gritar
un nombre que la muchedumbre recoge y repite. “Te reservaba esta sorpresa”, dice el
procónsul. “Me han asegurado que aprecias el estilo de ese gladiador.” Centinela de su
sonrisa, Irene inclina la cabeza para agradecer. “Puesto que nos haces el honor de
acompañarnos aunque te hastían los juegos”, agrega el procónsul, “es justo que procure
ofrecerte lo que más te agrada”. “¡Eres la sal del mundo!”, grita Licas. “¡Haces bajar la
sombra misma de Marte a nuestra pobre arena de provincia!” “No has visto más que la
mitad”, dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndola a su
mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el olor espeso y
persistente de la sangre y el estiércol. En un brusco silencio de expectativa que lo recorta
con una precisión implacable, Marco avanza hacia el centro de la arena; su corta espada
brilla al sol, allí donde el viejo velario deja pasar un rayo oblicuo, y el escudo de bronce
cuelga negligente de la mano izquierda. “¿No irás a enfrentarlo con el vencedor de
Smirnio?”, pregunta excitadamente Licas. “Mejor que eso”, dice el procónsul. “Quisiera
que tu provincia me recuerde por estos juegos, y que mi mujer deje por una vez de
aburrirse.” Urania y Licas aplauden esperando la respuesta de Irene, pero ella devuelve en
silencio la copa al esclavo, ajena al clamoreo que saluda la llegada del segundo gladiador.
Inmóvil, Marco parece también indiferente a la ovación que recibe su adversario; con la
punta de la espada toca ligeramente sus grebas doradas.

“Hola”, dice Roland Renoir, eligiendo un cigarrillo como una continuación ineludible
del gesto de descolgar el receptor. En la línea hay una crepitación de comunicaciones
mezcladas, alguien que dicta cifras, de golpe un silencio todavía más oscuro en esa
oscuridad que el teléfono vuelca en el ojo del oído. “Hola”, repite Roland, apoyando el
cigarrillo en el borde del cenicero y buscando los fósforos en el bolsillo de la bata. “Soy
yo”, dice la voz de Jeanne. Roland entorna los ojos, fatigado, y se estira en una posición
más cómoda. “Soy yo”, repite inútilmente Jeanne. Como Roland no contesta, agrega:
“Sonia acaba de irse”.

Su obligación es mirar el palco imperial, hacer el saludo de siempre. Sabe que debe
hacerlo y que verá a la mujer del procónsul y al procónsul, y que quizá la mujer le sonreirá
como en los últimos juegos. No necesita pensar, no sabe casi pensar, pero el instinto le dice
que esa arena es mala, el enorme ojo de bronce donde los rastrillos y las hojas de palma
han dibujado sus curvos senderos ensombrecidos por algún rastro de las luchas
precedentes. Esa noche ha soñado con un pez, ha soñado en un camino solitario entre
columnas rotas; mientras se armaba, alguien ha murmurado que el procónsul no le pagará
con monedas de oro. Marco no se ha molestado en preguntar, y el otro se ha echado a reír
malvadamente antes de alejarse sin darle la espalda; un tercero, después, le ha dicho que es
un hermano del gladiador muerto por él en Massilia, pero ya lo empujaban hacia la galería,
hacia los clamores de fuera. El calor es insoportable, le pesa el yelmo que devuelve los
rayos del sol contra el velario y las gradas. Una vez, columnas rotas; sueños sin un sentido
claro, con pozos de olvido en los momentos en que hubiera podido entender. Y el que lo
armaba ha dicho que el procónsul no le pagará con monedas de oro; quizá la mujer del
procónsul no le sonría esta tarde. Los clamores le dejan indiferente porque ahora están
aplaudiendo al otro, lo aplauden menos que a él un momento antes, pero entre los
aplausos se filtran gritos de asombro, y Marco levanta la cabeza, mira hacia el palco donde
Irene se ha vuelto para hablar con Urania, donde el procónsul negligentemente hace una
seña, y todo su cuerpo se contrae y su mano se aprieta en el puño de la espada. Le ha
bastado volver los ojos hacia la galería opuesta; no es por allí que asoma su rival, se han
alzado crujiendo las rejas del oscuro pasaje por donde se hace salir a las fieras, y Marco ve
dibujarse la gigantesca silueta del reciario nubio, hasta entonces visible contra el fondo de
piedra mohosa; ahora sí, más acá de toda razón, sabe que el procónsul no le pagará con
monedas de oro, adivina el sentido del pez y las columnas rotas. Y a la vez poco le importa
lo que va a suceder entre el reciario y él, eso es el oficio y los hados, pero su cuerpo sigue
contraído como si tuviera miedo, algo en su carne se pregunta por qué el reciario ha salido
por la galería de las fieras, y también se lo pregunta entre ovaciones el público, y Licas lo
pregunta al procónsul que sonríe para apoyar sin palabras la sorpresa, y Licas protesta
riendo y se cree obligado a apostar a favor de Marco; antes de oír las palabras que
seguirán, Irene sabe que el procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después
la mirará amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino y
comentará con Urania la estatura y la ferocidad del reciario nubio; cada movimiento está
previsto aunque se lo ignore en sí mismo, aunque puedan faltar la copa de vino o el gesto
de la boca de Urania mientras admira el torso del gigante. Entonces Licas, experto en
incontables fastos de circo, les hará notar que el yelmo del nubio ha rozado las púas de la
reja de las fieras, alzadas a dos metros del suelo, y alabará la soltura con que ordena sobre
el brazo izquierdo las escamas de la red. Como siempre, como desde una ya lejana noche
nupcial, Irene se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera condesciende
y sonríe y hasta goza; en esa profundidad libre y estéril siente el signo de muerte que el
procónsul ha disimulado en una alegre sorpresa pública, el signo que sólo ella y quizá
Marco pueden comprender, pero Marco no comprenderá, torvo y silencioso y máquina, y
su cuerpo que ella ha deseado en otra tarde de circo (y eso lo ha adivinado el procónsul,
sin necesidad de sus magos lo ha adivinado como siempre, desde el primer instante) va a
pagar el precio de la mera imaginación, de una doble mirada inútil sobre el cadáver de un
tracio diestramente muerto de un tajo en la garganta.

Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas
de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el
sofá. Después la voz de Roland ha dicho: “Hola”, su voz un poco adormilada, y
bruscamente Jeanne ha tenido una sensación de ridículo, de que va a decirle a Roland eso
que exactamente la incorporará a la galería de las plañideras telefónicas con el único,
irónico espectador fumando en un silencio condescendiente. “Soy yo”, dice Jeanne, pero se
lo ha dicho más a ella misma que a ese silencio opuesto en el que bailan, como en un telón
de fondo, algunas chispas de sonido. Mira su mano que ha acariciado distraídamente al
gato antes de marcar las cifras (¿y no se oyen otras cifras en el teléfono, no hay una voz
distante que dicta números a alguien que no habla, que sólo está allí para copiar
obediente?), negándose a creer que la mano que ha alzado y vuelto a dejar el tubo de
pastillas es su mano, que la voz que acaba de repetir: “Soy yo”, es su voz, al borde del
límite. Por dignidad, callar, lentamente devolver el receptor a su horquilla, quedarse
limpiamente sola. “Sonia acaba de irse”, dice Jeanne, y el límite está franqueado, el ridículo
empieza, el pequeño infierno confortable.

“Ah”, dice Roland, frotando un fósforo. Jeanne oye distintamente el frote, es como si
viera el rostro de Roland mientras aspira el humo, echándose un poco atrás con los ojos
entornados. Un río de escamas brillantes parece saltar de las manos del gigante negro y
Marco tiene el tiempo preciso para hurtar el cuerpo a la red. Otras veces –el procónsul lo
sabe, y vuelve la cabeza para que solamente Irene lo vea sonreír– ha aprovechado de ese
mínimo instante que es el punto débil de todo reciario para bloquear con el escudo la
amenaza del largo tridente y tirarse a fondo, con un movimiento fulgurante, hacia el pecho
descubierto. Pero Marco se mantiene fuera de distancia, encorvadas las piernas como a
punto de saltar, mientras el nubio recoge velozmente la red y prepara el nuevo ataque.
“Está perdido”, piensa Irene sin mirar al procónsul que elige unos dulces de la bandeja que
le ofrece Urania. “No es el que era”, piensa Licas lamentando su apuesta. Marco se ha
encorvado un poco, siguiendo el movimiento giratorio del nubio; es el único que aún no
sabe lo que todos presienten, es apenas algo que agazapado espera otra ocasión, con el
vago desconcierto de no haber hecho lo que la ciencia le mandaba. Necesitaría más tiempo,
las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el
procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro. Hosco, espera otro momento propicio;
acaso al final, con un pie sobre el cadáver del reciario, pueda encontrar otra vez la sonrisa
de la mujer del procónsul; pero eso no lo está pensando él, y quien lo piensa no cree ya que
el pie de Marco se hinque en el pecho de un nubio degollado.

“Decídete”, dice Roland, “a menos que quieras tenerme toda la tarde escuchando a
ese tipo que le dicta números a no sé quién. ¿Lo oyes?”. “Sí”, dice Jeanne, “se lo oye como
desde muy lejos. Trescientos cincuenta y cuatro, doscientos cuarenta y dos”. Por un
momento no hay más que la voz distante y monótona. “En todo caso”, dice Roland, “está
utilizando el teléfono para algo práctico”. La respuesta podría ser la previsible, la primera
queja, pero Jeanne calla todavía unos segundos y repite: “Sonia acaba de irse”. Vacila antes
de agregar: “Probablemente estará llegando a tu casa”. A Roland le sorprendería eso, Sonia
no tenía por qué ir a su casa. “No mientas”, dice Jeanne, y el gato huye de su mano, la mira
ofendido. “No era una mentira”, dice Roland. “Me refería a la hora, no al hecho de venir o
no venir. Sonia sabe que me molestan las visitas y las llamadas a esta hora.” Ochocientos
cinco, dicta desde lejos la voz. Cuatrocientos dieciséis. Treinta y dos. Jeanne ha cerrado los
ojos, esperando la primera pausa en esa voz anónima para decir lo único que queda por
decir. Si Roland corta la comunicación le restará todavía esa voz en el fondo de la línea,
podrá conservar el receptor en el oído, resbalando más y más en el sofá, acariciando al gato
que ha vuelto a tenderse contra ella, jugando con el tubo de pastillas, escuchando las cifras
hasta que también la otra voz se canse y ya no quede nada, absolutamente nada como no
sea el receptor que empezará a pesar espantosamente entre sus dedos, una cosa muerta
que habrá que rechazar sin mirarla. Ciento cuarenta y cinco, dice la voz. Y todavía más
lejos, como un diminuto dibujo a lápiz, alguien que podría ser una mujer tímida pregunta
entre dos chasquidos: “¿La estación del Norte?”.

Por segunda vez alcanza a zafarse de la red, pero ha medido mal el salto hacia atrás y
resbala en una mancha húmeda de la arena. Con un esfuerzo que levanta en vilo al
público, Marco rechaza la red con un molinete de la espada mientras tiende el brazo
izquierdo y recibe en el escudo el golpe resonante del tridente. El procónsul desdeña los
excitados comentarios de Licas y vuelve la cabeza hacia Irene que no se ha movido. “Ahora
o nunca”, dice el procónsul. “Nunca”, contesta Irene. “No es el que era”, repite Licas, “y le
va a costar caro, el nubio no le dará otra oportunidad, basta mirarlo”. A distancia, casi
inmóvil, Marco parece haberse dado cuenta del error; con el escudo en alto mira fijamente
la red ya recogida, el tridente que oscila hipnóticamente a dos metros de sus ojos. “Tienes
razón, no es el mismo”, dice el procónsul. “¿Habías apostado por él, Irene?” Agazapado,
pronto a saltar, Marco siente en la piel, en lo hondo del estómago, que la muchedumbre lo
abandona. Si tuviera un momento de calma podría romper el nudo que lo paraliza, la
cadena invisible que empieza muy atrás pero sin que él pueda saber dónde, y que en algún
momento es la solicitud del procónsul, la promesa de una paga extraordinaria y también
un sueño donde hay un pez y sentirse ahora, cuando ya no hay tiempo para nada, la
imagen misma del sueño frente a la red que baila ante los ojos y parece atrapar cada rayo
de sol que se filtra por las desgarraduras del velario. Todo es cadena, trampa;
enderezándose con una violencia amenazante que el público aplaude mientras el reciario
retrocede un paso por primera vez, Marco elige el único camino, la confusión y el sudor y
el olor a sangre, la muerte frente a él que hay que aplastar; alguien lo piensa por él detrás
de la máscara sonriente, alguien que lo ha deseado por sobre el cuerpo de un tracio
agonizante. “El veneno”, se dice Irene, “alguna vez encontraré el veneno, pero ahora
acéptale la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora”. La pausa parece prolongarse
como se prolonga la insidiosa galería negra donde vuelve intermitente la voz lejana que
repite cifras. Jeanne ha creído siempre que los mensajes que verdaderamente cuentan están
en algún momento más acá de toda palabra; quizá esas cifras digan más, sean más que
cualquier discurso para el que las está escuchando atentamente, como para ella el perfume
de Sonia, el roce de la palma de su mano en el hombro antes de marcharse han sido tanto
más que las palabras de Sonia. Pero era natural que Sonia no se conformara con un
mensaje cifrado, que quisiera decirlo con todas las letras, saboreándolo hasta lo último.
“Comprendo que para ti será muy duro”, ha repetido Sonia, “pero detesto el disimulo y
prefiero decirte la verdad”. Quinientos cuarenta y seis, seiscientos sesenta y dos,
doscientos ochenta y nueve. “No me importa si va a tu casa o no”, dice Jeanne, “ahora ya
no me importa nada”. En vez de otra cifra hay un largo silencio. “¿Estás ahí?”, pregunta
Jeanne. “Sí”, dice Roland dejando la colilla en el cenicero y buscando sin apuro el frasco de
coñac. “Lo que no puedo entender...”, empieza Jeanne. “Por favor”, dice Roland, “en estos
casos nadie entiende gran cosa, querida, y además no se gana nada con entender. Lamento
que Sonia se haya precipitado, no era a ella a quien le tocaba decírtelo. Maldita sea, ¿no va
a terminar nunca con esos números?”. La voz menuda, que hace pensar en un organizado
mundo de hormigas, continúa su dictado minucioso por debajo de un silencio más cercano
y más espeso. “Pero tú”, dice absurdamente Jeanne, “entonces, tú...”.

Roland bebe un trago de coñac. Siempre le ha gustado escoger sus palabras, evitar los
diálogos superfluos. Jeanne repetirá dos, tres veces cada frase, acentuándolas de una
manera diferente; que hable, que repita mientras él prepara el mínimo de respuestas
sensatas que pongan orden en ese arrebato lamentable. Respirando con fuerza se endereza
después de una finta y un avance lateral; algo le dice que esta vez el nubio va a cambiar el
orden del ataque, que el tridente se adelantará al tiro de la red. “Fíjate bien”, explica Licas a
su mujer, “se lo he visto hacer en Apta Iulia, siempre los desconcierta”. Mal defendido,
desafiando el riesgo de entrar en el campo de la red, Marco se tira hacia adelante y sólo
entonces alza el escudo para protegerse del río brillante que escapa como un rayo de la
mano del nubio. Ataja el borde de la red pero el tridente golpea hacia abajo y la sangre
salta del muslo de Marco, mientras la espada demasiado corta resuena inútilmente contra
el asta. “Te lo había dicho”, grita Licas. El procónsul mira atentamente el muslo lacerado,
la sangre que se pierde en la greba dorada; piensa casi con lástima que a Irene le hubiera
gustado acariciar ese muslo, buscar su presión y su calor, gimiendo como sabe gemir
cuando él la estrecha para hacerle daño. Se lo dirá esa misma noche y será interesante
estudiar el rostro de Irene buscando el punto débil de su máscara perfecta, que fingirá
indiferencia hasta el final como ahora finge un interés civil en la lucha que hace aullar de
entusiasmo a una plebe bruscamente excitada por la inminencia del fin. “La suerte lo ha
abandonado”, dice el procónsul a Irene. “Casi me siento culpable de haberlo traído a esta
arena de provincia; algo de él se ha quedado en Roma, bien se ve.” “Y el resto se quedará
aquí, con el dinero que le aposté”, ríe Licas. “Por favor, no te pongas así”, dice Roland, “es
absurdo seguir hablando por teléfono cuando podemos vernos esta misma noche. Te lo
repito, Sonia se ha precipitado, yo quería evitarte ese golpe”. La hormiga ha cesado de
dictar sus números y las palabras de Jeanne se escuchan distintamente; no hay lágrimas en
su voz y eso sorprende a Roland, que ha preparado sus frases previendo una avalancha de
reproches. “¿Evitarme el golpe?”, dice Jeanne. “Mintiendo, claro, engañándome una vez
más.” Roland suspira, desecha las respuestas que podrían alargar hasta el bostezo un
diálogo tedioso. “Lo siento, pero si sigues así prefiero cortar”, dice, y por primera vez hay
un tono de afabilidad en su voz. “Mejor será que vaya a verte mañana, al fin y al cabo
somos gente civilizada, qué diablos.” Desde muy lejos la hormiga dicta: ochocientos
ochenta y ocho. “No vengas”, dice Jeanne, y es divertido oír las palabras mezclándose con
las cifras, no ochocientos vengas ochenta y ocho, “no vengas nunca más, Roland”. El
drama, las probables amenazas de suicidio, el aburrimiento como cuando Marie José, como
cuando todas las que lo toman a lo trágico. “No seas tonta”, aconseja Roland, “mañana
comprenderás mejor, es preferible para los dos”. Jeanne calla, la hormiga dicta cifras
redondas: cien, cuatrocientos, mil. “Bueno, hasta mañana”, dice Roland admirando el
vestido de calle de Sonia, que acaba de abrir la puerta y se ha detenido con un aire entre
interrogativo y burlón. “No perdió tiempo en llamarte”, dice Sonia dejando el bolso y una
revista. “Hasta mañana, Jeanne”, repite Roland. El silencio en la línea parece tenderse
como un arco, hasta que lo corta secamente una cifra distante, novecientos cuatro. “¡Basta
de dictar esos números idiotas!”, grita Roland con todas sus fuerzas, y antes de alejar el
receptor del oído alcanza a escuchar el click en el otro extremo, el arco que suelta su flecha
inofensiva. Paralizado, sabiéndose incapaz de evitar la red que no tardará en envolverlo,
Marco hace frente al gigante nubio, la espada demasiado corta inmóvil en el extremo del
brazo tendido. El nubio afloja la red una, dos veces, la recoge buscando la posición más
favorable, la hace girar todavía como si quisiera prolongar loa alaridos del público que lo
incita a acabar con su rival, y baja el tridente mientras se echa de lado para dar más
impulso al tiro. Marco va al encuentro de la red con el escudo en alto, y es una torre que se
desmorona contra una masa negra, la espada se hunde en algo que más arriba aúlla; la
arena le entra en la boca y en los ojos, la red cae inútilmente sobre el pez que se ahoga.
Acepta indiferente las caricias, incapaz de sentir que la mano de Jeanne tiembla un
poco y empieza a enfriarse. Cuando los dedos resbalan por su piel y se detienen
hincándose en una crispación instantánea, el gato se queja petulante; después se tumba de
espaldas y mueve las patas en la actitud de expectativa que hace reír siempre a Jeanne,
pero ahora no, su mano sigue inmóvil junto al gato y apenas si un dedo busca todavía el
calor de su piel, la recorre brevemente antes de detenerse otra vez entre el flanco tibio y el
tubo de pastillas que ha rodado hasta ahí. Alcanzado en pleno estómago el nubio aúlla,
echándose hacia atrás, y en ese último instante en que el dolor es como una llama de odio,
toda la fuerza que huye de su cuerpo se agolpa en el brazo para hundir el tridente en la
espalda de su rival boca abajo. Cae sobre el cuerpo de Marco, y las convulsiones lo hacen
rodar de lado; Marco mueve lentamente un brazo, clavado en la arena como un enorme
insecto brillante.

“No es frecuente”, dice el procónsul volviéndose hacia Irene, “que dos gladiadores de
ese mérito se maten mutuamente. Podemos felicitarnos de haber visto un raro espectáculo.
Esta noche se lo escribiré a mi hermano para consolarlo de su tedioso matrimonio”.
Irene ve moverse el brazo de Marco, un lento movimiento inútil como si quisiera
arrancarse el tridente hundido en los riñones. Imagina al procónsul desnudo en la arena,
con el mismo tridente clavado hasta el asta. Pero el procónsul no movería el brazo con esa
dignidad última; chillaría pataleando como una liebre, pediría perdón a un público
indignado. Aceptando la mano que le tiende su marido para ayudarla a levantarse, asiente
una vez más; el brazo ha dejado de moverse, lo único que queda por hacer es sonreír,
refugiarse en la inteligencia. Al gato no parece gustarle la inmovilidad de Jeanne, sigue
tumbado de espaldas esperando una caricia; después, como si le molestara ese dedo contra
la piel del flanco, maúlla destempladamente y da media vuelta para alejarse, ya olvidado y
soñoliento.

“Perdóname por venir a esta hora”, dice Sonia. “Vi tu auto en la puerta, era
demasiada tentación. Te llamó, ¿verdad?” Roland busca un cigarrillo. “Hiciste mal”, dice.
“Se supone que esa tarea les toca a los hombres, al fin y al cabo he estado más de dos años
con Jeanne y es una buena muchacha.” “Ah, pero el placer”, dice Sonia sirviéndose coñac.
“Nunca le he podido perdonar que fuera tan inocente, no hay nada que me exaspere más.

Si te digo que empezó por reírse, convencida de que le estaba haciendo una broma.”
Roland mira el teléfono, piensa en la hormiga. Ahora Jeanne llamará otra vez, y será
incómodo porque Sonia se ha sentado junto a él y le acaricia el pelo mientras hojea una
revista literaria como si buscara ilustraciones. “Hiciste mal”, repite Roland atrayendo a
Sonia. “¿En venir a esta hora?”, ríe Sonia cediendo a las manos que buscan torpemente el
primer cierre. El velo morado cubre los hombros de Irene que da la espalda al público, a la
espera de que el procónsul salude por última vez. En las ovaciones se mezcla ya un rumor
de multitud en movimiento, la carrera precipitada de los que buscan adelantarse a la salida
y ganar las galerías inferiores. Irene sabe que los esclavos estarán arrastrando los
cadáveres, y no se vuelve; le agrada pensar que el procónsul ha aceptado la invitación de
Licas a cenar en su villa a orillas del lago, donde el aire de la noche la ayudará a olvidar el
olor a la plebe, los últimos gritos, un brazo moviéndose lentamente como si acariciara la
tierra. No le es difícil olvidar, aunque el procónsul la hostigue con la minuciosa evocación
de tanto pasado que lo inquieta; un día Irene encontrará la manera de que también él
olvide para siempre, y que la gente lo crea simplemente muerto. “Verás lo que ha
inventado nuestro cocinero”, está diciendo la mujer de Licas. “Le ha devuelto el apetito a
mi marido, y de noche...” Licas ríe y saluda a sus amigos, esperando que el procónsul abra
la marcha hacia la galería después de un último saludo que se hace esperar como si lo
complaciera seguir mirando la arena donde enganchan y arrastran los cadáveres. “Soy tan
feliz”, dice Sonia apoyando la mejilla en el pecho de Roland adormilado. “No lo digas”,
murmura Roland, “uno siempre piensa que es una amabilidad”. “¿No me crees?”, ríe
Sonia. “Sí, pero no lo digas ahora. Fumemos.” Tantea en la mesa baja hasta encontrar
cigarrillos, pone uno en los labios de Sonia, acerca el suyo, los enciende al mismo tiempo.
Se miran apenas, soñolientos, y Roland agita el fósforo y lo posa en la mesa donde en
alguna parte hay un cenicero. Sonia es la primera en adormecerse y él le quita muy
despacio el cigarrillo de la boca, lo junta con el suyo y los abandona en la mesa, resbalando
contra Sonia en un sueño pesado y sin imágenes. El pañuelo de gasa arde sin llama al
borde del cenicero, chamuscándose lentamente, cae sobre la alfombra junto al montón de
ropas y una copa de coñac. Parte del público vocifera y se amontona en las gradas
inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña a su guardia para que le
abran paso. Licas, el primero en comprender, le muestra el lienzo más distante del viejo
velario que empieza a desgarrarse mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que
busca confusamente las salidas. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre
de espaldas e inmóvil. “Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja”, grita Licas
precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el
incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae sobre las espaldas de los que
pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías
demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas,
pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las
llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la
galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola
con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice, “están amontonados ahí abajo
como animales”. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del abrazo ardiente que la
envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente
quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente,
cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. “Es en
el décimo piso”, dice el teniente. “Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos.”

EL OTRO CIELO
Ces yeux ne t’appartiennent pas... où les as-tu pris?
..................., IV, 5.

Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando
sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una
estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía. Y por eso, si echarse
a caminar una y otra vez por la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y
un trabajo, hay ratos en que vuelvo a decirme que ya sería tiempo de retornar a mi barrio
preferido, olvidarme de mis ocupaciones (soy corredor de bolsa) y con un poco de suerte
encontrar a Josiane y quedarme con ella hasta la mañana siguiente.

Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época
en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el
hombro cualquier rincón del aire. En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del
ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo
terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han
sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Güemes, territorio
ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia
el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se
mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las
ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo
donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las Josiane de aquellos días debían
mirarme con un gesto entre maternal y divertido, yo con unos miserables centavos en el
bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los
bolsillos, fumando un Commander precisamente porque mi padrastro me había profetizado
que acabaría ciego por culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores y sonidos, algo
como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con
mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso
cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día
y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa indiferencia a las puertas del pasaje donde
empezaba el último misterio, los vagos ascensores que llevarían a los consultorios de
enfermedades venéreas y también a los presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de
la vida y amorales, como les llamaban en los diarios, con bebidas preferentemente verdes
en copas biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos tendrían el
mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes y que chisporroteaban sobre
la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable de frascos y cajas de cristal y cisnes rosa y
polvos rachel y cepillos con mangos transparentes.

Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el
recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua fascinación perdura siempre, y
por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento
entraría en la zona de las galerías cubiertas, donde cualquier sórdida botica polvorienta me
atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las calles abiertas. La Galerie
Vivienne, por ejemplo, o el Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas
que rematan en una librería de viejo o una inexplicable agencia de viajes donde quizá
nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más
próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos para
ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignominia diurna de la rue
Réaumur y de la Bolsa (yo trabajo en la Bolsa), cuánto de ese barrio ha sido mío desde
siempre, desde mucho antes de sospecharlo ya era mío cuando apostado en un rincón del
Pasaje Güemes, contando mis pocas monedas de estudiante, debatía el problema de
gastarlas en un bar automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en
su bolsa de papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y en el fondo del
bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito del preservativo comprado con
falsa desenvoltura en una farmacia atendida solamente por hombres, y que no tendría la
menor oportunidad de utilizar con tan poco dinero y tanta infancia en la cara.

Mi novia, Irma, encuentra inexplicable que me guste vagar de noche por el centro o
por los barrios del sur, y si supiera de mi predilección por el Pasaje Güemes no dejaría de
escandalizarse. Para ella, como para mi madre, no hay mejor actividad social que el sofá de
la sala donde ocurre eso que llaman la conversación, el café y el anisado. Irma es la más
buena y generosa de las mujeres, jamás se me ocurriría hablarle de lo que verdaderamente
cuenta para mí, y en esa forma llegaré alguna vez a ser un buen marido y un padre cuyos
hijos serán de paso los tan anhelados nietos de mi madre. Supongo que por cosas así acabé
conociendo a Josiane, pero no solamente por eso ya que podría habérmela encontrado en el
bulevar Poisonière o en la rue Notre-Dame-des-Victoires, y en cambio nos miramos por
primera vez en lo más hondo de la Galerie Vivienne, bajo las figuras de yeso que el pico de
gas llenaba de temblores (las guirnaldas iban y venían entre los dedos de las Musas
polvorientas), y no tardé en saber que Josiane trabajaba en ese barrio y que no costaba
mucho dar con ella si se era familiar de los cafés o amigo de los cocheros. Pudo ser
coincidencia, pero haberla conocido allí, mientras llovía en el otro mundo, el del cielo alto y
sin guirnaldas de la calle, me pareció un signo que iba más allá del encuentro trivial con
cualquiera de las prostitutas del barrio. Después supe que en esos días Josiane no se alejaba
de la galería porque era la época en que no se hablaba más que de los crímenes de Laurent
y la pobre vivía aterrada. Algo de este terror se transformaba en gracia, en gestos casi
esquivos, en puro deseo. Recuerdo su manera de mirarme entre codiciosa y desconfiada,
sus preguntas que fingían indiferencia, mi casi incrédulo encanto al enterarme de que vivía
en los altos de la galería, mi insistencia en subir a su bohardilla en vez de ir al hotel de la
rue du Sentier (donde ella tenía amigos y se sentía protegida). Y su confianza más tarde,
cómo nos reímos esa noche a la sola idea de que yo pudiera ser Laurent, y qué bonita y
dulce era Josiane en su bohardilla de novela barata, con el miedo al estrangulador
rondando por París y esa manera de apretarse más y más contra mí mientras pasábamos
revista a los asesinatos de Laurent.

Mi madre sabe siempre si he dormido en casa, y aunque naturalmente no dice nada
puesto que sería absurdo que lo dijera, durante uno o dos días me mira entre ofendida y
temerosa. Sé muy bien que jamás se le ocurriría contárselo a Irma, pero lo mismo me
fastidia la persistencia de un derecho materno que ya nada justifica, y sobre todo que sea
yo el que al final se aparezca con una caja de bombones o una planta para el patio, y que el
regalo represente de una manera muy precisa y sobrentendida la terminación de la ofensa,
el retorno a la vida corriente del hijo que vive todavía en casa de su madre. Desde luego
Josiane era feliz cuando le contaba esa clase de episodios, que una vez en el barrio de las
galerías pasaban a formar parte de nuestro mundo con la misma llaneza que su
protagonista. El sentimiento familiar de Josiane era muy vivo y estaba lleno de respeto por
las instituciones y los parentescos; soy poco amigo de confidencias pero como de algo
teníamos que hablar y lo que ella me había dejado saber de su vida ya estaba comentado,
casi inevitablemente volvíamos a mis problemas de hombre soltero. Otra cosa nos acercó, y
también en eso fui afortunado, porque a Josiane le gustaban las galerías cubiertas, quizá
por vivir en una de ellas o porque la protegían del frío y la lluvia (la conocí a principios de
un invierno, con nevadas prematuras que nuestras galerías y su mundo ignoraban
alegremente). Nos habituamos a andar juntos cuando le sobraba el tiempo, cuando alguien
–no le gustaba llamarlo por su nombre– estaba lo bastante satisfecho como para dejarla
divertirse un rato con sus amigos. De ese alguien hablábamos poco, luego que yo hice las
inevitables preguntas y ella me contestó las inevitables mentiras de toda relación
mercenaria; se daba por supuesto que era el amo, pero tenía el buen gusto de no hacerse
ver. Llegué a pensar que no le desagradaba que yo acompañara algunas noches a Josiane,
porque la amenaza de Laurent pesaba más que nunca sobre el barrio después de su nuevo
crimen en la rue d’Aboukir, y la pobre no se hubiera atrevido a alejarse de la Galerie
Vivienne una vez caída la noche. Era como para sentirse agradecido a Laurent y al amo, el
miedo ajeno me servía para recorrer con Josiane los pasajes y los cafés, descubriendo que
podía llegar a ser un amigo de verdad de una muchacha a la que no me ataba ninguna
relación profunda. De esa confiada amistad nos fuimos dando cuenta poco a poco, a través
de silencios, de tonterías. Su habitación, por ejemplo, la bohardilla pequeña y limpia que
para mí no había tenido otra realidad que la de formar parte de la galería. En un principio
yo había subido por Josiane, y como no podía quedarme porque me faltaba el dinero para
pagar una noche entera y alguien estaba esperando la rendición sin mácula de cuentas, casi
no veía lo que me rodeaba y mucho más tarde, cuando estaba a punto de dormirme en mi
pobre cuarto con su almanaque ilustrado y su mate de plata como únicos lujos, me
preguntaba por la bohardilla y no alcanzaba a dibujármela, no veía más que a Josiane y me
bastaba para entrar en el sueño como si todavía la guardara entre los brazos. Pero con la
amistad vinieron las prerrogativas, quizá la aquiescencia del amo, y Josiane se las arreglaba
muchas veces para pasar la noche conmigo, y su pieza empezó a llenarnos los huecos de
un diálogo que no siempre era fácil; cada muñeca, cada estampa, cada adorno fueron
instalándose en mi memoria y ayudándome a vivir cuando era el tiempo de volver a mi
cuarto o de conversar con mi madre o con Irma de la política nacional y de las
enfermedades en las familias.

Más tarde hubo otras cosas, y entre ellas la vaga silueta de aquel que Josiane llamaba
el sudamericano, pero en un principio todo parecía ordenarse en torno al gran terror del
barrio, alimentado por lo que un periodista imaginativo había dado en llamar la saga de
Laurent el estrangulador. Si en un momento dado me propongo la imagen de Josiane, es
para verla entrar conmigo en el café de la rue des Jeuneurs, instalarse en la banqueta de
felpa morada y cambiar saludos con las amigas y los parroquianos, frases sueltas que en
seguida son Laurent, porque sólo de Laurent se habla en el barrio de la Bolsa, y yo que he
trabajado sin parar todo el día y he soportado entre dos ruedas de cotizaciones los
comentarios de colegas y clientes acerca del último crimen de Laurent, me pregunto si esa
torpe pesadilla va a acabar algún día, si las cosas volverán a ser como imagino que eran
antes de Laurent, o si deberemos sufrir sus macabras diversiones hasta el fin de los
tiempos. Y lo más irritante (se lo digo a Josiane después de pedir el grog que tanta falta nos
hace con ese frío y esa nieve) es que ni siquiera sabemos su nombre, el barrio lo llama
Laurent porque una vidente de la barrera de Clichy ha visto en la bola de cristal cómo el
asesino escribía su nombre con un dedo ensangrentado, y los gacetilleros se cuidan de no
contrariar los instintos del público. Josiane no es tonta pero nadie la convencería de que el
asesino no se llama Laurent, y es inútil luchar contra el ávido terror parpadeando en sus
ojos azules que miran ahora distraídamente el paso de un hombre joven, muy alto y un
poco encorvado, que acaba de entrar y se apoya en el mostrador sin saludar a nadie.

–Puede ser –dice Josiane, acatando alguna reflexión tranquilizadora que debo haber
inventado sin siquiera pensarla–. Pero entretanto yo tengo que subir sola a mi cuarto, y si
el viento me apaga la vela entre dos pisos... La sola idea de quedarme a oscuras en la
escalera, y que quizá...
–Pocas veces subes sola –le digo riéndome.

–Tú te burlas pero hay malas noches, justamente cuando nieva o llueve y me toca
volver a las dos de la madrugada...
Sigue la descripción de Laurent agazapado en un rellano, o todavía peor, esperándola
en su propia habitación a la que ha entrado mediante una ganzúa infalible. En la mesa de
al lado Kikí se estremece ostentosamente y suelta unos grititos que se multiplican en los
espejos. Los hombres nos divertimos enormemente con esos espantos teatrales que nos
ayudarán a proteger con más prestigio a nuestras compañeras. Da gusto fumar unas pipas
en el café, a esa hora en que la fatiga del trabajo empieza a borrarse con el alcohol y el
tabaco, y las mujeres comparan sus sombreros y sus botas o se ríen de nada; da gusto besar
en la boca a Josiane que pensativa se ha puesto a mirar al hombre –casi un muchacho– que
nos da la espalda y bebe su ajenjo a pequeños sorbos, apoyando un codo en el mostrador.
Es curioso, ahora que lo pienso: a la primera imagen que se me ocurre de Josiane y que es
siempre Josiane en la banqueta del café, una noche de nevada y Laurent, se agrega
inevitablemente aquel que ella llamaba el sudamericano, bebiendo su ajenjo y dándonos la
espalda. También yo lo llamo el sudamericano porque Josiane me aseguró que lo era, y que
lo sabía por la Rousse que se había acostado con él o poco menos, y todo eso había
sucedido antes de que Josiane y la Rousse se pelearan por una cuestión de esquinas o de
horarios y lo lamentaran ahora con medias palabras porque habían sido muy buenas
amigas. Según la Rousse él le había dicho que era sudamericano aunque hablara sin el
menor acento; se lo había dicho al ir a acostarse con ella, quizá para conversar de alguna
cosa mientras acababa de soltarse las cintas de los zapatos.
–Ahí donde lo ves, casi un chico... ¿Verdad que parece un colegial que ha crecido de
golpe? Bueno, tendrías que oír lo que cuenta la Rousse.

Josiane perseveraba en la costumbre de cruzar y separar los dedos cada vez que
narraba algo apasionante. Me explicó el capricho del sudamericano, nada tan
extraordinario después de todo, la negativa terminante de la Rousse, la partida
ensimismada del cliente. Le pregunté si el sudamericano la había abordado alguna vez.
Pues no, porque debía saber que la Rousse y ella eran amigas. Las conocía bien, vivía en el
barrio, y cuando Josiane dijo eso yo miré con más atención y lo vi pagar su ajenjo echando
una moneda en el platillo de peltre mientras dejaba resbalar sobre nosotros –y era como si
cesáramos de estar allí por un segundo interminable– una expresión distante y a la vez
curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de sueño y
rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia. Después de todo una expresión como ésa,
aunque el muchacho fuese casi un adolescente y tuviera rasgos muy hermosos, podía
llevar como de la mano a la pesadilla recurrente de Laurent. No perdí tiempo en
proponérselo a Josiane.

–¿Laurent? ¡Estás loco! Pero si Laurent es...
Lo malo era que nadie sabía nada de Laurent, aunque Kikí y Albert nos ayudaran a
seguir pesando las probabilidades para divertirnos. Toda la teoría se vino abajo cuando el
patrón, que milagrosamente escuchaba cualquier diálogo en el café, nos recordó que por lo
menos algo se sabía de Laurent: la fuerza que le permitía estrangular a sus víctimas con
una sola mano. Y ese muchacho, vamos... Sí, y ya era tarde y convenía volver a casa; yo tan
solo porque esa noche Josiane la pasaba con alguien que ya la estaría esperando en la
bohardilla, alguien que tenía la llave por derecho propio, y entonces la acompañé hasta el
primer rellano para que no se asustara si se le apagaba la vela en mitad del ascenso, y
desde una gran fatiga repentina la miré subir, quizá contenta aunque me hubiera dicho lo
contrario, y después salí a la calle nevada y glacial y me puse a andar sin rumbo, hasta que
en algún momento encontré como siempre el camino que me devolvería a mi barrio, entre
gente que leía la sexta edición de los diarios o miraba por las ventanillas del tranvía como
si realmente hubiera alguna cosa que ver a esa hora y en esas calles.

No siempre era fácil llegar a la zona de las galerías y coincidir con un momento libre
de Josiane; cuántas veces me tocaba andar solo por los pasajes, un poco decepcionado,
hasta sentir poco a poco que la noche era también mi amante. A la hora en que se
encendían los picos de gas la animación se despertaba en nuestro reino, los cafés eran la
bolsa del ocio y del contento, y se bebía a largos tragos el fin de la jornada, los titulares de
los periódicos, la política, los prusianos, Laurent, las carreras de caballos. Me gustaba
saborear una copa aquí y otra más allá, atisbando sin apuro el momento en que descubriría
la silueta de Josiane en algún codo de las galerías o en algún mostrador. Si ya estaba
acompañada, una señal convenida me dejaba saber cuándo podría encontrarla sola; otras
veces se limitaba a sonreír y a mí me quedaba el resto del tiempo para las galerías; eran las
horas del explorador y así fui entrando en las zonas más remotas del barrio, en la Galerie
Sainte-Foy, por ejemplo, y en los remotos Passages du Caire, pero aunque cualquiera de
ellos me atrajera más que las calles abiertas (y había tantos, hoy era el Passage des Princes,
otra vez el Passage Verdeau, así hasta el infinito), de todas maneras el término de una larga
ronda que yo mismo no hubiera podido reconstruir me devolvía siempre a la Galerie
Vivienne, no tanto por Josiane aunque también fuera por ella, sino por sus rejas
protectoras, sus alegorías vetustas, sus sombras en el codo del Passage des Petits-Pères, ese
mundo diferente donde no había que pensar en Irma y se podía vivir sin horarios fijos, al
azar de los encuentros y de la suerte. Con tan pocos asideros no alcanzo a calcular el
tiempo que pasó antes de que volviéramos a hablar casualmente del sudamericano; una
vez me había parecido verlo salir de un portal de la rue Saint-Marc, envuelto en una de
esas hopalandas negras que tanto se habían llevado cinco años atrás junto con sombreros
de copa exageradamente alta, y estuve tentado de acercarme y preguntarle por su origen.
Me lo impidió el pensar en la fría cólera con que yo habría recibido una interpelación de
ese género, pero Josiane encontró luego que había sido una tontería de mi parte, quizá
porque el sudamericano le interesaba a su manera, con algo de ofensa gremial y mucho de
curiosidad. Se acordó de que unas noches atrás había creído reconocerlo de lejos en la
Galerie Vivienne, que sin embargo él no parecía frecuentar.

–No me gusta esa manera que tiene de mirarnos –dijo Josiane–. Antes no me
importaba, pero desde aquella vez que hablaste de Laurent...
–Josiane, cuando hice esa broma estábamos con Kikí y Albert. Albert es un soplón de
la policía, supongo que lo sabes. ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad si la idea le
pareciera razonable? La cabeza de Laurent vale mucho dinero, querida.
–No me gustan sus ojos –se obstinó Josiane–. Y además que no te mira, la verdad es
que te clava los ojos pero no te mira. Si un día me aborda salgo huyendo, te lo digo por esta
cruz.

–Tienes miedo de un chico. ¿O todos los sudamericanos te parecemos unos
orangutanes?

Ya se sabe cómo podían acabar esos diálogos. Íbamos a beber un grog al café de la rue
des Jeuneurs, recorríamos las galerías, los teatros del bulevar, subíamos a la bohardilla, nos
reíamos enormemente. Hubo algunas semanas –por fijar un término, es tan difícil ser justo
con la felicidad– en que todo nos hacía reír, hasta las torpezas de Badinguet y el temor de
la guerra nos divertían. Es casi ridículo admitir que algo tan desproporcionadamente
inferior como Laurent pudiera acabar con nuestro contento, pero así fue. Laurent mató a
otra mujer en la rue Beauregard –tan cerca, después de todo– y en el café nos quedamos
como en misa y Marthe, que había entrado a la carrera para gritar la noticia, acabó en una
explosión de llanto histérico que de algún modo nos ayudó a tragar la bola que teníamos
en la garganta. Esa misma noche la policía nos pasó a todos por su peine más fino, de café
en café y de hotel en hotel; Josiane buscó al amo y yo la dejé irse, comprendiendo que
necesitaba la protección suprema que todo lo allanaba. Pero como en el fondo esas cosas
me sumían en una vaga tristeza –las galerías no eran para eso, no debían ser para eso–, me
puse a beber con Kikí y después con la Rousse que me buscaba como puente para
reconciliarse con Josiane. Se bebía fuerte en nuestro café, y en esa niebla caliente de las
voces y los tragos me pareció casi justo que a medianoche el sudamericano fuera a sentarse
a una mesa del fondo y pidiera un ajenjo con la expresión de siempre, hermosa y ausente y
alunada. Al preludio de confidencia de la Rousse contesté que ya lo sabía, y que después
de todo el muchacho no era ciego y sus gustos no merecían tanto rencor; todavía nos
reíamos de las falsas bofetadas de la Rousse cuando Kikí condescendió a decir que alguna
vez había estado en su habitación. Antes de que la Rousse pudiera clavarle las diez uñas de
una pregunta imaginable, quise saber cómo era ese cuarto. “Bah, qué importa el cuarto”,
decía desdeñosamente la Rousse, pero Kikí ya se metía de lleno en una bohardilla de la rue
Notre-Dame-des-Victoires, sacando como un mal prestidigitador de barrio un gato gris,
muchos papeles borroneados, un piano que ocupaba demasiado lugar, pero sobre todo
papeles y al final otra vez el gato gris que en el fondo parecía ser el mejor recuerdo de Kikí.
Yo la dejaba hablar, mirando todo el tiempo hacia la mesa del fondo y diciéndome
que al fin y al cabo hubiera sido tan natural que me acercara al sudamericano y le dijera un
par de frases en español. Estuve a punto de hacerlo, y ahora no soy más que uno de los
muchos que se preguntan por qué en algún momento no hicieron lo que habían pensado
hacer. En cambio me quedé con la Rousse y Kikí, fumando una nueva pipa y pidiendo otra
ronda de vino blanco; no me acuerdo bien de lo que sentí al renunciar a mi impulso, pero
era algo como una veda, el sentimiento de que si la trasgredía iba a entrar en un territorio
inseguro. Y sin embargo creo que hice mal, que estuve al borde de un acto que hubiera
podido salvarme. Salvarme de qué, me pregunto. Pero precisamente de eso: salvarme de
que hoy no pueda hacer otra cosa que preguntármelo, y que no haya otra respuesta que el
humo del tabaco y esa vaga esperanza inútil que me sigue por las calles como un perro
sarnoso.

Où sont-ils passés, les becs de gaz?
Que Sont-elles devenues, les vendeuses d’amour?
............., VI, I.

Poco a poco tuve que convencerme de que habíamos entrado en malos tiempos y que
mientras Laurent y las amenazas prusianas nos preocuparan de ese modo, la vida no
volvería a ser lo que había sido en las galerías. Mi madre debió notarme desmejorado
porque me aconsejó que tomara algún tónico, y los padres de Irma, que tenían un chalet en
una isla del Paraná, me invitaron a pasar una temporada de descanso y de vida higiénica.
Pedí quince días de vacaciones y me fui sin ganas a la isla, enemistado de antemano con el
sol y los mosquitos. El primer sábado pretexté cualquier cosa y volví a la ciudad, anduve
como a los tumbos por calles donde los tacos se hundían en el asfalto blando.

De esa vagancia estúpida me queda un brusco recuerdo delicioso: al entrar una vez más en el
Pasaje Güemes me envolvió de golpe el aroma del café, su violencia ya casi olvidada en las
galerías donde el café era flojo y recocido. Bebí dos tazas, sin azúcar, saboreando y oliendo
a la vez, quemándome y feliz. Todo lo que siguió hasta el fin de la tarde olió distinto, el
aire húmedo del centro estaba lleno de pozos de fragancia (volví a pie hasta mi casa, creo
que le había prometido a mi madre cenar con ella), y en cada pozo del aire los olores eran
más crudos, más intensos, jabón amarillo, café, tabaco negro, tinta de imprenta, yerba
mate, todo olía encarnizadamente, y también el sol y el cielo eran más duros y acuciados.
Por unas horas olvidé casi rencorosamente el barrio de las galerías, pero cuando volví a
cruzar el Pasaje Güemes (¿era realmente en la época de la isla? Acaso mezclo dos
momentos de una misma temporada, y en realidad poco importa) fue en vano que
invocara la alegre bofetada del café, su olor me pareció el de siempre y en cambio reconocí
esa mezcla dulzona y repugnante del aserrín y la cerveza rancia que parece rezumar del
piso de los bares del centro, pero quizá fuera porque de nuevo estaba deseando encontrar a
Josiane y hasta confiaba en que el gran terror y las nevadas hubiesen llegado a su fin. Creo
que en esos días empecé a sospechar que ya el deseo no bastaba como antes para que las
cosas girasen acompasadamente y me propusieran alguna de las calles que llevaban a la
Galerie Vivienne, pero también es posible que terminara por someterme mansamente al
chalet de la isla para no entristecer a Irma, para que no sospechara que mi único reposo
verdadero estaba en otra parte; hasta que no pude más y volví a la ciudad y caminé hasta
agotarme, con la camisa pegada al cuerpo, sentándome en los bares para beber cerveza,
esperando ya no sabía qué. Y cuando al salir del último bar vi que no tenía más que dar la
vuelta a la esquina para internarme en mi barrio, la alegría se mezcló con la fatiga y una
oscura conciencia de fracaso, porque bastaba mirar la cara de la gente para comprender
que el gran terror estaba lejos de haber cesado, bastaba asomarse a los ojos de Josiane en su
esquina de la rue d’Uzès y oírle decir quejumbrosa que el amo en persona había decidido
protegerla de un posible ataque; recuerdo que entre dos besos alcancé a entrever su silueta
en el hueco de un portal, defendiéndose de la cellisca envuelto en una larga capa gris.

Josiane no era de las que reprochan las ausencias, y me pregunto si en el fondo se
daba cuenta del paso del tiempo. Volvimos del brazo a la Galerie Vivienne, subimos a la
bohardilla, pero después comprendimos que no estábamos contentos como antes y lo
atribuimos vagamente a todo lo que afligía al barrio; habría guerra, era fatal, los hombres
tendrían que incorporarse a las filas (ella empleaba solemnemente esas palabras con un
ignorante, delicioso respeto), la gente tenía miedo y rabia, la policía no había sido capaz de
descubrir a Laurent. Se consolaban guillotinando a otros, como esa misma madrugada en
que ejecutarían al envenenador del que tanto habíamos hablado en el café de la rue des
Jeuneurs en los días del proceso; pero el terror seguía suelto en las galerías y en los pasajes,
nada había cambiado desde mi último encuentro con Josiane, y ni siquiera había dejado de
nevar.

Para consolarnos nos fuimos de paseo, desafiando el frío porque Josiane tenía un
abrigo que debía ser admirado en una serie de esquinas y portales donde sus amigas
esperaban a los clientes soplándose los dedos o hundiendo las manos en los manguitos de
piel. Pocas veces habíamos andado tanto por los bulevares, y terminé sospechando que
éramos sobre todo sensibles a la protección de los escaparates iluminados; entrar en
cualquiera de las calles vecinas (porque también Liliane tenía que ver el abrigo, y más allá
Francine) nos iba hundiendo poco a poco en el espanto, hasta que el abrigo quedó
suficientemente exhibido y yo propuse nuestro café y corrimos por la rue du Croissant
hasta dar la vuelta a la manzana y refugiarnos en el calor y los amigos. Por suerte para
todos la idea de la guerra se iba adelgazando a esa hora en las memorias, a nadie se le
ocurría repetir los estribillos obscenos contra los prusianos, se estaba tan bien con las copas
llenas y el calor de la estufa, los clientes de paso se habían marchado y quedábamos
solamente los amigos del patrón, el grupo de siempre y la buena noticia de que la Rousse
había pedido perdón a Josiane y se habían reconciliado con besos y lágrimas y hasta
regalos. Todo tenía algo de guirnalda (pero las guirnaldas pueden ser fúnebres, lo
comprendí después) y por eso, como afuera estaban la nieve y Laurent, nos quedábamos lo
más posible en el café y nos enterábamos a medianoche de que el patrón cumplía cincuenta
años de trabajo detrás del mismo mostrador, y eso había que festejarlo, una flor se trenzaba
con la siguiente, las botellas llenaban las mesas porque ahora las ofrecía el patrón y no se
podía desairar tanta amistad y tanta dedicación al trabajo, y hacia las tres y media de la
mañana Kikí completamente borracha terminaba de cantarnos los mejores aires de la
opereta de moda mientras Josiane y la Rousse lloraban abrazadas de felicidad y ajenjo, y
Albert, casi sin darle importancia, trenzaba otra flor en la guirnalda y proponía terminar la
noche en la Roquette donde guillotinaban al envenenador exactamente a las seis, y el
patrón descubría emocionado que ese final de fiesta era como la apoteosis de cincuenta
años de trabajo honrado y se obligaba, abrazándonos a todos y hablándonos de su esposa
muerta en el Languedoc, a alquilar dos fiacres para la expedición.

A eso siguió más vino, la evocación de diversas madres y episodios sobresalientes de
la infancia, y una sopa de cebolla que Josiane y la Rousse llevaron a lo sublime en la cocina
del café mientras Albert, el patrón y yo nos prometíamos amistad eterna y muerte a los
prusianos. La sopa y los quesos debieron ahogar tanta vehemencia, porque estábamos casi
callados y hasta incómodos cuando llegó la hora de cerrar el café con un ruido
interminable de barras y cadenas, y subir a los fiacres donde todo el frío del mundo parecía
estar esperándonos. Más nos hubiera valido viajar juntos para abrigarnos, pero el patrón
tenía principios humanitarios en materia de caballos y montó en el primer fiacre con la
Rousse y Albert mientras me confiaba a Kikí y a Josiane quienes, dijo, eran como sus hijas.
Después de festejar adecuadamente la frase con los cocheros, el ánimo nos volvió al cuerpo
mientras subíamos hacia Popincourt entre simulacros de carreras, voces de aliento y
lluvias de falsos latigazos. El patrón insistió en que bajáramos a cierta distancia, aduciendo
razones de discreción que no entendí, y tomados del brazo para no resbalar demasiado en
la nieve congelada remontamos la rue de la Roquette vagamente iluminada por reverberos
aislados, entre sombras movientes que de pronto se resolvían en sombreros de copa, fiacres
al trote y grupos de embozados que acababan amontonándose frente a un ensanchamiento
de la calle, bajo la otra sombra más alta y más negra de la cárcel. Un mundo clandestino se
codeaba, se pasaba botellas de mano en mano, repetía una broma que corría entre
carcajadas y chillidos sofocados, y también había bruscos silencios y rostros iluminados un
instante por un yesquero, mientras seguíamos avanzando dificultosamente y cuidábamos
de no separarnos como si cada uno supiera que sólo la voluntad del grupo podía perdonar
su presencia en ese sitio. La máquina estaba ahí sobre sus cinco bases de piedra, y todo el
aparato de la justicia aguardaba inmóvil en el breve espacio entre ella y el cuadro de
soldados con los fusiles apoyados en tierra y las bayonetas caladas. Josiane me hundía las
uñas en el brazo y temblaba de tal manera que hablé de llevármela a un café, pero no había
cafés a la vista y ella se empecinaba en quedarse. Colgada de mí y de Albert, saltaba de
tanto en tanto para ver mejor la máquina, volvía a clavarme las uñas, y al final me obligó a
agachar la cabeza hasta que sus labios encontraron mi boca, y me mordió histéricamente
murmurando palabras que pocas veces le había oído y que colmaron mi orgullo como si
por un momento hubiera sido el amo. Pero de todos nosotros el único aficionado
apreciativo era Albert; fumando un cigarro mataba los minutos comparando ceremonias,
imaginando el comportamiento final del condenado, las etapas que en ese mismo
momento se cumplían en el interior de la prisión y que conocía en detalle por razones que
se callaba. Al principio lo escuché con avidez para enterarme de cada nimia articulación de
la liturgia, hasta que lentamente, como desde más allá de él y de Josiane y de la celebración
del aniversario, me fue invadiendo algo que era como un abandono, el sentimiento
indefinible de que eso no hubiera debido ocurrir en esa forma, que algo estaba
amenazando en mí el mundo de las galerías y los pasajes, o todavía peor, que mi felicidad
en ese mundo había sido un preludio engañoso, una trampa de flores como si una de las
figuras de yeso me hubiera alcanzado una guirnalda mentida (y esa noche yo había
pensado que las cosas se tejían como las flores en una guirnalda), para caer poco a poco en
Laurent, para derivar de la embriaguez inocente de la Galerie Vivienne y de la bohardilla
de Josiane, lentamente ir pasando al gran terror, a la nieve, a la guerra inevitable, a la
apoteosis de los cincuenta años del patrón, a los fiacres ateridos del alba, al brazo rígido de
Josiane que se prometía no mirar y buscaba ya en mi pecho dónde esconder la cara en el
momento final. Me pareció (y en ese instante las rejas empezaban a abrirse y se oía la voz
de mando del oficial de la guardia) que de alguna manera eso era un término, no sabía
bien de qué porque al fin y al cabo yo seguiría viviendo, trabajando en la Bolsa y viendo de
cuando en cuando a Josiane, a Albert y a Kikí que ahora se había puesto a golpearme
histéricamente el hombro, y aunque no quería desviar los ojos de las rejas que terminaban
de abrirse, tuve que prestarle atención por un instante y siguiendo su mirada entre
sorprendida y burlona alcancé a distinguir casi al lado del patrón la silueta un poco
agobiada del sudamericano envuelto en la hopalanda negra, y curiosamente pensé que
también eso entraba de alguna manera en la guirnalda, y que era un poco como si una
mano acabara de trenzar en ella la flor que la cerraría antes del amanecer. Y ya no pensé
más porque Josiane se apretó contra mí gimiendo, y en la sombra que los dos reverberos de
la puerta agitaban sin ahuyentarla, la mancha blanca de una camisa surgió como flotando
entre dos siluetas negras, apareciendo y desapareciendo cada vez que una tercera sombra
voluminosa se inclinaba sobre ella con los gestos del que abraza o amonesta o dice algo al
oído o da a besar alguna cosa, hasta que se hizo a un lado y la mancha blanca se definió
más de cerca, encuadrada por un grupo de gentes con sombreros de copa y abrigos negros,
y hubo como una prestidigitación acelerada, un rapto de la mancha blanca por las dos
figuras que hasta ese momento habían parecido formar parte de la máquina, un gesto de
arrancar de los hombros un abrigo ya innecesario, un movimiento presuroso hacia
adelante, un clamor ahogado que podía ser de cualquiera, de Josiane convulsa contra mí,
de la mancha blanca que parecía deslizarse bajo el armazón donde algo se desencadenaba
con un chasquido y una conmoción casi simultáneos. Creí que Josiane iba a desmayarse,
todo el peso de su cuerpo resbalaba a lo largo del mío como debía estar resbalando el otro
cuerpo hacia la nada, y me incliné para sostenerla mientras un enorme nudo de gargantas
se desataba en un final de misa con el órgano resonando en lo alto (pero era un caballo que
relinchaba al oler la sangre) y el reflujo nos empujó entre gritos y órdenes militares. Por
encima del sombrero de Josiane que se había puesto a llorar compasivamente contra mi
estómago, alcancé a reconocer al patrón emocionado, a Albert en la gloria, y el perfil del
sudamericano perdido en la contemplación imperfecta de la máquina que las espaldas de
los soldados y el afanarse de los artesanos de la justicia le iban librando por manchas
aisladas, por relámpagos de sombra entre gabanes y brazos y un afán general por moverse
y partir en busca de vino caliente y de sueño, como nosotros amontonándonos más tarde
en un fiacre para volver al barrio, comentando lo que cada uno había creído ver y que no
era lo mismo, no era nunca lo mismo y por eso valía más porque entre la rue de la
Roquette y el barrio de la Bolsa había tiempo para reconstruir la ceremonia, discutirla,
sorprenderse en contradicciones, jactarse de una vista más aguda o de unos nervios más
templados para la admiración de última hora de nuestras tímidas compañeras.
Nada podía tener de extraño que en esa época mi madre me notara más desmejorado
y se lamentara sin disimulo de una indiferencia inexplicable que hacía sufrir a mi pobre
novia y terminaría por enajenarme la protección de los amigos de mi difunto padre gracias
a los cuales me estaba abriendo paso en los medios bursátiles. A frases así no se podía
contestar más que con el silencio, y aparecer algunos días después con una nueva planta de
adorno o un vale para madejas de lana a precio rebajado. Irma era más comprensiva, debía
confiar simplemente en que el matrimonio me devolvería alguna vez a la normalidad
burocrática, y en esos últimos tiempos yo estaba al borde de darle la razón pero me era
imposible renunciar a la esperanza de que el gran terror llegara a su fin en el barrio de las
galerías y que volver a mi casa no se pareciera ya a una escapatoria, a un ansia de
protección que desaparecía tan pronto como mi madre empezaba a mirarme entre suspiros
o Irma me tendía la taza de café con la sonrisa de las novias arañas. Estábamos por ese
entonces en plena dictadura militar, una más en la interminable serie, pero la gente se
apasionaba sobre todo por el desenlace inminente de la guerra mundial y casi todos los
días se improvisaban manifestaciones en el centro para celebrar el avance aliado y la
liberación de las capitales europeas, mientras la policía cargaba contra los estudiantes y las
mujeres, los comercios bajaban presurosamente las cortinas metálicas y yo, incorporado
por la fuerza de las cosas a algún grupo detenido frente a las pizarras de La Prensa, me
preguntaba si sería capaz de seguir resistiendo mucho tiempo a la sonrisa consecuente de
la pobre Irma y a la humedad que me empapaba la camisa entre rueda y rueda de
cotizaciones. Empecé a sentir que el barrio de las galerías ya no era como antes el término
de un deseo, cuando bastaba echar a andar por cualquier calle para que en alguna esquina
todo girara blandamente y me allegara sin esfuerzo a la Place des Victoires donde era tan
grato demorarse vagando por las callejuelas con sus tiendas y zaguanes polvorientos, y a la
hora más propicia entrar en la Galerie Vivienne en busca de Josiane, a menos que
caprichosamente prefiriera recorrer primero el Passage des Panoramas o el Passage des
Princes y volver dando un rodeo un poco perverso por el lado de la Bolsa. Ahora, en
cambio, sin siquiera tener el consuelo de reconocer como aquella mañana el aroma
vehemente del café en el Pasaje Güemes (olía a aserrín, a lejía), empecé a admitir desde
muy lejos que el barrio de las galerías no era ya el puerto de reposo, aunque todavía
creyera en la posibilidad de liberarme de mi trabajo y de Irma, de encontrar sin esfuerzo la
esquina de Josiane. A cada momento me ganaba el deseo de volver; frente a las pizarras de
los diarios, con los amigos, en el patio de casa, sobre todo al anochecer, a la hora en que
allá empezarían a encenderse los picos de gas. Pero algo me obligaba a demorarme junto a
mi madre y a Irma, una oscura certidumbre de que en el barrio de las galerías ya no me
esperarían como antes, de que el gran terror era el más fuerte. Entraba en los bancos y en
las casas de comercio con un comportamiento de autómata, tolerando la cotidiana
obligación de comprar y vender valores y escuchar los cascos de los caballos de la policía
cargando contra el pueblo que festejaba los triunfos aliados, y tan poco creía ya que
alcanzaría a liberarme una vez más de todo eso que cuando llegué al barrio de las galerías
tuve casi miedo, me sentí extranjero y diferente como jamás me había ocurrido antes, me
refugié en una puerta cochera y dejé pasar el tiempo y la gente, forzado por primera vez a
aceptar poco a poco todo lo que antes me había parecido mío, las calles y los vehículos, la
ropa y los guantes, la nieve en los patios y las voces en las tiendas. Hasta que otra vez fue
el deslumbramiento, fue encontrar a Josiane en la Galerie Colbert y enterarme entre besos y
brincos de que ya no había Laurent, que el barrio había festejado noche tras noche el fin de
la pesadilla, y todo el mundo había preguntado por mí y menos mal que por fin Laurent,
pero dónde me había metido que no me enteraba de nada, y tantas cosas y tantos besos.
Nunca la había deseado más y nunca nos quisimos mejor bajo el techo de su cuarto que mi
mano podía tocar desde la cama. Las caricias, los chismes, el delicioso recuento de los días
mientras el anochecer iba ganando la bohardilla. ¿Laurent? Un marsellés de pelo crespo,
un miserable cobarde que se había atrincherado en el desván de la casa donde acababa de
matar a otra mujer, y había pedido gracia desesperadamente mientras la policía echaba
abajo la puerta. Y se llamaba Paul, el monstruo, hasta eso, fíjate, y acababa de matar a su
novena víctima, y lo habían arrastrado al coche celular mientras todas las fuerzas del
segundo distrito lo protegían sin ganas de una muchedumbre que lo hubiera destrozado.
Josiane había tenido ya tiempo de habituarse, de enterrar a Laurent en su memoria que
poco guardaba las imágenes, pero para mí era demasiado y no alcanzaba a creerlo del todo
hasta que su alegría me persuadió de que verdaderamente ya no habría más Laurent, que
otra vez podíamos vagar por los pasajes y las calles sin desconfiar de los portales. Fue
necesario que saliéramos a festejar juntos la liberación, y como ya no nevaba Josiane quiso
ir a la rotonda del Palais Royal que nunca habíamos frecuentado en los tiempos de
Laurent. Me prometí, mientras bajábamos cantando por la rue des Petits Champs, que esa
misma noche llevaría a Josiane a los cabarets de los bulevares, y que terminaríamos la
velada en nuestro café donde a fuerza de vino blanco me haría perdonar tanta ingratitud y
tanta ausencia.

Por unas pocas horas bebí hasta los bordes el tiempo feliz de las galerías, y llegué a
convencerme de que el final del gran terror me devolvía sano y salvo a mi cielo de estucos
y guirnaldas; bailando con Josiane en la rotonda me quité de encima la última opresión de
ese interregno incierto, nací otra vez a mi mejor vida tan lejos de la sala de Irma, del patio
de casa, del menguado consuelo del Pasaje Güemes. Ni siquiera cuando más tarde,
charlando de tanta cosa alegre con Kikí y Josiane y el patrón, me enteré del final del
sudamericano, ni siquiera entonces sospeché que estaba viviendo un aplazamiento, una
última gracia; por lo demás ellos hablaban del sudamericano con una indiferencia burlona,
como de cualquiera de los extravagantes del barrio que alcanzan a llenar un hueco en una
conversación donde pronto nacerán temas más apasionantes, y que el sudamericano
acabara de morirse en una pieza de hotel era apenas algo más que una información al
pasar, y Kikí discurría ya sobre las fiestas que se preparaban en un molino de la Butte, y
me costó interrumpirla, pedirle algún detalle sin saber demasiado por qué se lo pedía. Por
Kikí acabé sabiendo algunas cosas mínimas, el nombre del sudamericano que al fin y al
cabo era un nombre francés y que olvidé en seguida, su enfermedad repentina en la rue du
Faubourg Montmartre donde Kikí tenía un amigo que le había contado; la soledad, el
miserable cirio ardiendo sobre la consola atestada de libros y papeles, el gato gris que su
amigo había recogido, la cólera del hotelero a quien le hacían eso precisamente cuando
esperaba la visita de sus padres políticos, el entierro anónimo, el olvido, las fiestas en el
molino de la Butte, el arresto de Paul el marsellés, la insolencia de los prusianos a los que
ya era tiempo de darles la lección que se merecían. Y de todo eso yo iba separando, como
quien arranca dos flores secas de una guirnalda, las dos muertes que de alguna manera se
me antojaban simétricas, la del sudamericano y la de Laurent, el uno en su pieza de hotel,
el otro disolviéndose en la nada para ceder su lugar a Paul el marsellés, y eran casi una
misma muerte, algo que se borraba para siempre en la memoria del barrio. Todavía esa
noche pude creer que todo seguiría como antes del gran terror, y Josiane fue otra vez mía
en su bohardilla y al despedirnos nos prometimos fiestas y excursiones cuando llegara el
verano. Pero helaba en las calles, y las noticias de la guerra exigían mi presencia en la Bolsa
a las nueve de la mañana; con un esfuerzo que entonces creí meritorio me negué a pensar
en mi reconquistado cielo, y después de trabajar hasta la náusea almorcé con mi madre y le
agradecí que me encontrara más repuesto. Esa semana la pasé en plena lucha bursátil, sin
tiempo para nada, corriendo a casa para darme una ducha y cambiar una camisa
empapada por otra que al rato estaba peor. La bomba cayó sobre Hiroshima y todo fue
confusión entre mis clientes, hubo que librar una larga batalla para salvar los valores más
comprometidos y encontrar un rumbo aconsejable en ese mundo donde cada día era una
nueva derrota nazi y una enconada, inútil reacción de la dictadura contra lo irreparable.
Cuando los alemanes se rindieron y el pueblo se echó a la calle en Buenos Aires, pensé que
podría tomarme un descanso, pero cada mañana me esperaban nuevos problemas, en esas
semanas me casé con Irma después que mi madre estuvo al borde de un ataque cardíaco y
toda la familia me lo atribuyó quizá justamente. Una y otra vez me pregunté por qué, si el
gran terror había cesado en el barrio de las galerías, no me llegaba la hora de encontrarme
con Josiane para volver a pasear bajo nuestro cielo de yeso. Supongo que el trabajo y las
obligaciones familiares contribuían a impedírmelo, y sólo sé que de a ratos perdidos me iba
a caminar como consuelo por el Pasaje Güemes, mirando vagamente hacia arriba, tomando
café y pensando cada vez con menos convicción en las tardes en que me había bastado
vagar un rato sin rumbo fijo para llegar a mi barrio y dar con Josiane en alguna esquina del
atardecer.

Nunca he querido admitir que la guirnalda estuviera definitivamente cerrada y
que no volvería a encontrarme con Josiane en los pasajes o los bulevares. Algunos días me
da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada llego a inventar como un
consuelo, como si él nos hubiera matado a Laurent y a mí con su propia muerte;
razonablemente me digo que no, que exagero, que cualquier día volveré a entrar en el
barrio de las galerías y encontraré a Josiane sorprendida por mi larga ausencia. Y entre una
cosa y otra me quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para
diciembre, y me pregunto sin demasiado entusiasmo si cuando lleguen las elecciones
votaré por Perón o por Tamborini, si votaré en blanco o sencillamente me quedaré en casa
tomando mate y mirando a Irma y a las plantas del patio.

FIN
96 páginas
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