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jueves, 28 de febrero de 2008

El Legado // Sergio García Alzola

Desconocido: si en algo valoras tu existencia, no hagas omisión de estas palabras. Hace unas horas nomás creí tener toda una vida por delante; ahora tan sólo confío en contar con unos instantes como para poder referir mi historia.

Provengo de una familia de larga prosapia pero en total decadencia desde que mi abuelo decidiera desaparecer en pos de una peregrina búsqueda espiritual. Ya no cuento con padres ni hermanos y tendría que sacudir mucho al árbol genealógico como para que caiga un pariente lejano. Estoy solo y vivo en la ultima posesión familiar, una antiquísima casona derruida.

Como dije, hace una horas nomás el transcurrir de mi vida me llevaba rumbo al trabajo, cuando en plena calle me interceptó una sombra cubierta con un largo capote. Pronunció mi nombre en tono de pregunta. Asentí y apareció una de sus manos esgrimiendo un sobre. Lo tomé y proseguí mi camino. No pensé en alterar mi rutina pero, como si a mis espaldas ardiera el fuego de Sodoma, no pude evitar voltear para ver. Y lo abrí.

En su interior sólo figuraba el nombre de un banco y una llave que presumí era de una caja de seguridad. No podría detallar con claridad todos mis siguientes pasos, pero recuerdo caminar por las calles del distrito bancario hasta un edificio de piedra, que daba la impresión de la solidez de las pirámides, con un nombre grabado en su frontispicio:”Banco de Ginebra”. La siguiente imagen que tengo, me ubica frente la caja de seguridad ya abierta . En su interior se halla un paquete envuelto en papel madera e hilo sisal, con una leyenda en su frente: “Propiedad de ...–el nombre de mi abuelo- Sólo para ser abierto por alguno de sus parientes”.

Y bien, el único que cumplía ese requisito era yo. Allí mismo corté el hilo y rasgué el papel. Me encontré con un cofre de fina madera, excelente hechura y extraños grabados en su tapa. Por más que me esforcé no logré reconocer caligrafía humana alguna en ellos. En su interior sí encontré algo legible: unas cientos de hojas sueltas, amarillentas y quebradizas. La primera de ellas sólo decía “Manuscritos Pnakóticos”.

Decidí volver a casa. Se me plantearon interrogantes de tal magnitud que abandoné toda la rutina de mi vida. Había encontrado un legado que despertó en mí una ancestral curiosidad, sin duda la misma que llevó a mi abuelo a su desconocida aventura. ¡Cuánto entusiasmo! ¡Cuánta expectativa! ¡Cuánta emoción se derramó sobre mí encendiendo mi opaca existencia!

Ya en casa, acometí la lectura. El buen romance en el que estaba redactado el manuscrito facilitaba la tarea. La portentosa historia que narraba fue nublando poco a poco mi entendimiento –creo- por eso no sé como llegué hasta aquí. Estoy encerrado en un habitáculo muy estrecho y oscuro. Apenas una línea de malsana luz se aprecia por debajo de la puerta. Del otro lado sólo se escucha algún chirrido y una agonizante voz que suplica por su fin. No me pregunten cómo, pero sé que es la voz de mi abuelo.

Algo en esas hojas está prohibido para los humanos. Algo en esa lectura nos presenta indefensos frente a seres de inverosímil presencia. Tarde comprendí que la ignorancia es nuestro único antídoto ante ellos. Yo ya no lo tengo, creo que éste es el verdadero legado. Detrás de la puerta los quejidos se apagan. Si tengo suerte, moriré pronto. Ya vienen por mi.


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