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Enero 2014: Chicos ya no estoy actualizando el blog, pero los relatos están para el que disfrute de la buena lectura =)

lunes, 6 de enero de 2014

HERMANITO

Su hermanito tenía… ¿cuánto? ¿Diez meses? ¿Ya casi el año? Él mismo, en cambio, ya pasaba de los seis. Era mayor para dejarlo allí, llorando en su cuarto al otro lado de la casa, en la misma cunita que antaño había sido la suya.
No sabía cuánto hacía que sus padres se habían ido aquella tarde, pero ya se estaban retrasando. Se había quedado a esperar su regreso muy concentrado en la lectura de “La historia interminable”, y no sabía en qué momento había tenido que encender la lámpara de la mesita junto al sofá para seguir leyendo al ir poniéndose el sol. Sólo cuando su hermanito empezó a gritar desconsolado fue consciente de la oscuridad que se había hecho fuerte por toda la casa. Lo único que permanecía iluminado era su rincón de lectura junto a la lámpara. Ese momento de descubrimiento, con el sollozo potente y desesperado de su hermanito llegándole con tanta fuerza desde algún lugar indeterminado de las lejanas tinieblas, le sobrecogió. Como la mayoría de niños, y aun muchos adultos, tenía miedo a la oscuridad.
¿Y cómo no tenérselo? A un metro escaso de su asiento la tenía, ondulando como lo hace el mar sobre la precaria borda de una balsa de tablas ante sus pupilas desenfocadas, que buscaban ansiosas puntos de referencia quizá insinuados por la imaginación o el recuerdo, y que no hacían más que mostrarse vacilantes tanto en ubicación como en proporciones.
Pero su hermanito lloraba.
Lloraba con una intensidad sobrecogedora. Muchos niños pequeños lloran así por los menores de los motivos, pero a su hermanito nunca le había sentido en tan profunda aflicción. La urgencia de la necesidad natural de ir corriendo a ver qué le pasaba se mezclaba con la alarma terrorífica de una oscuridad infranqueable. Seguía siendo muy bajito para alcanzar la mayoría de interruptores de la luz de la casa, y tampoco era plato de su gusto empezar a manotear a lo loco por las paredes, pues de golpe recordó que ni conocía con exactitud la posición de ninguno de ellos. No estaban tan a mano como su lamparita de leer de la salita, así que su mente se había acostumbrado a ignorarlos por completo. ¿Qué hacer?
Su hermanito chillaba a pleno pulmón, con todas sus fuerzas. Y en sostén tan largo como le permitía todo su aire. Estaba tan alterado que desde su islote de luz oía cómo recuperaba aire sonoramente en continuo gimoteo para expulsar de sí otro alarido sofocado. Era su hermanito y le preocupaba de veras. Esos gritos largos y fuertes de los niños, esos que parecen una alarma o preludio de que llega el fin del mundo, ya resultan descorazonadores de por sí. Escucharlo de su propio hermanito, que estaba perdido y solo y quién sabía qué más en las tinieblas, le estaba volviendo loco de miedo y dudas.
Vamos. Él ya pasaba de los seis años. Era absurdo tener miedo de la oscuridad. Allí no había nada y lo sabía. Sólo debía enfilar la salida de la salita en línea recta  y llegaría tras unos metros de pasillo al cuarto que compartía con su hermanito. Era una larga distancia a ciegas, pero sin obstáculos, sin muebles con los que tropezar… aunque también sin los que poder tener una referencia. No le gustaba la idea de pasarse de largo y empezar a dar vueltas sin orientación. Y menos con los gritos de su hermano crispándole los nervios. Cómo gritaba. ¿Qué le estaría pasando?
Se acercó al límite ante él de la pantalla de luz arrojada por la lamparita. Desde ahí, con la sombra de su menuda silueta extendiéndose a través de ello por el suelo, el marco de la puerta de la salita se le insinuaba apenas en un reflejo ambarino y tenue de madera oscura barnizada. No supo por qué, pero se imaginó que era la suya la cabeza de la sombra, la cabeza que se mezclaba con la negrura indiferente del suelo allí delante. Le recorrió un escalofrío. Estaba seguro que algo vigilaba ahora el contorno que su cuerpo proyectaba fuera de la habitación, esperando predecir el momento en que se atreviera a salir. Quizá ese era el plan.
Un momento, ¿el plan de quién? ¿Y cómo que “ese era el plan”? ¿El plan era que su hermano llorara incómodo para que él saliera a ver qué le pasaba? No se podían tener ideas más absurdas, se dijo. Vamos, se animó de nuevo, vamos, esto es como lo de Atreyu, pero con la ventaja de que es el mundo real. Tu hermanito necesita ayuda, ¿y así te vas a comportar? ¿Asustándote de la nada? Y no de una “Nada” como a la que se enfrentaba Atreyu, si no de nada, asustado por nada. ¡Vamos!
Avanzó hacia la puerta abierta de la salita. Despacio. Mucho se animaba, pero la oscuridad ondulaba como con relieves palpables según se internaba, y su cuidado parecía tener por objetivo instintivo el no llamar la atención de aquello que respiraba tan profundamente como para hacer agitarse la oscuridad. Más despacio. Estiró un brazo hasta tocar la madera resbaladiza y cálida del marco, la de los brillos tenues ambarinos. Estaba muy lejos de su luz de leer, pero muchísimo más de su hermanito. Sus gritos… Sus gritos ya no le parecían una llamada de atención, aquella voz cruel a la par que suplicante era una sentida advertencia. La oscuridad delante, la que no soportaba mirar pero que no se atrevía a dejar de vigilar. Las cosas. No había cosas, pero había cosas que se movían y reflejaban la luz de su lamparita de leer. No, no había nada en ese pasillo, no había nada pero veía cosas.
Sin despegar la mano del marco, reacio a dejar de sentir su cualidad esquiva al tacto con el sudor, puso ambos pies en el pasillo. Ese hercúleo esfuerzo tuvo como recompensa el vahído más intenso y arrastrado por el esfuerzo de la garganta de su hermanito. Sufría solo en la oscuridad que no podía abandonar, mientras él jugaba a anclarse a las puertas.
Salió corriendo, ¡corriendo! Muerto de miedo y de vergüenza propia, arrastrando los dedos de su mano derecha por la pared grumosa con la esperanza de tocar cuanto antes el marco de la puerta abierta de su habitación. Corrió convencido de que algo en toda la mitad izquierda del pasillo corría junto a él, casi veía los brillos blancos de aquello que le sonreía y le seguía, burlón.
¡El marco! Giro a la derecha, al frente, todo recto, las manos estiradas hasta que toques la cuna. Las alzó demasiado, y se clavó el reborde bajo las axilas. La cuna entera se movió por su embestida accidental. Su hermano interrumpió sus gritos. Vamos, ¿dónde estaba? ¡Ahí! Izado como mismamente le había visto a su madre hacerlo, pasándole las manos bajo los sobacos. Lo alzó cuanto podía con gran esfuerzo, ¡pesaba mucho! ¡Ay!, sintió cómo una piernita de su hermanito golpeaba el reborde de la cunita al sacarlo, pero no lo oyó quejarse ni cuando lo apretó fuerte contra su pecho, su cabecita pegada a la mejilla. ¡Bien, le tenemos! ¡Larguémonos!
Su hermanito tenía mucho miedo, era evidente. Pobre, tenía que pasarlo mucho peor que él. En su cuna, encerrado, a oscuras, solo. Pero ya te tengo, hermanito. Se dispuso a desandar el camino con cuidado por no tropezar y hacerle más daño. Salió del cuarto y clavó la mirada en la lamparita de leer allí al final, dentro de la salita. Su hermanito aún estaba asustado, y puede que dolorido. ¡Cómo le clavaba las pequeñas uñitas en la espalda, y con qué fuerza se le abrazaba! Debía haberse despertado por culpa de un catarrito, ¡qué caliente y húmeda tenía la cabeza, y cómo le rugía la garganta! No pasa nada, hermanito, enseguida llegarán papá y mamá. Lleguemos hasta la luz y esperemos…
Se detuvo en seco horrorizado, los ojos a punto de explotar en lágrimas para las cuales no era capaz de sacar una comparsa en voz. La lamparita se difuminó de inmediato en brillos acuosos mientras se le erizaba el pelo de la nuca.

Su hermanito acababa de empezar a llorar de nuevo. A sus espaldas. En su habitación.

Autor: Elmer ruddenskjrik@hotmail.com

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