Bienvenidos...

Blog destinado a publicar literatura de terror de los autores más conocidos, espero que te gusten las historias. Puedes enviar cualquier historia a un amigo(a) haciendo click en el sobrecito blanco. Saludos =)
Enero 2014: Chicos ya no estoy actualizando el blog, pero los relatos están para el que disfrute de la buena lectura =)

jueves, 5 de junio de 2008

El entierro de las ratas // Bram Stoker

Si abandona París por la carretera de Orleans, cruce la Enceinte y, si gira a la derecha,
se encontrará en un distrito algo salvaje y en absoluto placentero. A derecha e izquierda,
delante y detrás, por todos lados se alzan grandes montones de basura y otros residuos
acumulados por los procesos del tiempo.

París tiene su vida nocturna además de la diurna, y el viajero que penetra en su hotel
de la Rue de Rivoli o la Rue St. Honoré a última hora de la noche o lo abandona a primera
hora de la mañana puede adivinar, al llegar cerca de Montrouge —si no lo ha hecho ya
antes— la finalidad de esos grandes carros que parecen como calderas sobre ruedas y que
puede hallar pase por donde pase.

Cada ciudad tiene sus instituciones peculiares creadas para sus propias necesidades,
y una de las más notables instituciones de París es su población de traperos. A primera
hora de la mañana —y la vida de París empieza a una hora muy temprana— pueden verse
colocadas en la mayoría de las calles, al otro lado de cada Patio y callejón y entre tantos
edificios, como todavía en algunas ciudades norteamericanas e incluso en partes de Nueva
York, grandes cajas de madera en las que las criadas o los inquilinos de las casas vacían la
basura acumulada del día anterior. Alrededor de estas cajas se reúnen y circulan, una vez
llenas, escuálidos y macilentos hombres y mujeres cuyas herramientas del oficio Consisten
en un burdo saco o cesto colgado del hombro Y un pequeño rastrillo con el cual remueven
y sondean y examinan minuciosamente los cubos de basura. Recogen y depositan en sus
cestos, con ayuda de sus rastrillos, todo lo que pueden encontrar, con la misma facilidad
con la que un chino utiliza sus palillos para comer.

París es una ciudad de centralización, y centralización y clasificación están
estrechamente aliadas. En los primeros tiempos, cuándo la centralización se está
convirtiendo en un hecho, su precursora es la clasificación. Todas las cosas que son
similares o análogas son agrupadas juntas, y del agrupamiento de esos grupos surge un
punto total o central. Vemos radiar muchos largos, brazos con innumerables tentáculos, y
en el centro surge una gigantesca cabeza con un amplio cerebro y ojos atentos que miran a
todos lados y con oídos sensibles todos los sonidos.... y una boca voraz para tragar.
Otras ciudades se parecen a todas las aves y animales y peces cuyos apetitos y
digestiones son normales. Sólo París es la apoteosis analógica del pulpo. Producto de la
centralización llevada a un ad absurdum, representa con justicia el pez diablo; y en ningún
otro aspecto es más curioso el parecido que en la similitud con el aparato digestivo.
Los turistas inteligentes que, tras rendir su individualidad a las manos de los señores
Cook o Gaze, hacen París en tres días, se sienten a menudo desconcertados al saber que la
cena que en Londres cuesta unos seis chelines puede obtenerse por tres francos en un café
en el Palais Royal. No necesitarán sorprenderse si consideran que la clasificación es una
especialidad teórica de la vida parisina, que adopta a todo su alrededor el hecho que fue la
génesis de los traperos.

El París de 1850 no era como el París de hoy, y aquellos que ven el París de Napoleón
y del barón Hausseman difícilmente podrán comprender la existencia del estado de cosas
hace cuarenta y cinco años.

Entre algunas cosas, sin embargo, que no han cambiado están esos distritos donde se
recoge la basura. La basura es basura en todo el mundo, en todas las épocas, y el parecido
familiar de los montones de basura es perfecto. En consecuencia, el viajero que visita los
alrededores de Montrouge puede retroceder sin ninguna dificultad al año 1850.
En ese año yo estaba realizando una prolongada estancia en París. Estaba muy
enamorado de una joven dama que, aunque correspondía a mi pasión, cedía de tal modo a
los deseos de sus padres que había prometido no verme ni cartearse conmigo durante un
año. Yo también me había visto obligado a acceder a estas condiciones bajo la vaga
esperanza de la aprobación paterna. Durante el tiempo de prueba había prometido
permanecer fuera del país y no escribirle a mi amor hasta que hubiera transcurrido el año.
Por supuesto, el tiempo me pesaba horriblemente. No había nadie de mi familia o
círculo que pudiera hablarme de Alice, y nadie de su propia familia tenía, lamento decirlo,
la suficiente generosidad como para enviarme siquiera alguna palabra de aliento ocasional
relativa a su salud y bienestar. Pasé seis meses vagando por Europa, pero como no podía
hallar una distracción satisfactoria en el viaje, decidí ir a París, donde al menos estaría al
alcance de cualquier llamada de Londres en caso de que la buena suerte me reclamara
antes de terminar el plazo. Ese «la esperanza diferida enferma el corazón» nunca estuvo
mejor ejemplificado que en mi caso, porque, además del perpetuo anhelo de ver el rostro
que amaba, siempre estaba conmigo la torturante ansiedad de que algún accidente
pudiera impedirme mostrarle a Alice a su debido tiempo que, durante el largo período de
prueba, había sido fiel a su confianza y a mi amor. Así, cualquier aventura que emprendí
tenía en sí misma un intenso placer, Porque estaba cargada de posibles consecuencias más
de las que normalmente hubiera afrontado.

Como todos los viajeros, agoté los lugares de mayor interés al primer mes de mi
estancia, y al segundo mes me sentí impulsado a buscar diversión allá donde pudiera. Tras
efectuar diversas excursiones a los suburbios más conocidos, empecé a ver que existía una
terra incognita, en lo que a las guías de viaje se refería, en las selvas sociales que se
extendían entre esos puntos de atracción. En consecuencia, empecé a sistematizar mis
investigaciones, y cada día tomaba el hilo de mi exploración en el lugar donde lo había
dejado caer el día anterior.

A lo largo del tiempo, mi vagabundeo me llevó cerca de Montrouge, y vi que por allí
se extendía la última Thule de la exploración social, un país tan poco conocido como el que
rodea las fuentes del Nilo Blanco. Y así decidí investigar filosóficamente a los traperos: su
hábitat, su vida y sus medios de vida.

El trabajo era desagradable, difícil de realizar y con pocas esperanzas de una
recompensa adecuada. Sin, embargo, pese a la razón, prevaleció la obstinación, y entré en
mi nueva investigación con más energía de la que hubiera podido apelar para que me
ayudara en, cualquier otra investigación que me condujera a cualquier otro fin, valioso o
digno de estima.

Un día, a última hora de una espléndida tarde de finales de setiembre, entré en el
sanctasanctórum de la Ciudad de la Basura. El lugar era evidentemente la morada
reconocida de un buen número de traperos, porque se manifestaba una especie de orden
en la formación de los montículos de basura al lado de la carretera. Pasé entre esos
montículos, que se erguían como ordenados centinelas, decidido a penetrar más
profundamente y rastrear la basura hasta su última localización.
Mientras avanzaba, vi detrás de los montículos de basura algunas formas que iban de
aquí para allá, vigilando evidentemente con interés la aparición de cualquier extraño a
aquel lugar. El distrito era como una pequeña Suiza, y mientras avanzaba mi tortuoso
camino se cerró a mis espaldas.

Finalmente, llegué a lo que parecía una pequeña ciudad o comunidad de traperos.
Había un cierto número de chozas o chabolas, como las que pueden encontrarse en las
remotas partes del pantano de Allan —toscos lugares con paredes de cañas recubiertas con
mortero de barro y con techos de paja hechos de los residuos de los establos—, lugares a
los que uno no desearía entrar bajo ningún concepto, y que incluso en las acuarelas sólo
podían parecer pintorescos si eran tratados juiciosamente. En medio de esas cabañas había
una de las más extrañas adaptaciones —no puedo decir habitaciones— que jamás haya
visto. Un inmenso y viejo guardarropa, los colosales restos de algún boudoir de Carlos VII,
o Enrique 11, había sido convertido en una morada. Las dobles puertas estaban abiertas,
de modo que todo su interior quedaba a la vista del público. La mitad abierta del
guardarropa era una sala de estar de metro veinte por metro ochenta, donde se sentaban,
fumando sus pipas alrededor de un brasero de carbón, no menos de seis viejos soldados
de la Primera República, con sus uniformes arrugados y deshilachados. Evidentemente,
eran de la clase de los mauvais sujets; sus turbios ojos y sus mandíbulas colgantes
hablaban con claridad de un amor común a la absenta; y sus ojos tenían esa expresión
perdida y consumida que es el sello del borracho en sus peores momentos, y ese
semblante de adormecida ferocidad que sigue a la estela del copioso beber. El otro lado
estaba como en sus viejos tiempos, con sus estantes intactos, excepto que habían sido
cortados en profundidad por la mitad y en cada estante, de los que había seis, se había
habilitado una cama hecha con trapos y paja. La media docena de respetables que vivían
en aquella estructura me miraron con curiosidad cuando pasé, y cuando les devolví la
mirada tras haberlos rebasado unos pasos vi que unían sus cabezas en una susurrada
conferencia. No me gustó en absoluto el aspecto de todo aquello, porque el lugar era muy
solitario Y los hombres tenían un aspecto muy, muy villano. De todos modos, no vi
ninguna causa para tener miedo, y seguí adelante, penetrando más y más en el Sáhara. El
camino era tortuoso hasta cierto grado y, tras avanzar en una serie de semicírculos, como
cuando uno patina en una pista de patinaje, no tardé en sentirme confuso con respecto a
los puntos cardinales.

Cuando hube penetrado un poco más vi, al doblar la esquina de un medio montículo,
sentado sobre un montón de paja, a un viejo soldado con una deshilachada chaqueta.
«Vaya —me dije a mí mismo—; la Primera República está bien representada aquí en
sus soldados.»

Cuando pasé por su lado, el viejo ni siquiera alzó la vista hacia mí, sino que miró al
suelo con estólida persistencia. De nuevo observé para mí mismo: «¡Mira lo que puede
hacer una vida de duras batallas! La curiosidad de este hombre es una cosa del pasado».
Cuando hube dado algunos pasos más, sin embargo., miré bruscamente hacia atrás y
vi que la curiosidad no, estaba muerta, porque el veterano había alzado la cabeza y me
estaba mirando con una expresión muy curiosa. Tuve la impresión de que su aspecto era
muy parecido al de los seis respetables de antes. Cuando me vio mirarle, bajó la cabeza; y
sin pensar más en él seguí mi camino, satisfecho de que hubiera un extraño parecido entre
aquellos viejos guerreros.

Poco después hallé a otro viejo soldado en las mismas condiciones. Él tampoco
reparó en mí cuando pasé por su lado.

Por aquel entonces era ya última hora de la tarde, y empecé a pensar en volver sobre
mis pasos. Así que di la vuelta para regresar, pero pude ver un cierto número de caminos
que iban entre los diferentes montículos y no pude decidir cuál de ellos debía tomar. En
mi perplejidad, deseé ver a alguien a quien poder preguntarle el camino, pero no vi a
nadie. Decidí avanzar más e intentar encontrar a alguien.... no un veterano.
Conseguí mi objetivo, porque, después de recorrer un par de cientos de metros, vi
delante de mí una choza como nunca había visto antes, con la diferencia sin embargo de
que no era para vivir, sino simplemente un techo con tres paredes, abierta por delante. Por
las evidencias que mostraba el vecindario, supuse que era un lugar de clasificación y
distribución. Dentro había una vieja mujer arrugada y encorvada por la edad; me acerque
a ella para preguntarle el camino.

Se levantó cuando me aproximé y le pregunté por dónde debía ir. Inmediatamente
inició una conversación, y se me ocurrió que allá en el centro mismo del Reino de la
Basura estaba el lugar donde reunir detalles sobre la historia de los traperos parisinos, en
particular si podía obtenerlos de los labios de alguien que parecía como si fuera uno de sus
más antiguos habitantes.

Empecé con mis preguntas, y la vieja me dio repuestas muy interesantes: había sido
una de las mujeres que hacían calceta mientras se sentaban cada día ante la guillotina, y
había tomado una parte activa entre las mujeres que se destacaron por su violencia en la
revolución. Mientras hablábamos, dijo de pronto:
—Pero m'sieur tiene que estar cansado de estar de pie.

Y le quitó el polvo a un viejo y tambaleante taburete para que me sentara. No me
gustó hacerlo por muchas razones, pero la pobre vieja era tan educada que no quise correr
el riesgo de ofenderla rehusando, y además, la conversación de alguien que había estado
en la toma de la Bastilla era tan interesante que me senté, y así prosiguió nuestra
conversación.

Mientras hablábamos, un hombre viejo —más viejo y más encorvado y lleno de
arrugas incluso que la mujer— apareció de detrás de la choza.
—Éste es Pierre —me dijo ella—. m'sieur puede oír ahora las historias que desee,
pues Pierre estuvo en todas partes, desde la Bastilla hasta Waterloo.
El viejo tomó otro taburete a petición mía, y nos sumergimos en un mar de
reminiscencias revolucionarias. Este viejo, aunque vestido como un espantapájaros, era
como cualquiera de los seis veteranos.

Ahora estaba sentado en el centro de la baja choza con la mujer a mi izquierda y el
hombre a mi derecha, los dos un poco frente a mí. El lugar estaba lleno de todo tipo de
curiosos objetos de madera, y de mucha otras cosas que hubiera deseado que estuviesen
muy lejos. En una esquina había un montón de trapos que parecían moverse por la
cantidad de bichos que contenían y, en la otra, un montón de huesos cuyo olor estremecía
un poco. De tanto en tanto, al mirar aquellos montones, podía ver los relucientes ojos de
alguna de,, las ratas que infestaban el lugar. Aquellos asquerosos objetos eran ya bastante
malos, pero lo que tenía peor aspecto todavía era una vieja hacha de carnicero con un
mango de hierro manchado con coágulos de sangre apoyada contra la pared a la derecha.
De todos modos, estas cosas no me preocupaban mucho. La charla de los dos viejos era tan
fascinante que seguí y seguí, hasta que llegó la noche y los montículos de trapos arrojaron
oscuras sombras sobre los valles que había entre ellos.

Al cabo de un tiempo, empecé a intranquilizarme, no podía decir cómo ni por qué,
pero de alguna forma no me sentía satisfecho. La intranquilidad es un instinto y una
advertencia. La facultades psíquicas son a menudo los centinelas del intelecto, y cuando
hacen sonar la alarma, la razón empieza a actuar, aunque quizá no conscientemente.
Así ocurrió conmigo. Empecé a tomar consciencia de dónde estaba y de lo que me
rodeaba, y a preguntarme cómo actuaría en caso de ser atacado; y luego estalló
bruscamente en mí el pensamiento, aunque sin ninguna causa definida, de que estaba en
peligro. La prudencia susurró: «Quédate quieto y no hagas ningún signo», y así me quedé
quieto y no hice ningún signo, porque sabía que cuatro ojos astutos estaban sobre mí.
«Cuatro ojos.... si no más.» ¡Dios mío, qué horrible pensamiento! ¡Toda la choza podía
estar rodeada en tres de sus lados por villanos! Podía estar en medio de una pandilla de
desesperados como sólo medio siglo de revoluciones periódicas puede producir.

Con la sensación de peligro, mi intelecto y mis facultades de observación se
agudizaron, y me volví más cauteloso que de costumbre. Me di cuenta de que los ojos de
la vieja estaban dirigiéndose constantemente hacia mis manos. Las miré también, y vi la
causa: mis anillos. En el dedo meñique de mi izquierda llevaba un gran sello y en la
derecha un buen diamante.

Pensé que si había allí algún peligro, mi primera precaución era evitar las sospechas.
En consecuencia, empecé a desviar la conversación hacia la recogida de la basura, hacia las
alcantarillas, hacia las cosas que se encontraban allí; y así, poco a poco, hacia las joyas.
Luego, aprovechando una ocasión favorable, le pregunté a la vieja si sabía algo de aquellas
cosas. Ella respondió que sí, un poco. Alcé la mano derecha y, mostrándole el diamante, le
pregunté qué pensaba de aquello. Ella respondió que tenía malos los ojos y se inclinó
sobre mi mano. Tan indiferentemente como pude, dije:
—¡Perdón! ¡Así lo verá mejor!
Y me lo quité y se lo tendí. Una malvada luz iluminó su viejo y arrugado rostro
cuando lo tocó. Me lanzó una furtiva mirada tan rápida como el destello de un rayo.
Se inclinó por un momento sobre el anillo, con el rostro completamente neutro
mientras lo examinaba. El viejo miraba fijamente a la parte delantera de la choza ante él,
mientras rebuscaba en sus bolsillos y extraía un poco de tabaco envuelto en un papel y
una pipa y procedía a llenarla. Aproveché la pausa y el momentáneo descanso de los
inquisitivos ojos sobre mi rostro para mirar cuidadosamente a mi alrededor, ahora
sombrío a la escasa luz. Todavía estaban allí todos los montículos de variada y apestosa
asquerosidad; la terrible hacha manchada de sangre estaba apoyada contra la esquina de
la pared de la derecha, y por todas partes, pese a la escasa luz, destellaba el refulgir de los
ojos de las ratas. Las pude ver incluso a través de algunos de los resquicios de las tablas de
la parte de atrás, muy junto al suelo. ¡Pero cuidado! ¡Aquellos ojos parecían más grandes y
brillantes y ominosos de lo normal!

Por un instante pareció como si se me parara el corazón, y me sentí presa de aquella
vertiginosa condición mental en la que uno siente una especie de embriaguez espiritual, Y
como si el cuerpo se mantuviera erguido tan sólo en el sentido de que no hay tiempo de
caer antes de recuperarte. Luego, en otro segundo, la calma regresó a mí..., una fría calma,
con todas las energías en pleno vigor, con un autocontrol que sentía perfecto con todas mis
sensaciones e instintos alertas.

Ahora sabía toda la extensión del peligro: ¡era vigilado y estaba rodeado por gente
desesperada! Ni siquiera podía calcular cuántos de ellos estaban tendidos allí en el suelo
detrás de la choza, aguardando el momento para. atacar. Yo me sabía grande y fuerte, y
ellos lo sabían también. También sabían, como yo, que era inglés y que por lo tanto
lucharía; y así aguardaban. Tenía la sensación de que en los últimos segundos había
conseguido una ventaja, porque sabía el peligro y comprendía la situación. Ésta, pensé, es
mi prueba de valor..., la prueba de resistencia: ¡la prueba de lucha vendría más tarde!
La vieja mujer levantó la cabeza y me dijo de forma un tanto satisfecha:
—Un espléndido anillo, ciertamente.... ¡un hermoso anillo! ¡Oh, sí! Hubo un tiempo
en que yo tuve anillos así, montones de ellos, y brazaletes y pendientes. ¡Oh, porque en
aquellos espléndidos días yo era la reina del baile! ¡Pero ahora me han olvidado! ¡Me han
olvidado! ¡En realidad nunca han oído hablar de mí! ¡Quizá sus abuelos sí me recuerden, a
menos algunos de ellos.

Y dejó escapar una seca y cacareante risa. Y debo decir que entonces me sorprendió,
porque me tendió de vuelta el anillo con un cierto asomo de gracia pasada de modo que
no dejaba de ser patética.

El viejo la miró con una especie de repentina ferocidad, medio levantado de su
taburete, y me dijo de pronto, roncamente:
—¡Déjemelo ver!
Estaba a punto de tenderle el anillo cuando la vieja dijo:
—¡No, no se lo entregue a Pierre! Pierre es excéntrico. Pierde las cosas; ¡y es un anillo
tan hermoso!
—¡Zorra! —dijo el viejo salvajemente.
De pronto la vieja dijo, un poco más fuerte de lo necesario:
—¡Espere! Tengo que contarle algo acerca de un anillo.
Había algo en el sonido de su voz que me impresionó. Quizá fuera mi
hipersensibilidad, fomentada por mi excitación nerviosa, pero por un momento pensé que
no se estaba dirigiendo a mí. Lancé una mirada furtiva por el lugar y vi los ojos de las
ratas en los montículos de huesos, pero no vi los ojos a lo largo del fondo. Pero mientras
miraba los vi aparecer de nuevo. El «i Espere! » de la vieja me había proporcionado un
respiro del ataque, y los hombres habían vuelto a hundirse en su postura tendida.
—Una vez perdí un anillo.... un hermoso aro de diamantes que había pertenecido a
una reina y que me fue entregado por un recaudador de impuestos, que después se cortó
la garganta porque yo lo rechacé. Pensé que debía de haber sido robado, y entre todos lo
buscamos; pero no pudimos hallar ningún rastro. Vino la policía y Sugirió que debía de
haber ido a las alcantarillas. Bajamos.... ¡yo con mis finas ropas, porque no les iba a confiar
a ellos mi hermoso anillo! Desde entonces sé mucho Más sobre las alcantarillas, ¡y sobre
las ratas también! Pero nunca olvidaré el horror de aquel lugar, lleno de ojos llameantes,
un muro de ellos justo más allá de la luz de nuestras antorchas. Bien, bajamos debajo de
mi casa. Buscamos la salida de la alcantarilla y allá, en medio de las inmundicias, hallamos
mi anillo, y salimos.

»¡Pero también hallamos algo más antes de salir! Cuando nos dirigíamos hacia la
salida, un montón de ratas de alcantarilla —humanas esta vez— vino hacia nosotros.
Dijeron a la policía que uno de ellos había ido a las alcantarillas pero no había regresado.
Había ido sólo un poco antes que nosotros y, si se había perdido, no podía estar muy lejos.
Pidieron que les ayudaran, así que volvimos. Intentaron impedir que fuera con ellos, pero
insistí. Era una nueva excitación, y ¿no había recuperado mi anillo? No habíamos ido muy
lejos cuando tropezamos con algo. Había muy poca agua, y el fondo de la alcantarilla
estaba lleno de ladrillos, residuos y materia de muy variada índole. Había luchado,
incluso,cuando su antorcha se apagó. ¡Pero eran demasiadas para él! ¡No les había durado
mucho! Los huesos todavía estaba calientes, pero completamente mondos. Incluso hablan
devorado a sus propias muertas, y había huesos de ratas junto con los del hombre. Los
otros —los humanos— se lo tomaron con tranquilidad, y bromearon sobre su camarada
cuando lo hallaron muerto. Bah, ¿qué más da, vivo o muerto?
—¿Y no tuvo usted miedo? —le pregunté.
—¡Miedo! —dijo con una risa—. ¿Yo miedo? ¡Pregúntele a Pierre! Pero entonces era
más joven y, mientras recorría aquella horrible alcantarilla con su pared de ansiosos ojos,
siempre moviéndose más allá del círculo de la luz de las antorchas, no me sentí tranquila.
¡Sin embargo, avancé por delante de los hombres! ¡Así es como lo hago siempre! Nunca he
dejado que los hombres vayan por delante de mí. ¡Todo lo que deseo es una oportunidad y
un medio! Y ellas lo devoraron..., se lo llevaron todo excepto los huesos; ¡y nadie se enteró,
nadie oyó ningún sonido!

Entonces estalló en un cloqueo del más terrible regocijo que jamás haya oído y visto.
Una gran poetisa describe a su heroína cantando: «¡Oh, verla u oírla cantar! Apenas
puedo decir qué es lo más divino». Y puedo aplicar la misma idea a la vieja bruja..., en
todo menos en la divinidad, porque difícilmente puedo decir qué era lo más diabólico, si
la dura, maliciosa, satisfecha, cruel risa, o la maliciosa sonrisa y la horrible abertura
cuadrada de la boca, como una máscara trágica, y el amarillento brillo de los pocos dientes
descoloridos en las informes encías. En esa risa y con esa sonrisa y la cloqueante
satisfacción supe, tan bien como si me lo hubiera dicho con resonantes palabras, que mi
muerte estaba sentenciada, y que los asesinos sólo aguardaban el, momento apropiado
para su realización. Pude leer entre las líneas de su espeluznante historia las órdenes a sus
cómplices. «Esperad —parecía decirles—, concedeos vuestro tiempo. Yo daré el primer
golpe. ¡Hallad las armas para mí, y yo hallaré la oportunidad! ¡No escapará! Mantenedlo
tranquilo y todo irá bien. No habrá ningún grito, ¡y las ratas harán su trabajo! »

Cada vez se hacía más oscuro; la noche estaba llegando. Lancé una furtiva mirada
por la choza a mi alrededor: todo. seguía igual. La ensangrentada hacha en el rincón, los
montones de porquería, y los ojos en los montones de huesos y en las rendijas junto al
suelo.

Pierre había estado llenando ostensiblemente su pipa; ahora encendió una cerilla y
empezó a dar profundas chupadas. La vieja mujer dijo:
—¡Vaya, qué oscuro es! ¡Pierre, enciende la lámpara corno un buen chico!
Pierre se levantó y, con la cerilla encendida en la mano, tocó el pábilo de una lámpara
que colgaba a un lado de la entrada de la choza y que tenía un reflector que arrojaba la luz
por todo el lugar. Era evidente que la usaban para salir por la noche.
—¡Ésa no, estúpido! ¡Ésa no! ¡La linterna! —le gritó la mujer.
Él la apagó de inmediato y dijo:
—De acuerdo, madre, la buscaré.
Y se puso a revolver por la esquina izquierda de la estancia, mientras la vieja decía en
la oscuridad:
—¡La linterna! ¡La linterna! ¡Oh! Ésa es la luz más útil para nosotros los pobres. ¡La
linterna fue la amiga de la revolución! ¡Es la amiga del trapero! Nos ayuda cuando todo lo
demás falla.

Apenas había acabado de pronunciar la última palabra cuando hubo una especie de
crujido por todo el lugar, y algo se arrastró firmemente sobre el techo.
De nuevo creí leer entre líneas sus palabras. Conocía la lección de la linterna.
«Uno de vosotros subid al techo con un nudo corredizo y estranguladlo cuando pase
si dentro fracasamos.»

Cuando miré por la abertura vi el lazo de una cuerda silueteado en negro contra el
cielo. ¡Estaba realmente rodeado! ¡Pierre no tardó en hallar la linterna. Mantuve los ojos
fijos en la vieja a través de la oscuridad. Pierre procedió a encender la luz, y al destello de
la chispa vi a la vieja alzar del suelo a su lado, donde había aparecido misteriosamente, y
luego ocultar en los pliegues de su ropa, un cuchillo largo y afilado o una daga. Parecía un
cuchillo de carnicero al que se le había proporcionado una punta aguzada.

La linterna empezó a arder.
—Tráela aquí, Pierre —dijo la mujer—. Colócala en la entrada, donde pueda verla.
¡Qué hermosa es! Aleja de nosotros la oscuridad; ¡es perfecta!
¡Perfecta para ella y sus propósitos! Arrojaba toda su luz sobre mi rostro, dejando en
la penumbra los rostros de Pierre y de la mujer, que permanecían sentados más afuera de
mí a cada lado.

Sentí que el momento de la acción se aproximaba, pero ahora sabía que la primera
señal y movimiento procederla de la mujer, así que la vigilé a ella.
Estaba totalmente desarmado, pero ya había decidido qué hacer. Al primer
movimiento, agarraría el hacha de carnicero del rincón de la derecha y me abriría paso
hacia fuera. Al menos moriría luchando. Eché una mirada a mi alrededor para fijar su
lugar exacto, a fin de no fallar al agarTarla al primer esfuerzo, porque el tiempo y la
exactitud serían preciosos.

¡Buen Dios! ¡Había desaparecido! Todo el horror de la situación cayó sobre mí; pero
el pensamiento más amargo de todos fue que si el resultado de aquella terrible situación
era en mi contra, Alice sufriría infaliblemente. O bien me creerla un falso —y cualquier
enamorado, o cualquiera que lo ha estado alguna vez, puede imaginar la amargura del
pensamiento—, o seguiría amándome durante mucho tiempo después de que me hubiera
perdido para ella y para el mundo, y así su vida se vería rota y amargada, destrozada por
la decepción y la desesperación. La auténtica magnitud del dolor me aferró y me dio
ánimos para soportar el terrible escrutinio de los conspiradores.

Creo que no me traicioné. La vieja mujer me estaba observando como un gato
observa a un ratón; tenía su mano derecha oculta en los pliegues de su ropa, aferrando,
como ya sabía, aquella larga daga de aspecto cruel. Tuve la sensación de que si hubiera
visto alguna inquietud en mi rostro hubiera sabido que había llegado el momento, y
hubiera saltado sobre mí como una tigresa, segura de atraparme descuidado.

Miré a la derecha, y vi allí una nueva causa de peligro. Delante y alrededor de la
choza había a poca distancia algunas formas sombrías; estaban completamente inmóviles,
pero sabía que todas estaban alertas y en guardia. Tenía pocas posibilidades en aquella
dirección.

Eché de nuevo una mirada a mi alrededor. En momentos de gran excitación y gran
peligro, que es también excitación, la mente trabaja muy rápido, y la agudeza de las
facultades que dependen de la mente crece en proporción. Entonces lo sentí. En un
instante abarqué toda la situación. Vi que el hacha había sido retirada a través de un
pequeño agujero hecho en una de las podridas planchas. Tenía que estar muy podrida
para permitir algo así sin siquiera un ruido.

La choza era una típica ratonera, y estaba guardada a todo su alrededor. Un verdugo
aguardaba tendido en el techo, listo para ahorcarme con su cuerda si yo conseguía escapar
de la daga de la vieja bruja. Delante, el camino estaba guardado por no sabía cuántos
vigilantes. Y en la parte de atrás había una hilera de hombres desesperados —había visto
de nuevo sus ojos a través de, las grietas en las tablas del suelo, cuando miré por última
vez— mientras permanecían tendidos aguardando la señal de ponerse en pie. ¡Si tenía que
ser alguna vez, que fuera ahora!

Tan fríamente como fui capaz me giré un poco en mi taburete a fin de meter bien mi
pierna derecha debajo de mi cuerpo. Luego, con un repentino salto, girando la cabeza
hacia un lado y protegiéndola con las manos, y con el instinto de lucha de los antiguos
caballeros, pronuncié el nombre de mi dama y me lancé contra la pared de atrás de la
choza.

Pese a lo muy atentos que estaban, lo repentino de mi movimiento sorprendió tanto a
Pierre como a la vieja. Al tiempo que atravesaba las podridas planchas, vi a la mujer
levantarse de un salto, como un tigre, y oí su grito ahogado de contenida rabia. Mis pies
golpearon algo que se movía, y mientras saltaba alejándome de ello supe que había pisado
la espalda de uno de la hilera de hombres que permanecían tendidos boca abajo fuera de
la choza. Recibí rasguños de clavos y astillas, pero por otro lado salí incólume. Sin aliento,
trepé por el montículo que tenía delante, al tiempo que oía el sordo ruido de la choza al
desplomarse en una masa informe.

Fue una ascensión de pesadilla. El montículo, aunque bajo, era horriblemente
empinado y, con cada paso que daba, la masa de tierra y cenizas cedía y se hundía bajo
mis pies. El polvo se alzaba y me ahogaba; era mareante, fétido, horrible, pero sabía que
era una carrera a vida o muerte, y seguí luchando. Los segundos parecieron horas, pero
los breves momentos que había conseguido, combinados con mi juventud y mi fuerza, me
proporcionaron una gran ventaja y, aunque varias formas echaron a correr tras de mí en
un mortal silencio que era más terrible que cualquier sonido, alcancé fácilmente la cima.
Posteriormente he subido el cono del Vesubio y, mientras escalaba aquella desolada ladera
entre los humos sulfurosos, el recuerdo de aquella horrible noche en Montrouge me vino a
la memoria tan vívidamente que casi me desvanecí.

El montículo era uno de los más altos de la zona, y mientras trepaba hasta la cima,
jadeando en busca de aliento y con el corazón latiendo como un martillo pilón, vi a lo lejos,
a mi izquierda, el apagado resplandor rojizo del cielo, y más cerca aún el llamear de unas
luces. ¡Gracias a Dios! ¡Ahora sabía dónde estaba y dónde hallar el camino hasta París!
Hice una pausa durante dos o tres segundos y miré atrás. Mis perseguidores estaban
todavía muy retrasados, pero ascendían resueltamente y en un mortal silencio. Más allá, la
choza era una ruina.... una masa de maderos y formas que se movían. Podía verla bien,
porque las llamas estaban empezando ya a apoderarse de ella; los trapos y la paja se
habían incendiado, evidentemente, a causa de la linterna. ¡Y todavía el silencio! ¡Ni un
sonido! Aquellos pobres desgraciados sabían aceptar al menos las cosas.

No tuve tiempo más que para una mirada de pasada, por que, cuando observé a mi
alrededor en busca del mejor lugar para bajar, vi varias formas oscuras corriendo a ambos
lados para cortarme el camino. Ahora era una carrera por mi vida. Estaban intentando
adelantarme en mi camino hacia Paris y, con el instinto del momento, me lancé a
descender por el lado de la derecha. Fue justo a tiempo porque, aunque bajé en lo que me
parecieron unos pocos pasos, los viejos y cautelosos hombres que estaban observándome
dieron la vuelta, y uno de ellos, mientras yo corría por la abertura entre los dos montículos
de delante, casi me alcanzó con un golpe de aquella terrible hacha de carnicero. ¡Seguro
que no podía haber allí dos de aquellas armas!

Entonces empezó una caza auténticamente horrible. Me adelanté fácilmente a los
viejos, e incluso cuando algunos hombres más jóvenes y unas cuantas mujeres se unieron a
la caza, los distancié con facilidad. Pero no conocía el camino, y ni siquiera podía guiarme
por la luz en el cielo, porque estaba corriendo en sentido contrario a ella. Había oído que, a
menos que tengan un propósito consciente, los hombres perseguidos siempre giran hacia
la izquierda, y eso descubrí que estaba haciendo ahora; y supongo que eso lo sabían
también mis perseguidores, que eran más animales que hombres, y con astucia o instinto
habían descubierto por sí mismos tales secretos: porque tras una rápida carrera, tras la
cual esperaba tomarme un momento de respiro, vi de pronto delante de mí a dos o tres
formas que pasaban velozmente por detrás de un montículo a la derecha.

¡Estaba metido en una tela de araña! Pero con el pensamiento de este nuevo peligro
llegó la resolución del cazado, y así eché a correr por el siguiente giro a la derecha.
Proseguí en esta dirección durante unos cien metros, y luego, girando de nuevo a la
izquierda, me aseguré de que al menos había evitado el peligro de ser rodeado.
Pero no de la persecución, porque la turba seguía tras de mí, firme, resuelta,
incansable, y todavía en un hosco silencio.

En la creciente oscuridad, los montículos parecían ahora ser un poco más pequeños
que antes, aunque —porque la noche se estaba cerrando— aparentaban ser más grandes
en proporción. Ahora estaba muy por delante de mis perseguidores, así que trepé
rápidamente por el montículo que tenía delante.

¡Alegría de alegrías ! Estaba cerca del borde de aquel infierno de montículos de
basura. Detrás, lejos de mí, la luz roja de París en el cielo y, alzándose detrás, las alturas de
Montmartre.... una luminosidad débil, con algunos puntos brillantes como estrellas aquí y
allá.

Con el vigor restablecido en un momento, corrí por los pocos montículos de tamaño
decreciente que faltaban, y me hallé en el terreno llano más allá. Incluso entonces, sin
embargo, la perspectiva no era invitadora. Todo delante de mí era oscuro y deprimente, y
evidentemente había llegado a uno de esos lugares desiertos, húmedos y llanos que
pueden hallarse aquí y allá en las inmediaciones de las grandes ciudades. Lugares yermos
y desolados, donde el espacio es requerido para la aglomeración definitiva de todo lo que
es nocivo, y el terreno es demasiado pobre para crear un deseo de ocupación incluso entre
la gente más baja. Con los ojos acostumbrados a la semioscuridad del anochecer, y lejos
ahora de las sombras de aquellos terribles montículos de basura, podía ver mucho más
fácilmente que hacía unos momentos. Era posible, por supuesto, que el resplandor en el
cielo de las luces de París, aunque la ciudad estaba a algunos kilómetros de distancia, se
reflejara aquí. Fuera lo que fuese, veía lo suficiente como para percibir todo lo que había a
una cierta distancia a mi alrededor.

Delante había una lúgubre y plana extensión que parecía casi una llanura muerta,
con el oscuro brillo de charcas de agua estancada aquí y allá. Aparentemente muy lejos a
la derecha, entre un pequeño racimo de luces dispersas, se alzaba la oscura masa de Fort
Montrouge, y lejos a la izquierda, en la oscura distancia, marcadas por el apagado brillo de
las ventanas de algunas casas, las luces en el cielo mostraban la situación de Bicétre.. Un
momento de reflexión me decidió a dirigirme hacia la derecha e intentar alcanzar
Montrouge. Allí al menos habría algún tipo de seguridad, y posiblemente llegaría antes a
alguno de los cruces de carreteras que conocía. En alguna parte, no muy lejos, tenía que
estar la estratégica carretera que conectaba la cadena de fuertes que rodeaba la ciudad.
Entonces miré hacia atrás. Sobre los montículos, y silueteados en negro contra el
resplandor del horizonte parisino, vi varias figuras que se movían, y más a la derecha
otras varias que se desplegaban entre yo y mi destino. Evidentemente, tenían intención de
cortarme el paso en aquella dirección, y así mis elecciones se vieron reducidas; ahora se
limitaban a ir directamente al frente o girar a la izquierda. Me incliné hacia el suelo, a fin
de conseguir la ventaja del horizonte como línea de visión, y miré con atención en aquella
dirección, pero no pude detectar ningún signo de mis enemigos. Argumenté que. puesto
que no habían protegido o no intentaban proteger aquel punto, eso significaba que había
allí un evidente peligro para mí de todos modos. Así que decidí avanzar directamente al
frente.

No era una perspectiva invitadora y, a medida que avanzaba, la realidad se hizo
peor. El terreno se volvió blando y rezumante, y de tanto en tanto cedía bajo mis pies de
una forma desagradable. De alguna forma, parecía descender, porque vi a mi alrededor
lugares aparentemente más elevados que donde estaba, y esto en un lugar que desde un
poco más atrás parecía llano por completo. Miré a mi alrededor, pero no pude ver a
ninguno de mis' perseguidores. Aquello era extraño, porque durante todo el tiempo
aquellos pájaros nocturnos me habían seguido en la oscuridad con tanta facilidad como si
fuera a plena luz del día. Cómo me reproché el haber salido con mi traje de turista de
tweed de color claro. El silencio, al no ser capaz de ver a mis enemigos mientras tenía la
sensación de que ellos me estaban observando, era cada vez más terrible; y en la esperanza
de que alguien que no fueran ellos me oyera, alcé la voz y grité varias veces. No hubo ni la
más ligera respuesta, ni siquiera el eco recompensó mis esfuerzos. Durante un tiempo me
mantuve inmóvil y clavé los ojos en una dirección. En uno de los lugares elevados a mi
alrededor vi algo oscuro que se movía, luego otro, y otro. Era a mi izquierda, y al parecer
se movían para adelantarme.

Creí que con mi habilidad como corredor podría de nuevo eludir a mis enemigos en
aquel juego, y así eché a correr a toda velocidad.
¡Chap!

Mis pies cayeron en una masa fangosa, y caí cuando largo era en un hediondo charco
de agua estancada. El agua y el lodo en el cual mis brazos se hundieron hasta el codo eran
sucios y nauseabundos más allá de toda descripción, y con lo repentino de mi caída llegué
a tragar algo de aquella asquerosa materia, que casi estuvo a punto de ahogarme y me
hizo jadear en busca de aliento. Nunca olvidaré los momentos durante los cuales me
mantuve inmóvil tras ponerme en pie, intentando recuperarme, al borde del
desvanecimiento, del fétido olor del asqueroso charco, cuyos blancuzcos vapores se
alzaban como fantasmas a mi alrededor. Lo peor de todo fue que, con la aguda
desesperación del animal cazado cuando ve a la jauría perseguidora lanzarse contra él, vi
ante mis ojos, mientras permanecía de pie, impotente, las oscuras formas de mis
perseguidores avanzando rápidamente para rodearme.

Resulta curioso cómo nuestras mentes elaboran extraños vericuetos incluso cuando
las energías del pensamiento se hallan en apariencia concentrados en alguna terrible y
apremiante necesidad. Mi vida estaba en momentáneo peligro, mi seguridad dependía de
mi acción, y mi elección de alternativas tenía que actuar ahora casi a cada paso que diera,
y sin embargo no podía pensar más que en la extraña y testaruda persistencia de aquellos
viejos. Su silenciosa resolución, su firme y hosca persistencia, despertaban incluso en
aquellas circunstancias en mí, además de miedo, una cierta medida de respeto. Me
pregunté qué hubiera ocurrido de estar en el vigor de su juventud. ¡Ahora podía
comprender aquel arranque de energía en el puente de Arcola, aquella burlona
exclamación de la Vieja Guardia en Waterloo! El homenaje inconsciente tiene sus propios
placeres, incluso en tales momentos; pero afortunadamente no choca de ninguna forma
con el pensamiento del cual brota la acción.

Me di cuenta a primera vista de que, aunque me sentía derrotado en mi objetivo, mis
enemigos todavía no habían vencido. Habían conseguido rodearme por tres lados y
estaban intentando empujarme hacia la izquierda, donde había ya algún peligro para mí,
pero no habían dejado guardia. Acepté la alternativa: era un caso de elección de Hobson y
de correr. Tenía que mantenerme en terreno bajo, porque mis perseguidores estaban en los
lugares más altos. Sin embargo, aunque el rezumante y quebrado suelo dificultaba mi
marcha, mi juventud y mi entrenamiento me permitieron mantener la distancia y
conservar una línea en diagonal que no sólo les impedía ganar terreno sobre mí, sino que
incluso empezó a distanciarlos. Esto me dio nuevo valor y fuerza, y por aquel entonces mi
entrenamiento habitual empezaba a tomar de nuevo el mando y había recuperado el
aliento. Delante de mí, el terreno ascendía ligeramente. Me apresuré ladera arriba y
descubrí delante de mí una extensión de chapoteante terreno, con un bajo dique o talud de
aspecto oscuro y ominoso más allá. Tuve la sensación de que si podía alcanzar con
seguridad aquel dique, entonces, con terreno sólido bajo mis pies y algún tipo de sendero
que me guiara, podría hallar con cierta facilidad una forma de salir de mis apuros. Tras
una mirada a derecha e izquierda y sin ver a nadie cerca, mantuve los ojos durante unos
breves minutos fijos en mis pies, para comprobar que trabajaban correctamente a la hora
de cruzar aquel terreno pantanoso. Fue un trabajo duro y desagradable, pero había poco
peligro, tan sólo esfuerzo; y al poco tiempo estaba en el dique. Subí exultante su ladera,
pero allí me sacudió una nueva conmoción. A ambos lados de mí se alzaron un cierto
número de figuras agazapadas. Se lanzaron contra mí desde la derecha y desde la
izquierda. Entre todos, a cada lado, sujetaban una cuerda.

El cerco estaba casi completo. No podía ir a ningún lado, y el fin estaba cerca.
Sólo había una posibilidad, y la tomé. Me dejé resbalar por el dique y, para escapar
de las garras de mis enemigos, me lancé a la corriente.
En cualquier otra circunstancia hubiera pensado que el agua estaba sucia y
asquerosa, pero ahora le di la bienvenida como si fuera una corriente cristalina para un
viajero sediento. ¡Era un camino a la seguridad!

Mis perseguidores se lanzaron tras de mí. Si tan sólo uno de ellos hubiera sujetado la
cuerda, me hubieran cogido, porque me hubiera enredado con ella antes de tener tiempo
de dar una brazada; pero las muchas manos que la sujetaban les dificultaron y retrasaron,
y cuando la cuerda golpeó el agua oí el chapoteo muy detrás de mí. Unos minutos de
fuertes brazadas me llevaron al otro lado de la corriente. Refrescado por la inmersión y
alentado por la escapatoria, subí al dique del otro lado con un espíritu relativamente
alegre.

Miré hacia atrás desde arriba. Por entre la oscuridad vi a mis asaltantes dispersarse a
lo largo del dique hacia arriba y hacia abajo. Evidentemente, la persecución no había
terminado, y de nuevo tuve que elegir mi camino. Más allá del dique donde me hallaba
había un terreno salvaje y pantanoso muy similar al que había cruzado. Decidí evitar
aquel lugar, y por un momento dudé en ir dique arriba o dique abajo. Creí oír un sonido,
el apagado rumor de unos remos, así que escuché y luego grité.

Ninguna respuesta, pero el sonido cesó. De alguna forma, mis enemigos habían
conseguido un bote de algún tipo. Puesto que estaban más arriba de mi, tomé el camino
descendente y empecé a correr. Cuando pasé a la izquierda de donde había entrado en el
agua oí varios chapoteos, blandos y furtivos, como el sonido que hace una rata al
sumergirse en una corriente, pero mucho mayor; y cuando miré, vi el oscuro brillo del
agua roto por las ondulaciones de varias cabezas que avanzaban. Algunos enemigos
estaban cruzando también a nado la corriente.

Y ahora detrás de mí, corriente arriba, el silencio se vio roto por el rápido crujir y
resonar de remos; mis enemigos aceleraban su persecución. Empleé todas mis energías y
seguí corriendo. Al cabo de un par de minutos, miré hacia atrás y, a la luz que se filtraba a
través de las nubes, vi varias formas oscuras trepar al terraplén tras de mí. Había
empezado a alzarse viento, y el agua a mi lado se estaba agitando y empezando a
romperse en pequeñas olas contra la orilla. Tenia que mantener los ojos muy atentos al
terreno delante de mí para evitar tropezar, porque sabía que tropezar era la muerte. Al
cabo de otros pocos minutos miré de nuevo hacia atrás. En el dique sólo había unas pocas
figuras oscuras, pero cruzando el terreno pantanoso había muchas más. Ignoraba qué
nuevo peligro significaba esto, sólo podía suponerlo. Luego, mientras corría, tuve la
sensación de que mi camino seguía desviándose hacia la derecha. Miré al frente y vi que el
río era mucho más ancho que antes, y que el dique sobre el que estaba desaparecía allí
delante, y que más allá había otra corriente en cuya orilla más cercana vi algunas de las
formas oscuras ahora al otro lado del pantano. Me hallaba en una isla de algún tipo.
Mi situación era entonces realmente terrible, porque mis enemigos me habían
atrapado entre ambos lados. Detrás de mí llegaba el acelerado rumor de los remos, como si
mis perseguidores supieran que el fin estaba cerca. A mi alrededor, a cada lado, sólo había
desolación; no había ningún techo, ninguna luz, hasta tan lejos como podía ver. Muy lejos
a la derecha se alzaba una masa oscura, pero no sabía lo que era. Me detuve un momento
para pensar en qué debía hacer, no mucho tiempo, porque mis perseguidores se estaban
acercando. Entonces me decidí. Me deslicé orilla abajo y me lancé al agua. Lo hice de
cabeza, a fin de aprovechar la corriente para rebasar el remolino de la isla. Aguardé hasta
que una nube cruzó por delante de la luna y lo sumió todo en la oscuridad. Entonces me
quité el sombrero y lo deposité suavemente en el agua, dejando que flotara con la
corriente, y un segundo más tarde me zambullí hacia la derecha y me mantuve bajo el
agua con todas mis fuerzas. Supongo que estuve medio minuto bajo el agua, y cuando salí
lo hice tan suavemente como pude; me volví y miré hacia atrás. Allá iba mi sombrero de
color pardo claro flotando alegremente corriente abajo. Muy cerca detrás apareció un viejo
bote desvencijado, impulsado furiosamente por un par de remeros. La luna estaba todavía
parcialmente oscurecida por las derivantes nubes, pero a la media luz pude ver a un
hombre en la proa sujetando, lista para golpear, lo que me pareció que era la misma
terrible hacha de la que antes habla escapado. Mientras miraba, el bote se acercó, se acercó,
y el hombre golpeó salvajemente. El sombrero desapareció. El hombre cayó hacia adelante,
casi fuera del bote. Sus camaradas lo sujetaron pero sin el hacha, y luego, mientras me
volvía con todas mis energías para alcanzar la otra orilla, oí el feroz retumbar de la palabra
«Sacré!» que indicaba la ira de mis frustrados perseguidores.

Ése fue el primer sonido que oí de unos labios humanos durante toda aquella terrible
caza, y por muchas amenazas y peligros que me acechasen, fue un sonido bienvenido
porque rompió aquel terrible silencio que me envolvía y abrumaba. Era como un signo
claro de que mis oponentes eran hombres y no fantasmas, y que ante ellos tenía al menos
las posibilidades de un hombre, aunque uno contra muchos.

Pero ahora que el conjuro del silencio se había roto, los sonidos llegaron numerosos y
rápidos. Del bote a la orilla y de vuelta de la orilla al bote llegaron una rápida pregunta y
una rápida respuesta, todo ello en feroces susurros. Miré hacia atrás, un movimiento fatal,
puesto que en aquel instante alguien vio mi rostro, que se reflejó blanco en la oscura agua,
y gritó. Varias manos me señalaron, y en uno o dos momentos el bote estuvo en marcha de
nuevo tras de mí. Me quedaba poco trecho que recorrer, pero el bote se acercaba más y
más. Unas brazadas más y estaría en la orilla, pero sentía que el bote se aproximaba, y
esperé a cada segundo el golpear de un remo o cualquier otra arma contra mi cabeza. De
no haber visto aquella terrible hacha desaparecer en el agua creo que no hubiera alcanzado
la orilla. Oí las murmuradas maldiciones de aquellos que no remaban y la afanosa
respiración de los remeros. Con un supremo esfuerzo por la vida o la libertad alcancé la
orilla y salté a ella. No había un solo segundo que perder, porque detrás de mí el bote varó
y varias formas saltaron en mi persecución. Alcancé la parte superior del dique y,
manteniéndome a la izquierda, corrí de nuevo. El bote se separó de la orilla y siguió
corriente abajo. Al ver aquello temí el peligro en aquella dirección y, volviéndome
rápidamente, corrí dique abajo por el otro lado, y tras pasar un corto trecho de terreno
pantanoso alcancé una llanura abierta y seguí corriendo.

Mis incansables perseguidores seguían detrás de mí. Muy lejos, más abajo, vi la
misma masa oscura de antes, pero ahora estaba más cerca y era más grande. Mi corazón se
estremeció de deleite, porque supe que debía de ser la fortaleza de Bicétre, y seguí
corriendo con nuevas energías.. Había oído que entre cada uno y todos los fuertes que
protegían París había caminos estratégicos, carreteras profundamente hundidas donde los
soldados que avanzaban por ellas quedaban protegidos del enemigo. Sabía que si podía
alcanzar esa carretera estaría a salvo, pero en la oscuridad no podía ver ningún signo de
ella, así que seguí corriendo con la ciega esperanza de alcanzarla.
De pronto, llegué al borde de un profundo corte, Y descubrí que allá abajo avanzaba
una carretera protegida a cada lado por una zanja de agua con una alta pared vertical a
cada lado.

Cada vez más débil y aturdido, seguí corriendo; el terreno se volvió quebrado, cada
vez más y más, hasta que me tambaleé y caí, y me levanté de nuevo, y corrí con la ciega
angustia de los perseguidos. De nuevo el pensamiento de Alice me dio nervio. No
destrozada su vida; lucharía y me debatida hasta el final. Con un gran esfuerzo llegué a la
muralla del fuerte. Mientras me izaba trepando como un gato montés, sentí realmente una
mano que intentaba agarrar la suela de mi zapato. Me hallaba ahora en una especie de
calzada elevada, y delante de mí vi una débil luz. Ciego y aturdido, seguí corriendo, me
tambaleé, caí, me levanté de nuevo, cubierto de polvo y sangre.
—Halt là!
Las palabras sonaron como una voz celestial. Un chorro de luz pareció envolverme, y
grité de alegría.
—Qui va lá?
El sonido de unos mosquetes, el destello del acero ante mis ojos. Me agaché
instintivamente, pensando que muy cerca detrás de mí venían mis perseguidores.
Otra palabra o dos, y de una puerta brotó, o eso me pareció, una marea de rojo y azul
cuando salió la guardia. Todo a mi alrededor parecía arder con luz, y el destello del acero,
el resonar y el cliquetear de las armas y las fuertes y secas voces de mando me aturdieron.
Cuando caí hacia adelante, totalmente agotado, un soldado me sujetó. Miré hacia atrás con
temida expectación, y vi la masa de formas oscuras desaparecer en la noche. Luego debí
desvanecerme. Cuando recobré mis sentidos estaba en la sala de guardia. Me dieron
brandy, y tras unos momentos fui capaz de contarles algo de lo que había pasado. Luego
apareció un comisario de policía, al parecer surgido del aire, como suelen hacer los agentes
de policía parisinos. Escuchó atentamente, y luego consultó durante unos momentos con
el oficial al mando. Al parecer estuvieron de acuerdo, porque me preguntaron si estaba
con fuerzas para ir con ellos.
—¿Adónde? —pregunté, mientras me levantaba para partir.
—De vuelta a los montículos de basura. ¡Puede que quizá todavía los atrapemos 1
—¡Lo intentaré! —dije.
Me miró fijamente por un momento, y de pronto dijo
—¿No preferiría aguardar un poco o hasta mañana, joven inglés?
Aquello despertó en mí la fibra sensible que sin duda esperaba y salté en pie.
—¡Vamos ahora! —dije—. ¡Ahora, ahora! ¡Un inglés siempre está dispuesto a cumplir
con su deber!
El comisario era un buen tipo, además de astuto; me dio una amable palmada en el
hombro.
—Brave garçon! —dijo—. Discúlpeme, pero sabía que esto le haría bien. La guardia
está preparada. ¡Vamos!
Y así, cruzando directamente la sala de guardia y un largo pasadizo abovedado,
salimos a la noche. Algunos de los hombres que iban delante llevaban poderosas linternas.
A través de patios y por un camino descendente salimos a través de un bajo arco hasta una
carretera hundida, la misma que había visto en mi huida. Se dio orden de marcha, y con
un rápido y elástico paso, medio correr, medio caminar, los soldados avanzaron. Sentí
renovadas mis fuerzas.... ésta es la diferencia entre cazador y cazado. Una breve distancia
nos llevó a un bajo puente de pontones que cruzaba la corriente. Evidentemente, se habían
hecho algunos esfuerzos para dañarlo, porque las cuerdas habían sido cortadas y una de
las cadenas estaba rota. Oí al oficial decir al comisario:
—¡Hemos llegado justo a tiempo! Unos minutos más, y hubieran destruido el puente.
¡Adelante, más aprisa todavía!
Y seguimos. De nuevo alcanzamos un pontón sobre la corriente; cuando llegamos a
él oímos el hueco retumbar de los tambores metálicos mientras los esfuerzos por destruir
el puente se renovaban. Una orden de mando, y varios hombres alzaron sus rifles.
—¡Fuego!
Sonó una descarga. Hubo un grito ahogado, y las formas oscuras se dispersaron.
Pero el mal ya estaba hecho, y vimos el otro extremo del pontón derivar en la corriente.
Aquello significó un retraso importante, y había transcurrido casi una hora antes de que
hubiéramos renovado las cuerdas y restablecido lo suficiente el puente como para
cruzarlo.

Reanudamos la persecución. Avanzamos más y más rápidamente hacia los
montículos de basura.

Al cabo de un tiempo llegamos a un lugar que conocía. Había los restos de un
fuego.... unas pocas cenizas de madera quemada aún dejaban escapar un resplandor
rojizo, pero la mayor palie estaban frías. Reconocí el emplazamiento de la choza y el
montículo detrás de ella por el que había escapado y, en el parpadeante resplandor, los
ojos de las ratas todavía brillaban con una especie de fosforescencia. El comisario dijo una
palabra al oficial, y éste gritó:
—¡Alto!
Se ordenó a los soldados que se desplegaran y vigilaran, y luego empezamos a
examinar las ruinas. El propio comisario empezó a levantar las carbonizadas tablas y la
porquería, que los soldados fueron retirando y apilando a un lado. De pronto se echó
hacia atrás, luego se inclinó y, alzándose, me hizo una seña.
—¡Mire! —dijo.
Era una horrible visión. Había allí un esqueleto boca abajo, una mujer por la forma,
una mujer vieja por la tosca fibra de los huesos. Entre las costillas asomaba una larga daga
como una púa hecha con un cuchillo de carnicero afilado, con la punta enterrada en la
espina dorsal.
—Observará —dijo el comisario al oficial y a mi mientras sacaba su bloc de notas—
que la mujer debió de caer sobre su daga. Las ratas son muchas aquí, vea sus ojos brillar
entre ese montón de huesos. Observará también —me estremecí cuando colocó su mano
sobre el esqueleto— que esperaron poco tiempo, ¡porque los huesos apenas están fríos!
No había signos de nadie más cerca, ni vivo ni muerto; y así, desplegados de nuevo
en línea, los soldados siguieron avanzando. Finalmente llegamos a la choza hecha con el
viejo guardarropa. Nos acercamos. En cinco de los seis compartimentos había un viejo
durmiendo ... durmiendo tan profundamente que ni siquiera el resplandor de las linternas
los despertó. Parecían viejos y hoscos y canosos, con sus rostros hundidos, arrugados y
curtidos y sus bigotes blancos.

El oficial dio seca y fuertemente una voz de mando, y todos estuvieron de pie delante
de nosotros en posición de firmes
—¿Que hacéis aquí?
—Estábamos durmiendo —fue la respuesta.
—¿Dónde están los otros chiffoniers? —preguntó el comisario.
—Han ido a trabajar. ¿Y vosotros?
—¡Estamos de guardia!
—¡Peste! —rió el oficial hoscamente, mientras miraba a los viejos a la cara uno tras
otro y añadía con fría y deliberada crueldad—: ¡Dormidos en servicio! ¿Así es como se
comporta la Vieja Guardia? ¡No me extraña lo que ocurrió en Waterloo!
A la luz de la linterna vi los hoscos y viejos rostros ponerse mortalmente pálidos, y
casi me estremecí ante la expresión de los ojos del viejo cuando las risas de los soldados
hicieron eco a la burla del oficial.

En aquel momento tuve la sensación de que en cierta medida había sido vengado.
Por un momento pareció como si fueran a arrojarse contra su atormentador, pero
años de vida en el ejército les habían enseñado y permanecieron inmóviles.
—Sólo sois cinco —dijo el comisario—; ¿dónde está el sexto?
La respuesta llegó con una lúgubre risita.
—¡Está aquí! —y el que hablaba señaló al fondo del guardarropa—. Murió la otra
noche. No va a hallar mucho de él. ¡El entierro de las ratas es rápido!
El comisario se inclinó y miró. Luego se volvió al oficial y dijo tranquilamente.
—Será mejor que nos marchemos. Ya no hay ninguna huella ahora; nada que pruebe
que este hombre fue el herido por las balas de sus soldados. Probablemente lo asesinaron
para cubrir sus huellas. ¡Mire! —Se inclinó de nuevo y apoyó sus manos sobre el esqueleto
—. Las ratas trabajan rápido y son muchas. ¡Estos huesos todavía están calientes!
Me estremecí, y lo mismo hicieron varios de los que estaban a mi alrededor.
—¡Formen! —dijo el oficial; y así, en orden de marcha, con las linternas oscilando al
frente y los veteranos arnanillados en medio, avanzamos con paso firme fuera de los
montículos de basura y regresamos a la fortaleza de Bicétre.

Mi año de prueba terminó hace mucho tiempo, y ahora Alice es mi esposa. Pero
cuando miro en retrospectiva el lapso de aquellos doce meses de mi vida, uno de los más
vívidos incidentes que recuerda mi memoria es el asociado con mi visita a la Ciudad de la
Basura.

Fuente: Imágenes Góticas
22 páginas

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Gracias por tus comentarios. NO comentes solo para poner un link a tu sitio web. Se respetuoso. Los comentarios tienen moderación por ello no aparecerán inmediatamente. =)