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Enero 2014: Chicos ya no estoy actualizando el blog, pero los relatos están para el que disfrute de la buena lectura =)

jueves, 5 de junio de 2008

La Squaw // Bram Stoker

En aquella época, Nuremberg estaba muy lejos de ser la ciudad conocida y
frecuentada en que se ha convertido en nuestros días.

Esta antigua ciudad no evocaba demasiadas cosas para los viajeros de aquel
entonces. Mi esposa y yo estábamos en la segunda semana de nuestro viaje de bodas;
y, sin mencionarlo, comenzamos a desear la presencia de un tercero. Por ello
acogimos con satisfacción la compañía de un tal Elias P. Hutcheson, de Isthmain
City, Bleeding Gulch, condado de Maple Tree (Nebraska), cuando ese alegre sujeto,
apenas salir de la estación de Frankfurt del Main, declaró, con marcado acento
yanqui, que se proponía visitar una maldita vieja ciudad de Europa que, por lo
menos, tenía los años de Matusalén, pero que un viaje así requería, necesariamente,
alguna compañía. Todo hombre, explicó, aunque tenga un carácter activo y sensato,
se arriesga, a fuerza de viajar siempre solo, a acabar sus días encerrado entre las
cuatro paredes de un manicomio. Tanto Amelia como yo constatamos algunos días
más tarde, al comparar nuestros respectivos diarios, que habíamos decidido no
relacionarnos con él sino de forma circunspecta y controlada con el fin de no parecer
demasiado contentos de haberlo conocido, lo cual no hubiera parecido demasiado
compatible con un inicio de vida conyugal. Pero, por muy laudable que fuese, esta
resolución quedó en agua de borrajas por el hecho de empezar a hablar los dos al
interrumpirnos los dos al mismo tiempo y luego volver a empezar a hablar los dos al
mismo tiempo. De todas maneras, no importaba cómo, ya estaba hecho, y Elias P. ya,
no se apartó de nuestro lado. Y Amelia y yo sacamos de ello un buen beneficio; en
vez de pelearnos, como habíamos estado haciendo, descubrimos que la influencia
restrictiva de una tercera persona era tal que ahora aprovechábamos todas las
oportunidades para besarnos por los rincones. Amelia afirma que desde entonces, y
como resultado de esa experiencia, aconseja a todas sus amigas que lleven a un
amigo en su luna de, miel. Bien, «hicimos» Nuremberg juntos; y nos lo pasamos muy
bien con la sabrosa forma de hablar de nuestro nuevo amigo del otro lado del
Atlántico, el cual, tanto por sus pruebas de ingenio como por los alucinantes relatos
de sus aventuras pasadas, parecía salido directamente de alguna novela picaresca.
Habíamos decidido, reservar como plato fuerte la visita al castillo imperial de
Nuremberg, el Kaiserburg, y el día prefijado para la visita rodeamos la muralla
exterior de la ciudad por su lado este.

El Kaiserburg se alza sobre una escarpada roca que domina la ciudad; inmensos
fosos, muy profundos, defienden el acceso por la parte norte. Nuremberg tuvo la
fortuna de no haber sido saqueada jamás; de otra manera no habría podido mostrar
aquel aspecto nuevo y flamante que contemplamos entonces. Los fosos ya no servían
desde hacía siglos: el fondo estaba ocupado por casas de té al aire libre y plantaciones
de árboles frutales, algunos de los cuales alcanzaban un tamaño respetable.

Avanzamos junto al largo muro fortificado bajo el ardiente sol de julio,
deteniéndonos a menudo para admirar la vista que se abría ante nosotros, en especial
la gran llanura cubierta de ciudades y pueblos y enmarcada en una línea azul de
colinas, como un paisaje de Claude Lerraine. Las torres del Kaiserburg, ahora
cercanas, se alzaban a nuestra derecha; y más cerca aún, la altiva, la orgullosa Torre
de las Torturas que era, y quizá lo sea todavía, el lugar más interesante de la ciudad.
Durante siglos se ha citado a la Virgen de Hierro de Nuremberg como el ejemplo más
claro de los horrores y la crueldad en los que puede caer el hombre. Por nuestra
parte, siempre habíamos deseado poder verla algún día; y hete aquí que finalmente
nos hallábamos a la entrada de lo que era su hogar.

Durante uno de nuestros altos en el camino, nos asomamos por encima del
muro que circundaba los fosos. Allá abajo, muy al fondo, estaban los jardines
somnolientos bajo el sol, quizás a quince o veinte metros de profundidad, aplastados
bajo el sofocante y opresivo calor. Más allá, unas enormes murallas grises y hoscas,
de una altura impresionante, se perdían a izquierda y derecha en los ángulos del
bastión y la contraescarpa. Árboles y arbustos coronaban la cumbre. Detrás se
alzaban altivas mansiones a las que el tiempo había dado una belleza aún mayor.
El calor nos agobiaba; caminábamos lentamente. Sin prisa alguna, nos
detuvimos allí mismo y nos volvimos a asomar por en 1 cima del muro. Entonces se
nos ofreció un cuadro encantador: una gran gata negra estaba tendida cuan larga era
al sol, mientras un gatito del mismo color correteaba alegremente a su alrededor. La
madre agitaba lentamente la cola para divertir a su pequeño y lo empujaba con la
pata para animarlo a jugar. Los dos animales estaban al pie del muro, a nuestro nivel,
y Elias P. Hutcheson se inclinó y tomó una piedra de tamaño bastante considerable
con el fin de participar en sus juegos.

—¡Miren! —nos dijo con su divertido acento yanqui—. La voy a lanzar cerca del
gatito, y se van a quedar preguntando de donde habrá salido.
—¡Oh!, vaya con cuidado —le recomendó mi esposa—, podría herir al pobre
gatito
—¿Yo? Jamás lo intentaría, mi querida amiga —replicó Elias P.—. Tengo un
corazón tan tierno como un cerezo de New Hampshire. ¡Por Dios!, tengo tan pocas
intenciones de dañar a ese hermoso animalillo como de arrancarle la cabellera a un
niño de teta. Por lo demás, no hay ningún peligro. ¡Mire, podría apostar lo que
quisiera, hasta sus medias de fantasía, a que no voy a fallar! Fíjese, la voy a lanzar un
poco hacia un lado, así...

Dicho esto, se inclinó hacia adelante, extendió el brazo y lanzó la piedra. Tal vez
exista una fuerza de atracción que haga que un cuerpo, sea cual sea su volumen,
acabe siempre por alcanzar a otro más grande que él, o quizá simplemente el muro
no fuera totalmente vertical, cosa que no podíamos comprobar desde el punto en que
nos hallábamos. Fuera lo que fuese, nos llegó un ruido blando, desgarrador, a través
del cálido aire: la piedra acababa de dar de lleno en la cabeza del gatito y le había
reventado el cráneo. La gata negra lanzó una rápida mirada en nuestra dirección; y
vimos sus pupilas verdes y llameantes fijarse intensamente en Elias P. Hutcheson.
Luego se volvió hacia el cuerpecillo tendido junto a ella, cuyas patitas todavía se
agitaban imperceptible, presas de convulsiones, mientras un hilillo de sangre brotaba
de la herida abierta. Entonces, con un sollozo ahogado, casi humano, se inclinó sobre
el gatito, ahora inerte, y se puso a lamerle gimoteando la herida.

De pronto pareció darse cuenta de su muerte; y, una vez más, alzó su mirada
hacia nosotros. Una mirada que nunca voy a olvidar, tal era el odio que de ella se
desbordaba. Un fuego enconado ardía en el fondo de sus ojos verdes; sus dientes
blancos y agudos parecían, brillar bajo la sangre que manchaba sus labios y bigotes.
Y esos dientes rechinaban, mientras el animal descubría y alargaba unas enormes
uñas afiladas. De pronto saltó desesperadamente hacia el muro para intentar
alcanzamos; pero no lo logró y volvió a caer sobre el pequeño cadáver. Cuando se
volvió a alzar, todavía nos pareció más horrible, tan pegajoso estaba su pelo oscuro
por la sangre y los sesos. Amelia se desvaneció. Fue preciso que la transportase hasta
un banco próximo, bajo la sombra de un plátano, donde recobró lentamente el
conocimiento. En ese momento regresé junto a Hutcheson que, inmóvil de pie,
observaba la enfurecida gata.

—¡Vaya por Dios! —exclamó al ver que me acercaba—. No creo haber visto un
aspecto más feroz que el de esa bestia..., excepto en cierta ocasión, en una india de la
tribu de los apaches, una squaw, como las llaman allí. Recuerdo cuando la squaw
apache tuvo entre sus manos a un mestizo al que llamaban Astillas, para vengarse de
lo que éste le había hecho al papoose, o sea el niño de esa squaw, al que había
raptado en una correría para vengarse a su vez de la forma en que los apaches habían
aplicado la tortura del fuego a su madre. La india estuvo mirando lo que le hacía el
mestizo a su papoose, como si no quisiera olvidar un solo detalle. Persiguió a Astillas
durante más de tres años, hasta que al final los bravos de su tribu lo atraparon y se lo
entregaron. Dicen que ningún hombre, blanco o indio, ha tardado tanto en morir bajo
las torturas apaches... La única vez que la vi sonreír fue cuando la eliminé. Llegué a
su campamento justo cuando Astillas exhalaba su último suspiro, y les aseguro que a
él tampoco le supo mal morir. Era un tipo demasiado duro, y yo nunca le había
mostrado ninguna amistad después de lo del crío indio, pues había sido una gran
canallada, y eso que tenía todo el aspecto de un hombre blanco. Pero pagó su deuda
hasta el último centavo, y más aún, con creces. ¡Lo único que pude hacer con él fue
conservar un trozo de su piel, ya que lo habían despellejado totalmente, y mandar
que me forraran una agenda con ella! Aquí está —dijo, palmeándose el bolsillo del
chaleco.

Mientras hablaba, la gata trataba de alcanzar frenéticamente la parte alta del
muro. Primero tomaba impulso y luego saltaba, llegando a veces a una altura
sorprendente. Aunque siempre volvía a caer al fondo, no parecía importarle: volvía a
intentarlo con creciente ardor. Hutcheson era un buen muchacho— tanto mi mujer
como yo nos habíamos fijado en la amabilidad con que trataba tanto a personas como
a animales, y parecía sinceramente entristecido por el estado de furor en que veía a la
gata.

—Lamento mucho no poder hacer nada —dijo—. Pobre animal, parece tan
desesperado... Mira, no es culpa mía, ha sido un accidente. Y todo esto no te
devolverá a tu pequeño. Lo lamento, nunca hubiera deseado que sucediese tal cosa,
ni siquiera por un fajo de billetes... Espero, coronel —una de sus diversiones
habituales era la de atribuirnos títulos imaginarios—, que su esposa no esté
demasiado irritada conmigo por este desgraciado incidente. La culpa no es mía, y no
se pue de llegar a imaginar hasta qué punto lo lamento.
Se aproximó a Amelia y se deshizo en excusas. Ella lo confortó, asegurándole
que nunca había dudado de que se tratase de un accidente. Luego regresamos al
muro para ver lo que hacía la gata. Ésta, al no ver a Hutcheson, se había quedado al
acecho al borde del foso, dispuesta a abalanzarse de nuevo. En cuanto lo vio, saltó
con un furor ciego que hubiera parecido risible en otras circunstancias. Ya no trataba
de alcanzar la parte alta del muro; simplemente se limitaba a lanzarse hacia
Hutcheson como si la violencia de su odio, prestándole alas, pudiera permitirle
franquear aquella gran distancia que los separaba. Amelia, con el infalible instinto de
su sexo, se dio cuenta de inmediato del peligro.

—Tenga cuidado —le dijo a Elias P. con voz inquieta—, porque es seguro que,
si estuviera aquí, ese animal trataría de matarlo. La muerte brilla en sus ojos.
—Perdóneme, mi pequeña amiga —replicó Hutcheson con una carcajada—,
pero no puedo impedir reírme. ¡Es demasiado divertido! ¡Yo! ¡Yo, que he cazado al
oso pardo y al indio, quiere que tenga cuidado de una gata!
Cuando el animal oyó las risas interrumpió sus intentos. Fue a sentarse
lentamente junto al cadáver de su pequeño, y comenzó a lamerlo como si aún
estuviera vivo.

—Ahí tienen –dije— los resultados de la acción de la voluntad de un hombre
fuerte. La misma gata, a pesar de su furor, ha reconocido a su dueño y se inclina ante
él.
—¡Exactamente igual que una squaw! —fue el único comentario de Elias P.
Hutcheson, mientras reemprendíamos nuestro camino a lo largo de los fosos.
De vez en cuando nos volvíamos para mirar por encima del muro y, cada vez,
veíamos a la gata que nos seguía. A veces regresaba al lado del pequeño cadáver.
Pero, como la distancia no dejaba de aumentar, lo tomó en su boca, y así nos siguió.
Sin embargo, al cabo de un tiempo lo abandonó, pues la vimos seguirnos sola;
evidentemente había escondido el cadáver en alguna parte. La alarma de Amelia
empezó a crecer ante la persistencia de la gata, y más de una vez repitió su
advertencia; pero el americano se reía siempre, divertido, hasta que finalmente,
viendo que comenzaba a estar Preocupada, le dijo:
—Le aseguro, señora, que no debe asustarla esa gata. ¡Soy un hombre
prevenido, puede estar segura! —Y se palmeó el bolsillo de la parte trasera de su
pantalón, donde siempre llevaba una pistola—. Vaya, antes que seguir viéndola
preocupada estoy dispuesto a matar de un tiro a ese animalillo, aquí mismo, y
arriesgarme a que la policía se mezcle en los asuntos de un ciudadano de los Estados
Unidos por llevar un arma sin permiso.

Mientras hablaba miró por encima del muro. Pero la gata, al verle, se retiró con
un gruñido y se ocultó en un macizo de flores.
—Vaya por Dios —dijo Hutcheson—. Ese animal tiene más sentido común que
el que poseen la mayoría de cristianos. ¡Supongo que ya no la veremos nunca más!
Les apostaría cualquier cosa a que ahora va a buscar a: su cría para hacerle un
hermoso entierro.

Amelia no dijo nada más, por miedo a que en un erróneo acto de amistad hacia
ella cumpliese su amenaza de matar a la gata; así que proseguimos nuestro camino y
cruzamos el pequeño puente de madera que llevaba a la puerta en la que se iniciaba
la empinada senda: enlosada entre el Kaiserburg y la pentagonal Torre de las
Torturas. Mientras cruzábamos el puente vimos de nuevo a la gata debajo de
nosotros. Cuando nos vio, su furia pareció ganarla de nuevo, e hizo frenéticos
esfuerzos por escalar la pared vertical. Hutcheson se rió al verla y le dijo:
—Adiós, vieja amiga. Lamento haber herido tus sentimientos, pero ya se te
pasará el enfado. ¡Hasta otra!

Y atravesamos la alta y oscura arcada y llegamos a la puerta del Kaiserburg.
Cuando salimos de nuevo, tras nuestra exploración de aquel hermoso lugar
antiguo, que ni siquiera los bienintencionados esfuerzos de los restauradores góticos
de hace cuarenta años habían logrado estropear (pese a que esta restauración era de
un blanco brillan te), parecíamos haber olvidado por completo el poco placentero
episodio de la mañana. El viejo tilo con gran tronco retorcido por el paso de casi
nueve siglos, profundo pozo excavado en el corazón de la roca p aquellos cautivos de
la antigüedad y la hermosa vista desde las murallas de la ciudad en las que oímos,
durante casi un cuarto de hora, el sonido de los múltiples carillones... todo había
contribuido a borrar de nuestras mentes el incidente del gatito muerto.
Éramos los únicos visitantes que habían entrado aquella mañana en la Torre de
las Torturas, al menos eso es lo que nos dijo el viejo guardián, así que teníamos el
lugar para nosotros solos, y pudimos llevar a cabo una visita mucho más detallada y
satisfactoria de lo que habría sido posible en otras circunstancias. El guardián, viendo
en nosotros la única fuente de ingresos de aquel día, se mostró dispuesto a cumplir
todos nuestros deseos. La Torre de las Torturas es ciertamente un lugar opresivo,
incluso ahora, cuando muchos millares de visitantes le han dado una cierta chispa de
vida y la alegría que ella comporta. Pero en aquel tiempo al que yo me refiero aún
mantenía su aspecto más primitivo y terrible. El polvo de los siglos parecía estar en
todas partes, y la oscuridad y el horror de sus recuerdos parecían haberse hecho
sensibles de una forma que hubiera satisfecho a las almas panteístas de Filo o
Espinoza. La cámara inferior, por la que entramos, estaba al parecer normalmente en
tinieblas, y hasta la cálida luz diurna que entraba a chorros por la puerta parecía
perderse en el grosor de las paredes, y solo mostraba los burdos ladrillos tal y como
los había dejado el constructor, pero cubiertos de polvo y teñidos aquí y allá por
manchas oscuras que, si las paredes pudieran hablar, habrían contado terribles
recuerdos de miedo y sufrimiento.

Por todo ello, nos sentimos satisfechos al subir por la polvorienta escalera de
madera, dejando el guardián abierta la puerta exterior para que nos iluminase algo el
camino, pues, para nuestros ojos, la única y maloliente vela colocada en un
candelabro clavado a la pared no daba bastante luz. Cuando salimos por la trampilla
de un rincón de la cámara superior, Amelia se apretó tan fuertemente contra mí que
pude notar cómo palpitaba su corazón.

Por mi parte debo decir que no me sorprendió su temor, Pues esa sala aún era
más terrible que la que acabábamos de abandonar. Ciertamente, aquí había más luz,
pero esto sólo contribuía a que pudiésemos contemplar mejor los horribles detalles
del lugar. Evidentemente, los constructores de la torre habían pensado que sólo los
que llegasen a la cima debían beneficiarse de la luz y de la visión, pues en todo el
resto de la torre solo había algunas estrechas troneras como las de las construcciones
militares medievales.

Unas pocas de éstas iluminaban la cámara, y estaban colocadas a tanta altura
que desde ningún lugar podía verse el cielo a causa del grosor de las paredes.
Desordenadamente, en unos armeros a lo largo de los muros, se veían espadas de
decapitar, grandes armas de larga empuñadura, ancha hoja y afilados bordes. Junto a
ellas, varios tajos en los que habían descansado las cabezas de las víctimas, en los que
se veían los profundos cortes hechos por el acero que había cercenado las carnes,
clavándose en la madera. Por toda la cámara, dispuestos al azar, se veían muchos
aparatos de tortura que hacían estremecer el corazón: sillas llenas de clavos que
daban idea de un terrible dolor; sillas y camastros tachonados de puntas romas cuya
tortura parecía menor, pero que, aunque más lenta, era igualmente eficaz; potros,
cinturones, guantes, collares, todos ellos dispuestos para comprimir a voluntad;
caperuzas de acero en las que las cabezas podían ser machacadas lentamente; garfios
de largos mangos y afiladas puntas muy utilizados por la antigua policía de
Nuremberg; y muchos, muchos otros artefactos creados por el hombre para hacer
daño a sus semejantes.

Amelia se puso muy pálida ante lo horrible de todas aquellas cosas, pero
afortunadamente no se desmayó, aunque se sintió algo mareada y se sentó en una de
las sillas de tortura, poniéndose inmediatamente en pie de un salto, con un grito,
desaparecido su comienzo de mareo. Ambos hicimos ver como si hubieran sido las
herrumbrosas púas lo que la habían asustado, y el señor Hutcheson aceptó nuestra
explicación con una risita amable.

Pero el objeto principal de aquella cámara de los horrores era el artilugio
conocido como la Virgen de Hierro, colocado en el centro de la habitación. Tenía la
forma aproximada de una mujer de amplias formas. Uno apenas hubiera reconocido
en ella la figura humana si no se hubiera preocupado el herrero de dar a su rostro
una forma más cuidada. El artefacto estaba cubierto por una capa de óxido y polvo;
había una cuerda atada a una anilla en la parte delantera, más o menos donde
debiera de haber tenido la cintura, cuerda que pasaba por una polea clavada a la viga
de madera que sostenía el techo. Tirando de la cuerda, el guardián nos mostró que la
parte frontal se movía sobre unas bisagras como si fuera una puerta; entonces vimos
que el artilugio tenía unas paredes de considerable grosor, que apenas dejaban lugar
en su interior para que en él fuera introducido un cuerpo humano. La puerta era de
grosor similar y gran peso, pues fue necesario todo el esfuerzo del guardián,
ayudado por la polea, para abrirla.

Este peso era debido en parte al hecho de que evidentemente se había diseñado
la puerta de forma que colgase de tal modo que su propio peso la hiciera cerrarse en
cuanto se soltase la cuerda. El interior estaba manchado por el óxido, pero no solo
por eso, pues el óxido producido por el tiempo no hubiera podido morder tan
profundamente las paredes de hierro, y las señales interiores eran verdaderamente
profundas. Tan sólo cuando nos acercamos a mirar detenidamente el interior de la
puerta fue cuando nos dimos cuenta de su diabólica misión. Había allí varias largas
púas, cuadradas y gruesas, de amplia base y afilado extremo, colocadas de tal forma
que cuando se cerrase la puerta las superiores atravesasen los ojos de la víctima y las
inferiores su corazón y otras partes vitales. La visión fue demasiado para la pobre
Amelia y esta vez cayó desmayada, y tuve que bajarla por la escalera de madera y
llevarla hasta un banco del exterior, donde se recuperó. La impresión que sintió fue
tan grande que mi primogénito tiene un antojo en el pecho que, según toda mi
familia, representa a la Virgen de Nuremberg.

Cuando regresamos a la cámara nos encontramos a Hutcheson frente a la
virgen de hierro. Evidentemente, había estado reflexionando, y ahora nos transmitió
el fruto de sus meditaciones en forma de exordio:
—Bueno, creo que he estado aprendiendo algo mientras la señora se recuperaba
de su desmayo. Me parece que estamos muy atrasados en nuestro lado del gran
charco. Allá en las llanuras solíamos pensar que los indios nos daban lecciones en lo
referente a cómo hacer que un hombre se sintiera mal, pero me parece que sus
defensores de la ley y el orden medievales los superaban absolutamente. Los apaches
saben hacer muy bien las cosas, pero esta jovencita de aquí les tenía ganada la mano.
Las puntas de estas púas aún siguen estando bien afiladas, aunque los bordes estén
embotados por lo mucho en lo que se clavaron. Seria una buena cosa que la Oficina
de Asuntos Indios se hiciese con unos cuantos ejemplares de este juguetito para
llevarlos a las, reservas: esto iba a meter en cintura a los bravos, y también a sus
squaws, mostrándoles cómo la vieja civilización todavía tiene mucho que enseñarles.
¡Francamente, me gustaría entrar un momento en esa caja para ver lo que se siente!
—¡Oh, no, no! —dijo Amelia—. ¡Es demasiado terrible!
—Mi pequeña amiga, no hay nada demasiado terrible para una mente
inquisitiva. Me he metido muchas veces en buenos líos. Pasé toda una noche en el
interior del cadáver de un caballo mientras ardía toda la pradera del territorio de
Montana... y en otra ocasión dormí en el interior de un búfalo muerto cuando los
comanches estaban en el sendero de la guerra y no me quedaba otro remedio si es
que no quería hacer compañía al animal. he pasado dos días en un túnel derrumbado
en la mina de oro de Billy Broncho en Nuevo Méjico, y fui uno de los cuatro que
permaneció encerrado durante las tres cuartas partes de un día en la campana
estanca que rompió las amarras cuando estábamos excavando los cimientos del
puente de Buffalo. No me he dejado perder ni una sola sensación extraña hasta
ahora, y no pienso perderme ésta.

Vimos que nada podría disuadirle, así que le dije:
—Bueno, entonces apresúrese, amigo, y acabemos de una vez.
—De acuerdo, mi general —me contestó—. Pero aún falta una cosa. Mis
predecesores, los caballeros que se encontraron anteriormente en esta lata de
sardinas, no lo hicieron voluntariamente... ¡seguro que no! Imagino que los debían de
traer bien atados antes de dejar caer el telón. Deseo hacer bien las cosas, así que
primero necesito que me aten a conciencia. Me imagino que este buen hombre podrá
encontrar un poco de cuerda para ello, ¿no, jefe?
Esto último se lo preguntó al viejo guardián, pero éste, que comprendía a
grosso modo nuestra conversación, aunque quizá no entendiese todas las palabras,
negó con la cabeza. Sin embargo, su negativa era un puro formulismo que
únicamente buscaba una mayor propina. El americano le colocó una moneda de oro
en la mano y le dijo:
—Tenga, compañero, para que beba un trago. Y no tenga miedo: desde luego
no tengo ninguna intención de acabar aquí mis días.

Entonces el guardián buscó un trozo de cuerda, delgada y desgastada, y
procedió a atar a nuestro amigo, dispuesto a cumplir con sus deseos. Cuando la parte
superior de su cuerpo estuvo atada, Hutcheson le dijo:
—¡Un momento, señor juez! Evidentemente peso demasiado para que pueda
meterme en vilo en la lata de sardinas. Déjeme meter, y entonces podrá acabar de
atarme las piernas.

Mientras así hablaba se había introducido por la abertura, que apenas si era lo
bastante grande como para dejarle paso: el lugar era mínimo para un hombre de su
corpulencia. Amelia lo contemplaba con temor en sus ojos, pero evidentemente sin
deseos de intervenir. Entonces el guardián completó su tarea atando los pies del
americano de forma que quedase por completo inerme y obligado a permanecer en
su voluntaria prisión. Parecía estar disfrutando del momento, y la sonrisa habitual en
su rostro se hizo más grande cuando dijo:
—¡Vaya, esta Eva debió ser hecha de la costilla de un enano! No hay en ella sitio
para un ciudadano adulto de los Estados Unidos. En el territorio de Idaho
acostumbramos a hacer los ataúdes más grandes. Ahora, señor juez, puede comenzar
a dejar caer, muy lentamente, la, puerta sobre mí. Quiero sentir el mismo placer que
los otros muchachos cuando las púas empezaban a moverse hacia sus ojos.
—¡Oh, no, no, no! —estalló histéricamente Amelia—. ¡Es demasiado terrible!
¡No deseo verlo! ¡No puedo! ¡No puedo!
Pero el americano era testarudo:
—Oiga, coronel —me dijo—. ¿Por qué no se lleva a la señora a dar un paseo?
Por nada del mundo querría herir sus sentimientos, pero ahora que estoy aquí, tras
atravesar doce mil kilómetros, me costaría mucho dejar¡ de sentir la sensación que
ando buscando. ¡No todos los días tiene un hombre la oportunidad de ser enlatado!
Yo y el juez arreglaremos este asunto en un momento, y cuando vuelvan todos nos
reiremos de ello.

Una vez más triunfó la resolución nacida de la curiosidad, y Amelia se quedó
allí, aferrada a mi brazo y estremeciéndose mientras el guardián comenzaba a soltar,
centímetro a centímetro, la cuerda que sujetaba la puerta de hierro. El rostro de
Hutcheson estaba radian te mientras sus ojos seguían el movimiento de las púas.
—¡Bueno! —dijo—. Creo no haberme sentido tan dichoso desde que salí de
Nueva York. Excepto una pelea que tuve en Wapping con un marino francés, y eso
que tampoco fue gran cosa, no ha habido nada que me complaciera realmente en este
podrido continente, en el que no hay ni osos ni indios y en el que los hombres van
desarmados. ¡Atento ahora, señor juez! ¡No se dé prisa! ¡Deseo un buen trabajo por
mi dinero!

El guardián debía de tener en sus venas algo de la sangre de sus predecesores
en aquella siniestra torre, pues maniobró la puerta con tal deliberada lentitud que al
cabo de cinco minutos, en los que la puerta apenas si se había movido, Amelia
comenzó a perder el control de sus nervios. Vi cómo sus labios perdían el color, y
noté que su presión sobre mi brazo disminuía. Miré a mi alrededor para buscar un
lugar donde depositarla, y cuando la contemplé de nuevo vi que su mirada estaba
clavada en un lugar al lado de la virgen. La seguí, y vi a la gata negra acurrucada en
un rincón. Sus ojos verdes brillaban como luces de peligro en la penumbra del lugar,
y su color se veía resaltado por la sangre que aún manchaba su piel y enrojecía su
boca. No pude evitar el gritar:
—¡La gata! ¡Cuidado con la gata!
Pero ya había saltado frente al artefacto. En aquel momento parecía un demonio
triunfante. Sus ojos brillaban feroces, su pelo se erizó hasta que pareció doblar su
tamaño, y su cola azotaba el aire como la de un tigre cuando tiene su presa ante él.
En cuanto la vio, Elias P. Hutcheson sonrió divertido, y sus ojos chisporrotearon al
decir:
—¡Vaya, la squaw se ha puesto sus pinturas de guerra! Denle una patada si
intenta buscarme las cosquillas, pues el jefe me ha atado tan bien que no podría
evitar que me sacase los ojos si lo intentase. ¡Cuidado, señor juez! ¡No suelte esa
cuerda o estoy frito!
En aquel momento Amelia se desmayó al fin, y tuve que aferrarla por la cintura
para que no se desplomase, al suelo. Mientras me ocupaba de ella, vi cómo la gata
negra se acurrucaba para saltar, y me volví para apartarla.
Pero en aquel instante, con un maullido infernal, se lanzó, no contra Hutcheson
como esperábamos, sino directamente a la cara del guardián. Sus garras parecieron
rasgar salvajemente su rostro, como se ve en los dibujos chinos de los dragones
rampantes. Y, mientras miraba, vi cómo una de sus patas caía sobre el ojo del pobre
hombre y le rasgaba toda la mejilla, dejándole una profunda herida sangrante.
Con un aullido de puro terror, sentido antes que el dolor, el hombre saltó hacia
atrás, soltando al mismo tiempo la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Yo salté a
por ella, pero ya era tarde, pues la cuerda voló como un rayo por la polea y la pesada
masa cayó por su propio peso.

Mientras se cerraba la puerta entreví el rostro de nuestro pobre compañero.
Parecía paralizado por el terror. Sus ojos se abrieron con terrible angustia,
anonadados, y ningún sonido salió de sus labios.

Y las púas hicieron su trabajo. Por fortuna, el final fue rápido, pues cuando abrí
la puerta de un tirón ya se habían clavado tan profundamente que su cráneo
machacado quedó clavado en ellas, y con mi tirón lo arranqué de su prisión, por lo
que, atado como estaba, cayó al suelo hacia adelante con un repugnante sonido
blando, volviendo lo que antes había sido su cara hacia mí al derrumbarse. Corrí
hacia mi esposa, la alcé y me la llevé fuera, pues temía por su razón si, al recobrarse
del desmayo, veía aquella escena. La dejé sobre el banco del exterior y corrí de nuevo
dentro. Apoyado contra una columna de madera estaba el guardián, sollozando de
dolor mientras se cubría los ojos con un pañuelo ensangrentado. Y sentada sobre la
cabeza del pobre americano estaba la gata, ronroneando fuertemente mientras lamía
la sangre que brotaba de las reventadas pupilas.

Creo que nadie me podrá acusar de crueldad si confieso que tomé una de las
antiguas espadas de ejecución y partí en dos a la gata, que ni se movió.

11 páginas
Fuente: Imágenes Góticas

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